El Pacto de Valledupar desnuda la más oscura manipulación estatal del poder

Por Cristian Verbel

Las sombras del Pacto de Valledupar revelan una maquinaria de infamias urdida desde el poder para destruir opositores políticos mediante testigos fabricados.

El Pacto de Valledupar desnuda la más oscura manipulación estatal del poder

Colombia asiste hoy al espectáculo más degradante de su historia reciente, donde la chequera estatal y la mal llamada Paz Total sirvieron como fachada para tramar infamias judiciales contra líderes de la oposición democrática en el país.

El escándalo del llamado Pacto de Valledupar destapa una cloaca institucional intolerable, diseñada quirúrgicamente para fabricar falsos testimonios que mancharan la honra y trayectoria de figuras fundamentales como Álvaro Uribe, Germán Vargas Lleras (q.e.p.d.) y el actual presidente Abelardo De La Espriella. 

Bajo la batuta del entonces mandatario Gustavo Petro (2022-2026) y su fiel escudero Iván Cepeda, los operadores del régimen cruzaron todas las líneas éticas imaginables, utilizando a criminales desmovilizados de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) como mercenarios de la mentira para réditos electorales oscuros.

La revelación de la exdirectora del Dapre, Angie Rodríguez, confirma la existencia de directrices directas para coaccionar exparamilitares, buscando desesperadamente fabricar narrativas falsas que sacaran del panorama político a quienes siempre defendieron con firmeza la institucionalidad nacional.

Afortunadamente, el desinterés de algunos actores y el rechazo de los propios excomandantes frenaron esta infame pretensión, aunque la gravedad de los hechos exige una investigación implacable que no deje impunes a los artífices de esta vileza jurídica.

Resulta inaceptable que la cúpula del gobierno anterior utilizara recursos públicos y ministerios enteros para delinquir desde el despacho presidencial, convirtiendo la administración del Estado en una red clandestina dedicada a perseguir a todo aquel que pensara distinto.

La complicidad silenciosa o activa de funcionarios cercanos demuestra un degradante degradamiento moral donde la ley dejó de ser garantía de justicia para convertirse en un garrote vil usado por cobardes incapaces de ganar en franca lid democrática.

Ninguna nación sobrevivirá a la degradación absoluta de sus instituciones si los gobernantes de turno normalizan el perjurio y la compra de conciencias criminales para aniquilar moralmente a sus contradictores bajo falsas acusaciones de paramilitarismo. 

Gobernar entregándole el alma al diablo y pactando con la ignominia destruye los cimientos de la democracia, convirtiendo al Estado en una peligrosa mafia dispuesta a falsificar la verdad para saciar sus insaciables ansias de perpetuación en el poder.

Defender la libertad exige hoy erradicar estas prácticas mafiosas; solo un castigo implacable y ejemplar contra los manipuladores de la justicia salvará a Colombia de sucumbir definitivamente ante la tiranía de la mentira institucionalizada.