El impacto operativo, la eficiencia energética y la seguridad informática definen el debate tecnológico.
La tecnología está cambiando la forma en que las empresas de servicios públicos operan, toman decisiones y responden a sus usuarios. En sectores como energía, agua, telecomunicaciones y gas, el reto ya no es solo incorporar nuevas herramientas, sino utilizarlas para anticiparse a los problemas y aprovechar mejor los recursos.
Uno de los principales cambios viene de la inteligencia artificial, que permite analizar grandes volúmenes de información y encontrar patrones que pueden pasar inadvertidos para las personas. Su aplicación va desde anticipar fallas en una red eléctrica hasta ayudar a una empresa a planificar el mantenimiento de sus equipos.
Jorge Moreno, vocero de Oracle, explica a Acento que la inteligencia artificial se ha convertido en un importante apoyo para las organizaciones, aunque advierte que no todas sus aplicaciones son iguales. “El apalancador de la inteligencia artificial hoy es una herramienta muy poderosa. Hay diferentes tipos y a veces las personas la confunden”, señala.
Entre sus usos están los modelos predictivos, capaces de analizar información histórica para anticipar comportamientos; los generativos, que ayudan a producir contenidos y propuestas; y los denominados agénticos, diseñados para ejecutar determinadas tareas con un mayor grado de autonomía.

En los servicios públicos, estas herramientas pueden tener efectos concretos. Un sistema puede advertir que un equipo está próximo a fallar, ayudar a programar una cuadrilla de mantenimiento o identificar cambios inusuales en el consumo de un hogar. Para el usuario, esto puede traducirse en información más clara y respuestas más rápidas.
El desafío es cada vez mayor. La demanda mundial de electricidad continúa creciendo y las redes necesitan responder a un sistema energético más complejo, con una mayor participación de fuentes renovables. En ese escenario, contar con información oportuna se convierte en una condición para planificar inversiones y evitar interrupciones.
La tecnología también está entrando en la gestión de grandes proyectos de infraestructura. Herramientas de planificación y seguimiento permiten a las empresas conocer en qué estado se encuentra una obra, cuánto se ha ejecutado y cómo avanzan los compromisos contractuales y presupuestales.
Pero la transformación digital también tiene un límite: los datos no siempre son correctos y una herramienta tecnológica no reemplaza el criterio de quien la utiliza.
El riesgo de confiar demasiado
La velocidad con la que avanza la inteligencia artificial plantea un desafío adicional para las empresas: saber cuándo confiar en sus resultados y cuándo revisarlos. Un error en una recomendación puede tener consecuencias mucho mayores cuando se trata de una red eléctrica, un sistema de agua o una infraestructura de telecomunicaciones.
Moreno recomienda, por eso, utilizar estas herramientas con criterio. “La recomendación que yo hago es utilizar la inteligencia artificial como una herramienta, pero como una herramienta con análisis y racionalidad”, afirma.
La supervisión humana sigue siendo necesaria incluso cuando una aplicación puede ejecutar tareas de manera automática. “Siempre va a haber detrás alguien, algún humano que le esté diciendo qué debe hacer”, señala el experto.
Esta relación entre tecnología y personas también resulta relevante frente a los usuarios. Las empresas pueden utilizar la información disponible para detectar consumos inusuales, enviar alertas, explicar una factura o identificar posibles problemas antes de que se conviertan en una reclamación.
En materia de eficiencia energética, por ejemplo, el análisis de los patrones de consumo permite orientar a los usuarios sobre cuándo y cómo utilizar determinados equipos. La información deja así de ser un registro que aparece en la factura y se convierte en una herramienta para tomar decisiones.
El valor de tener los datos en orden
Sin embargo, ninguna solución de inteligencia artificial funciona bien si la información que recibe está dispersa, incompleta o desactualizada. Este es uno de los problemas que enfrentan muchas organizaciones, que durante años han acumulado datos en sistemas independientes.
Integrar esa información permite tener una visión más completa de la operación. Una empresa puede relacionar, por ejemplo, los datos de sus equipos con los contratos, proveedores, mantenimientos y costos asociados. Con esa información, las decisiones pueden tomarse con mayor rapidez y contexto.
La seguridad es otro de los desafíos. Los servicios públicos manejan información de sus operaciones y de millones de usuarios, por lo que la adopción de soluciones digitales debe estar acompañada de controles que protejan esos datos y garanticen su disponibilidad.
En este proceso, las plataformas en la nube ofrecen capacidad para almacenar y procesar grandes cantidades de información sin que cada empresa tenga que construir desde cero toda la infraestructura necesaria. Colombia, además, cuenta con infraestructura tecnológica que permite atender parte de estas necesidades desde el país.
La transformación digital de los servicios públicos, en últimas, no consiste en reemplazar personas por máquinas ni en acumular herramientas. El objetivo es utilizar mejor la información para anticipar problemas, administrar recursos escasos y ofrecer respuestas más oportunas a los ciudadanos.
La inteligencia artificial puede convertirse en un aliado para esa tarea, pero su verdadero valor dependerá de cómo se utilice. En sectores donde una decisión puede afectar a miles o millones de personas, la tecnología aporta capacidad de análisis; el criterio humano sigue teniendo la última palabra.