Durante cuatro años, el país se acostumbró a que su presencia en el mundo dependiera del estado de ánimo de su presidente. Hubo trinos contra aliados y discurso
Durante cuatro años, el país se acostumbró a que su presencia en el mundo dependiera del estado de ánimo de su presidente.
Hubo trinos contra aliados y discursos contra inversionistas. Y hace exactamente un año, un presidente con un megáfono, en una calle de Nueva York, les pidió a soldados extranjeros que desobedecieran a su propio gobierno.
El resultado es conocido: la visa revocada, el presidente en la Lista Clinton y un país que pasó de ser el aliado más confiable de Washington en la región a convertirse en un interlocutor incómodo.
Esta semana, Colombia regresó a Nueva York con otra actitud. Conviene reconocerlo por tres razones.
La primera es el método. El vicepresidente José Manuel Restrepo no fue a buscar aplausos ni a dar lecciones. Fue a trabajar. En cinco días se reunió con cerca de trescientos inversionistas, empresarios y fondos. Sostuvo reuniones bilaterales con seis gobiernos y presentó un portafolio de 176 proyectos.
En la misma semana se sentó en la mesa del presidente Donald Trump y en la del secretario general António Guterres. Y viajó en clase económica. En un Estado que les pide austeridad a sus ciudadanos, ese gesto tiene valor.
La segunda es la coherencia. El Gobierno del presidente Abelardo de la Espriella ha sido crítico de las Naciones Unidas, y no escondió esa crítica en su propia sede. Pero la acompañó de una propuesta: una definición internacional del terrorismo que impida justificar asesinatos y secuestros con un discurso político. Se puede discrepar de un organismo y, al mismo tiempo, dialogar con él. Así se ejerce la diplomacia.
La tercera es el mensaje económico. El discurso presidencial dijo algo que muchos colombianos conocen por experiencia propia: los gobiernos no decretan el crecimiento. Lo hacen posible cuando garantizan seguridad, reglas estables y un Estado que no estorba.
Por eso el ministro de Comercio, Mauricio Gómez Amín, llevó a Nueva York dos mensajes que cualquier inversionista reconoce: seguridad física y seguridad jurídica. Son precisamente las dos condiciones que el país perdió en los últimos años.
Ahora bien, el interés todavía no es inversión. Cien inversionistas atentos en una sala de JP Morgan no son aún un empleo en Montería ni una carretera en el Cauca.
El Gobierno fijó una fecha para demostrar que la diferencia se puede cerrar. El 16 de noviembre, con la primera Milagro Week en Nueva York, se sabrá si las reuniones de esta semana se convierten en capital comprometido.
Colombia recuperó su lugar en la mesa. El reto ahora es que ese lugar produzca resultados que se sientan en las regiones, en las empresas y en los hogares.
En Acento haremos ese seguimiento con rigor, semana a semana.