La operación había comenzado apenas 24 horas después del terremoto y en total dispusieron seis vuelos de la Patrulla Aérea que llegaron a las zonas afectadas.
La misión que terminó marcada por la tragedia había comenzado con un propósito distinto: llevar atención médica a comunidades afectadas por el terremoto del pasado 10 de agosto. Los cinco integrantes que murieron en el accidente de una avioneta no regresaban de un viaje cualquiera. Formaban parte de una organización que durante seis décadas ha llevado servicios de salud a poblaciones vulnerables y que, esta vez, había desplegado seis aeronaves para responder a una emergencia.
La avioneta Cessna T206, de matrícula HK-4985, cubría la ruta entre Condoto, Chocó, y el aeropuerto de Guaymaral, en Bogotá, cuando se accidentó el domingo, entre las 10:00 y las 10:30 de la mañana. A bordo viajaban integrantes de una misión de la Patrulla Aérea Colombiana, una asociación privada y sin ánimo de lucro que reúne a pilotos y profesionales de la salud.
Pamela Estrada, directora de la organización, explicó que la comitiva estaba integrada por 33 personas y que durante la jornada fueron atendidas cerca de 600 personas en diferentes especialidades.
“Atendimos cerca de 600 personas con consulta médica en diferentes especialidades como optometría, pediatría, dermatología, ginecología, entre otras”, señaló.
La operación había comenzado apenas 24 horas después del terremoto. En total, seis vuelos de la Patrulla Aérea llegaron a diferentes zonas afectadas para prestar servicios de salud. El vuelo que sufrió el accidente fue precisamente el primero en salir de regreso.
El trabajo de esta organización permite entender la dimensión de la pérdida. Durante 60 años, la Patrulla Aérea Colombiana ha funcionado como una especie de hospital móvil que llega a lugares donde el acceso a los servicios de salud presenta mayores dificultades. Su estructura está conformada por unos 70 pilotos asociados y más de 300 profesionales de la salud, entre médicos especialistas, enfermeros, optómetras y regentes de farmacia.
“Son 70 pilotos que están asociados, más de 300 profesionales de la salud”, explicó Estrada.
La organización realiza entre 12 y 20 brigadas médicas cada año y ha participado en la atención de grandes emergencias nacionales, entre ellas la tragedia de Armero, en 1985, y el terremoto del Eje Cafetero, en 1999. La respuesta al terremoto de agosto se sumó a esa historia de atención en medio de las emergencias.

Por eso, el accidente no solo interrumpió el regreso de una aeronave. También golpeó a una red de voluntarios que había convertido su profesión, su tiempo y sus propios recursos en una herramienta para llegar a comunidades que necesitan atención.
Estrada recordó que la organización supo que algo ocurría cuando perdió el rastro de la aeronave. “Me notifican de la Aeronáutica Civil que la baliza satelital de emergencia de la aeronave se activó. Ya habíamos detectado que algo estaba pasando porque estábamos siguiendo todas las aeronaves que estaban en vuelo y ya le habíamos perdido el rastro”, relató.
Detrás de la tragedia quedaron además cinco historias personales. Sandy García era hija, esposa, jefe de enfermería y jefe de vacunación de Colmédica; Yuliza Figueredo era médica radióloga de la Clínica del Country; María Victoria Guzmán era médica pediatra, y madre de dos niños pequeños; Perla Álvarez se desempeñaba como gerente de acceso y servicios de Colmédica, y Mehmet Cankaya, piloto de origen turco, era esposo de una voluntaria de odontología y padre de tres niñas.
El sector salud también expresó su pesar. La Asociación Colombiana de Empresas de Medicina Integral (Acemi) destacó que los profesionales habían atendido a cerca de 600 personas afectadas por el terremoto y resaltó la labor social que desarrolla el talento humano en salud para acercar servicios a las poblaciones más vulnerables.
La tragedia deja así una paradoja difícil de ignorar: quienes habían viajado para ayudar a comunidades golpeadas por un desastre terminaron convirtiéndose ellos mismos en víctimas. Su última misión, sin embargo, quedó vinculada a la historia de una organización que durante seis décadas ha entendido la atención médica como un servicio que también puede llegar por aire allí donde las distancias y las emergencias dificultan el acceso.