La conversación del Latam Fintech Market dejó una conclusión incómoda: la infraestructura ya está lista. Lo que falta es velocidad para usarla.
Barranquilla fue esta semana el lugar donde la industria financiera de la región discutió su propia agenda. De todo lo que se dijo en el Latam Fintech Market, una idea resiste el paso de los titulares: Colombia ya resolvió la parte difícil —construir una infraestructura de pagos inmediatos— y sigue sin resolver la fácil, que es usarla. El cuello de botella dejó de ser tecnológico.
La evidencia es contundente en ambas direcciones. Bre-B entró en operación plena en octubre de 2025 y en menos de un año superó los 130 millones de llaves registradas, con un ritmo de adopción más rápido que el de Pix en Brasil en su arranque. Y, sin embargo, cerca de 79 de cada 100 transacciones en el país siguen haciéndose en efectivo. La infraestructura corre; el hábito no.
Ese rezago no es gratuito. Tiene un costo visible: una red de oficinas y corresponsales que se sostiene con las tarifas de todos los usuarios, incluidos los que casi nunca la pisan. Y tiene un costo invisible, más caro: el dinero que no deja rastro no construye historial, sin historial no hay crédito formal y sin crédito formal queda el gota a gota. El efectivo opera como un impuesto regresivo. Lo pagan más quienes menos tienen.
David Vélez dejó la comparación más útil de la jornada. El teléfono móvil puso un banco en el bolsillo de cada persona; la inteligencia artificial puede poner un banquero. Saber qué crédito conviene, cómo invertir o cómo pagar menos impuestos sigue siendo patrimonio de una minoría con asesoría. Nubank —138,9 millones de clientes al cierre de junio, 5,3 millones de ellos en Colombia— ya reporta millones de usuarios mensuales de asesoría financiera automatizada. La pregunta pertinente para el sistema colombiano no es si adoptará esa tecnología. Es si la eficiencia que produzca se reinvertirá en menores costos para el usuario o se quedará en el margen de las entidades.
De ahí la advertencia sobre los plazos. Las finanzas abiertas están decretadas, pero su cronograma se mide en años mientras la tecnología que pretende ordenar se actualiza en meses. Un país capaz de montar Bre-B en tiempo récord no puede administrar la siguiente etapa con los calendarios de la década pasada. El regulador tiene la infraestructura, tiene los datos y tiene la evidencia de adopción. Lo que le falta es urgencia.
Vélez resumió el momento con una imagen deportiva: vamos en el primer minuto y hemos jugado bien. Es un buen diagnóstico y también una advertencia. Ningún partido se gana en el primer minuto, y el que se confía temprano suele terminar corriendo detrás del marcador.