Una decisión que transformó el agua de la ciudad y la región, y la convirtió en un referente internacional
Manizales, 2 de septiembre de 1996. En medio de una reforma nacional de los servicios públicos, la ciudad tomó una decisión que cambiaría para siempre la forma de gestionar su bien más preciado: el agua.
Hay momentos en la vida de una ciudad, como en la de las personas, en los que las decisiones que se toman trascienden a quienes las adoptan y terminan convirtiéndose en patrimonio de varias generaciones. La creación de Aguas de Manizales fue uno de esos momentos.
A mediados de los años noventa, Manizales enfrentaba el desafío de transformar profundamente la administración de sus servicios públicos. La expedición del marco jurídico y regulatorio de las Leyes 142 y 143 de 1994 abrió un nuevo capítulo para las empresas prestadoras de servicios públicos en Colombia y planteó la necesidad de construir organizaciones más eficientes, autónomas y financieramente sostenibles. Para Manizales, aquella obligación legal se convirtió en una oportunidad histórica.
El entonces alcalde de la ciudad, Mauricio Arias Arango, asumió el reto de conducir una transformación institucional de grandes dimensiones. Las antiguas Empresas Públicas de Manizales —donde tuve la oportunidad de desempeñarme como subgerente y gerente— debían dar paso a un nuevo modelo empresarial que permitiera especializar los servicios, fortalecer su administración y garantizar su sostenibilidad hacia el futuro.
Fue una decisión trascendental que exigió visión política, capacidad empresarial y, sobre todo, confianza en Manizales. Para llevarla a cabo, el alcalde nos delegó la tarea a un equipo de líderes destacados: Juan Manuel Llano Uribe, en Emtelsa; Gabriel Hernán Ocampo, en Emas; Luis José Londoño, en Empresas Públicas; y José Alfredo Restrepo, como gerente de la nueva empresa Infimanizales. En mi caso, tuve el honor de ser designado primer gerente de Aguas de Manizales.
Inicios y formación de talentos
Para asumir este histórico compromiso, bajo mi liderazgo y con el concurso del ingeniero Juan Bernardo Botero, articulamos un valioso equipo intergeneracional que combinó experiencia y juventud.
Recibí la responsabilidad de poner en marcha una empresa que jurídicamente estaba naciendo, pero que debía comenzar a funcionar desde el primer día.
Detrás de esa nueva razón social estaban los trabajadores, los usuarios, las redes, las plantas, las fuentes de agua y una ciudad entera que esperaba que el servicio continuara funcionando con la misma calidad.
No partíamos de cero. Existía una historia construida durante décadas; lo que correspondía era transformar esa experiencia en una nueva organización, con una visión empresarial acorde con las exigencias de la época.
Los primeros meses fueron intensos: había que construir una empresa mientras se prestaba el servicio, ordenar las finanzas, enfrentar los desequilibrios tarifarios, mejorar la productividad y comenzar un programa de inversiones.
La compañía se consolidó desde sus cimientos como una auténtica escuela de liderazgo técnico y gerencial, capaz de atraer y retener talento joven que hoy lidera empresas de acueducto y servicios públicos en varias regiones del país.
Fábrica de Agua
Desde sus primeros años, Aguas de Manizales entendió que garantizar el agua significaba también proteger las fuentes que la producen.
Por ello, se incorporó a su estrategia de sostenibilidad un hito fundamental para la región: la protección y adquisición estratégica de las reservas de la finca Río Blanco y de la cuenca del río Chinchiná, con una extensión de 4.600 hectáreas, para contribuir a garantizar la seguridad hídrica de la capital caldense.
A esta visión se sumaron el mejoramiento de los procesos de potabilización, la ampliación de redes, el fortalecimiento de los laboratorios y la incorporación de nuevas tecnologías, con el propósito de consolidar una empresa capaz de responder a las necesidades de la ciudad y de anticiparse a los desafíos del futuro.
Los resultados iniciales demostraron que el cambio era posible. En apenas cuatro meses de operación, Aguas de Manizales había alcanzado 85.197 usuarios, contando con 190 empleados, frente a los 405 que tenía la antigua estructura de Empresas Públicas.
Nuevos mercados
Ante la dificultad estructural de no contar con un área metropolitana consolidada que permitiera expandir los servicios locales, la estrategia de crecimiento regional trascendió las fronteras del departamento.
La compañía proyectó su experiencia técnica y de gestión hacia nuevos mercados mediante esquemas de cooperación empresarial y asistencia técnica.
Entre los proyectos más destacados estuvo la creación de Aguas de Cajicá, en la Sabana de Bogotá, una experiencia que demostró que garantizar una adecuada gobernanza institucional es indispensable para evitar que este tipo de iniciativas fracasen.
Presente y futuro
Hoy, al mirar aquella época desde la distancia, resulta fácil olvidar la incertidumbre que acompañaba cada decisión.
No existían las certezas que ofrece el paso del tiempo; existía, en cambio, la convicción de que Manizales necesitaba una empresa de agua capaz de pensar en décadas y no solamente en presupuestos anuales.
Aguas de Manizales fue una construcción de ciudad: un mandato político, encabezado por el alcalde Mauricio Arias Arango; un reto empresarial que me correspondió ejecutar, y un compromiso colectivo que involucró a trabajadores, técnicos, profesionales y ciudadanos.
Treinta años después, hacer memoria es un acto de reconocimiento. Es necesario destacar la labor de las administraciones posteriores, así como la del actual alcalde, Jorge Eduardo Rojas Giraldo, y la del ingeniero Jorge Hernán Rivillas, actual gerente, por haber entendido la importancia de construir, continuar y recuperar la confianza en la sostenibilidad de la empresa.
Entre los hitos de esta etapa se encuentra la puesta en marcha de la Planta de Tratamiento de Aguas Residuales (PTAR) Los Cámbulos, tan necesaria para la protección de la cuenca del río Chinchiná.
Porque detrás de cada planta de tratamiento, cada kilómetro de red, cada tanque, cada laboratorio y cada factura hay una historia.
Treinta años después, recordar aquellos primeros pasos no es solamente un ejercicio de nostalgia; es la prueba viva de que, cuando una sociedad se une en torno a su recurso más vital, el futuro se construye con rigor, visión y excelencia.
Para cerrar, ahora que celebramos los 30 años de vida institucional de la empresa, conviene recordar que una visión sin acción es solo un sueño, y una acción sin visión es un conflicto.
En nuestro caso, tuvimos y seguimos teniendo la visión y la acción necesarias para que esta empresa continúe creciendo durante cien años más.
Y recordemos siempre que el desarrollo sostenible empieza por ¡A de Agua Potable!