La tragedia que transformó el orden mundial

Por Redacción Acento

Veinticinco años después de los ataques a las Torres Gemelas, el recuerdo de las víctimas convive con las secuelas de una era convulsa.

La tragedia que transformó el orden mundial

Los atentados del 11 de septiembre de 2012, ejecutados por la red Al Qaeda contra el World Trade Center y el Pentágono, cambiaron el curso de la historia. Noventa minutos de ataques devastadores derribaron la percibida invencibilidad estratégica de Estados Unidos ante la mirada internacional.

El impacto de los cuatro aviones secuestrados dejó un saldo inicial de 2.977 víctimas mortales de 103 países. A esa cifra se añadieron 4.600 fallecidos posteriores por secuelas médicas derivadas, según registros oficiales de los Centros de Control de Enfermedades.

Tres semanas después de la tragedia, el presidente George W. Bush declaró la denominada "guerra contra el terrorismo" e invadió Afganistán. Dos años más tarde, Washington extendió la ofensiva hacia Irak argumentando la posesión de supuestas armas de destrucción masiva.

Durante ese periodo, las acciones bélicas emprendidas por la administración estadounidense chocaron de forma directa contra los preceptos básicos del Derecho Internacional. La Casa Blanca dio prioridad absoluta a la protección interna y a la preservación de su supremacía.

Los escándalos por torturas a prisioneros en la cárcel iraquí de Abú Ghraib y en Guantánamo mermaron el crédito diplomático norteamericano. Las denuncias periodísticas internacionales despojaron a Washington de la buena voluntad global ganada tras sufrir los ataques en su territorio.

Los errores de cálculo estratégico impidieron la estabilización militar en las regiones invadidas por las fuerzas aliadas. Las secuelas de la intervención facilitaron la posterior eclosión del Estado Islámico y el eventual retorno del régimen talibán al poder en 2021.

Costo humano y geopolítico

Las guerras derivadas del 11S terminaron por afectar la estabilidad política de países enteros en varios continentes. Aliados y rivales de la potencia norteamericana sufrieron ataques directos del extremismo en un espiral de violencia que derivó en sangrientos conflictos civiles.

La contienda global contra el terrorismo provocó la muerte directa e indirecta de 4,5 millones de personas en todo el mundo. Esas cifras convierten este periodo en uno de los capítulos más mortíferos registrados según el Proyecto Costes de Guerra.

Además de las pérdidas humanas, la etapa posterior a los atentados trajo consigo profundas secuelas sociales. El periodo estuvo marcado por el auge del sentimiento antimusulmán en Occidente y un debilitamiento paulatino del papel mediador de la Organización de las Naciones Unidas.

En el aspecto militar, las operaciones antiterroristas transformaron para siempre los métodos de combate en los conflictos armados. El uso masivo de aviones no tripulados y la consolidación de sistemas de vigilancia electrónica global definieron la nueva era tecnológica.

A nivel económico, un cuarto de siglo de intervenciones continuas insumió un gasto público colosal para las arcas estadounidenses. Los costos financieros de la contienda superaron los ocho billones de dólares, mermando los recursos disponibles para la inversión productiva interna.

La eliminación del líder extremista Usama bin Laden en Pakistán durante 2011 no cerró el ciclo de hostilidades militares. La maquinaria de defensa estadounidense mantuvo operaciones activas en Oriente Medio que hoy derivan en crecientes tensiones geoestratégicas con la República Islámica de Irán.

Ascenso de rivales y erosión social

La concentración militar de Washington en Oriente Medio representó una coyuntura aprovechada por la República Popular China. Mientras Estados Unidos financiaba intervenciones bélicas, Pekín multiplicó por quince su Producto Interno Bruto desde principios del presente siglo.

El exembajador diplomático Kishore Mahbubani calificó la campaña bélica norteamericana como el mayor regalo geoestratégico recibido por Pekín. El gigante asiático consolidó su influencia económica internacional y afianzó su postura militar defensiva en la sensible región del Indopacífico.

En el terreno doméstico, la sociedad estadounidense sufrió un desgaste psicológico sostenido tras décadas de constante tensión nacional. La adopción de la doctrina defensiva por sucesivas administraciones gubernamentales alimentó sentimientos de desconfianza, miedo y aislamiento dentro de la población.

Las encuestas de opinión reflejaron la marcada caída de la fe ciudadana en sus instituciones públicas de gobierno. La confianza en las autoridades federales colapsó de un 60% registrado tras los ataques a un histórico mínimo del 21% en años recientes.

La aprobación de severas normativas de control ciudadano fomentó un rechazo extendido hacia la autoridad estatal entre republicanos y demócratas. Ese fenómeno social terminó fortaleciéndose debido a la polarización generada por las plataformas informativas y las redes digitales modernas.

Actualmente, una cuarta parte de la población residente en suelo estadounidense es demasiado joven para recordar el desplome de los rascacielos. Cien millones de ciudadanos no vivieron de forma directa la tragedia que transformó el entorno político de su nación.

El aniversario 25 de los atentados transcurre bajo la sombra de profundas crisis económicas y reconfiguraciones de alianzas globales. El recuerdo de las víctimas del World Trade Center convive hoy con un escenario internacional fragmentado, inseguro y sin hegemonías absolutas.