Sin casa, pero con esperanza: así viven los damnificados en Pereira

Por Redacción Acento

El Coliseo Mayor se convirtió en una especie de ciudad provisional. Familias enteras duermen juntas, esperan sus alimentos y buscan noticias de sus viviendas.

Sin casa, pero con esperanza: así viven los damnificados en Pereira

En Pereira, la tragedia no terminó cuando el movimiento de tierra cesó. Mientras los organismos de socorro avanzan entre estructuras colapsadas, grietas y toneladas de escombros en busca de sobrevivientes, cientos de familias intentan entender cómo continuar después de haber perdido sus viviendas. Para ellos, cada hora transcurre entre la esperanza de encontrar a quienes aún puedan estar atrapados y la incertidumbre de no saber cuándo volverán a tener un techo.

Angélica Gómez y sus dos hijos, de 8 y 18 años, vieron cómo el conjunto residencial 1 de Febrero, en el barrio Primero de Febrero, se convirtió en ruinas. Dos torres se desplomaron por completo y otras quedaron seriamente comprometidas. En una de ellas, el primer piso desapareció y los cinco niveles restantes quedaron suspendidos sobre los restos de la edificación, una imagen que resume la magnitud de la emergencia que dejó el terremoto de 7,4 grados, con epicentro en San José del Palmar, Chocó.

Frente a las ruinas donde estaba su hogar, Angélica encontró refugio en el Coliseo Mayor, uno de los cuatro albergues habilitados por la Alcaldía de Pereira. Allí recibió un colchón, alimentación y atención médica y psicológica.

“Acá nos han brindado toda clase de ayudas. Apenas llegamos, nos dieron alimento y todo lo que necesitamos. No sabemos hasta cuándo nos vamos a quedar acá, pero por ahora nos han atendido muy bien”, contó mientras intentaba mantener la calma después de perderlo todo.

El Coliseo Mayor se convirtió en una especie de ciudad provisional. Familias enteras duermen juntas, esperan sus alimentos y buscan noticias de sus viviendas. La Secretaría de Cultura, con apoyo de una fundación, dispuso atención en psicología, pediatría y medicina para quienes resultaron afectados durante la evacuación.

Entre los damnificados también está una madre cuyo hijo tuvo que ser hospitalizado después de que un perro le mordiera el rostro mientras intentaba escapar de su vivienda.

“Acá me dieron un colchón para mi hijo y para mí. Estamos pendientes de que le llegue el otro colchón a mi hijo”, relató.

Pero no todos quisieron o pudieron trasladarse a los albergues oficiales. En el Parque La Libertad, algunas familias levantaron cambuches con cobijas, telas y las pocas pertenencias que consiguieron rescatar. Allí, el parque dejó de ser un lugar de paso para convertirse, al menos temporalmente, en dormitorio, comedor y punto de encuentro para quienes lo perdieron todo.

Marioxis Rodríguez, quien llegó a Pereira hace ocho meses y administraba la residencia La Libertad, vio cómo el hospedaje quedó completamente destruido. Junto con sus hijos y otras personas que vivían allí, decidió permanecer en el parque.

“Con las poquitas cosas que logramos sacar de la pensión, que fue ropa y cobijas, montamos albergue acá en el parque todos los de la pensión, porque nos quedamos sin nada”, relató.

A su alrededor permanecían una adulta mayor con su hija con discapacidad y decenas de niños que recorrían las zonas verdes entre edificios colapsados y fachadas cubiertas de grietas. La comida, dice Rodríguez, ha sido una de las pocas certezas en medio de la incertidumbre.

“Acá nos han dado comida y no hemos pasado necesidad, más allá de tenernos que quedar en la calle”.

En Pereira, mientras los rescatistas avanzan contra el reloj, la emergencia tiene también otro rostro: el de quienes esperan. Esperan noticias, esperan poder regresar a casa, esperan saber qué será de sus pertenencias y, sobre todo, esperan que la búsqueda termine con el hallazgo de una vida.

Los albergues oficiales y los cambuches improvisados son apenas la primera respuesta frente a una crisis que no terminará cuando se retiren los escombros. Para Angélica, como para Marioxis y cientos de familias, la pregunta sigue siendo la misma: ¿cuándo volverán a tener un hogar?

“No sabemos hasta cuándo nos vamos a quedar acá, porque no tenemos a nadie más que a nosotros. Igual nos hemos sentido acompañados y apoyados en medio de esta situación tan difícil”, concluyó Gómez.