Colombia y sus catástrofes: seis emergencias, seis respuestas

Por Redacción Acento

Colombia ha aprendido a reaccionar cuando la tierra tiembla, el volcán despierta o el agua se sale de su cauce. Lo que todavía no ha aprendido con la misma efic

Colombia y sus catástrofes: seis emergencias, seis respuestas

Colombia ha aprendido a reaccionar cuando la tierra tiembla, el volcán despierta o el agua se sale de su cauce. Lo que todavía no ha aprendido con la misma eficacia es a reconstruir. 

Esa diferencia aparece al mirar seis tragedias ocurridas entre 1983 y 2017: Popayán, Armero, el Atrato Medio, el Eje Cafetero, la ola invernal de 2010-2011 y Mocoa. En todas hubo rescate, ayudas y planes de emergencia. Pero solo una dejó un modelo de reconstrucción que, una década después, podía considerarse ampliamente exitoso: el terremoto del Eje Cafetero.


El contraste es revelador. En Popayán el Estado consiguió devolverle a la ciudad buena parte de su arquitectura; en Armero, una tragedia de dimensiones inimaginables terminó también convertida en una historia de dispersión institucional y pérdida de prioridad política. En Murindó, la decisión técnicamente más evidente —sacar el pueblo de una zona de riesgo— lleva más de tres décadas sin completarse. La emergencia pasó; el problema quedó.

La ola invernal mostró otra dificultad: cuando el desastre no es un punto en el mapa sino cientos de municipios afectados simultáneamente, la reconstrucción puede convertirse en una operación administrativa de años. El Fondo Adaptación nació precisamente para superar esa dispersión, pero todavía en 2025 reportaba soluciones de vivienda destinadas a damnificados de 2010-2011. 

Mocoa repitió el patrón. Hubo dinero, un documento CONPES, metas y coordinación nacional. Sin embargo, siete años después seguían apareciendo obras abandonadas, familias esperando vivienda y comunidades cuestionando el ritmo de ejecución. 

El Eje Cafetero demuestra que Colombia sí puede hacer algo diferente. El FOREC concentró recursos, redujo trámites, dividió el territorio en zonas, entregó la gerencia a organizaciones privadas y mantuvo una estructura con participación comunitaria. No fue perfecto: miles de familias aún permanecían en albergues dos años después. Pero la reconstrucción avanzó a una velocidad que las otras tragedias no alcanzaron. 

La lección para el terremoto de 2026 es incómoda: Colombia sabe responder a la emergencia; todavía no sabe garantizar que la reconstrucción tenga la misma velocidad, continuidad y control. El verdadero balance de una catástrofe no se mide cuando se rescata al último sobreviviente, sino diez años después, cuando se pregunta si las familias volvieron a casa, si las ciudades redujeron su riesgo y si el Estado cumplió lo que prometió.