La fecha del empaque no siempre significa que un alimento ya no sea seguro

Por Redacción Acento

Especialistas explican por qué muchas fechas indican calidad y no riesgo para la salud.

La fecha del empaque no siempre significa que un alimento ya no sea seguro

¿Cuántas veces ha botado un yogur o una caja de leche solo porque la fecha del envase ya pasó? Ese hábito, común en millones de hogares, podría estar provocando un enorme desperdicio de alimentos que todavía son aptos para el consumo.

Los especialistas en seguridad alimentaria coinciden en que muchas personas interpretan mal las etiquetas. En la mayoría de los casos, la fecha impresa no marca el momento en que un producto deja de ser seguro, sino el período durante el cual conserva su mejor sabor, textura y calidad.

La diferencia parece pequeña, pero tiene un impacto enorme. Solo en Estados Unidos, más del 80% de los consumidores admitía en 2019 que desechaba alimentos al acercarse la fecha indicada en el envase. 

Una encuesta divulgada en 2025 encontró que casi la mitad de la población no entiende realmente qué significan esas etiquetas.

Parte del problema radica en que no todos los países usan los mismos criterios. Mientras en Europa y buena parte de América Latina existe una diferencia entre la fecha de caducidad y el "consumir preferentemente antes de", en Estados Unidos conviven múltiples expresiones que suelen generar confusión.

Donald Schaffner, experto en seguridad alimentaria de la Universidad de Rutgers, explica que las fechas garantizan la calidad del alimento hasta un determinado momento, pero no necesariamente indican si representa un riesgo para la salud.

Por su parte, Rachel Zemser, científica de alimentos y asesora de la industria, señala que los fabricantes establecen esas fechas pensando en cuándo el producto ofrece sus mejores características, no en el momento exacto en que deja de ser seguro.

Eso significa que muchos alimentos conservados pueden seguir consumiéndose después de la fecha impresa si el envase permanece intacto y se han almacenado correctamente. Entre ellos están los enlatados, bebidas vegetales en cajas selladas, cereales, pastas, galletas y otros productos secos.

Estos alimentos contienen poca humedad, lo que dificulta el crecimiento de bacterias. En algunos casos pueden perder frescura o volverse rancios, pero eso no implica que provoquen una enfermedad.

La situación cambia con los alimentos perecederos. Carnes, pollo, pescado y otros productos frescos requieren mayor precaución porque bacterias como Salmonella, Listeria y E. coli pueden multiplicarse sin alterar el olor, el color o el sabor.

Por eso, los expertos recomiendan congelarlos antes de la fecha límite si no van a consumirse pronto y descartar cualquier producto que presente moho, envases abombados, olores desagradables o cambios evidentes en su textura.

La mejor estrategia sigue siendo planificar las compras, almacenar correctamente los alimentos y aprender a interpretar las etiquetas. Así se protege la salud, se reduce el desperdicio y también se evita gastar dinero innecesariamente.