Más que una posesión: los símbolos y mensajes que anticipan el gobierno de De La Espriella

Por Redacción Acento

La decisión de trasladar la ceremonia de posesión fuera de Bogotá, por primera vez en la historia, convirtió a Cali en un poderoso símbolo de descentralización.

 Más que una posesión: los símbolos y mensajes que anticipan  el gobierno de De La Espriella

La llegada de Abelardo de la Espriella a la Presidencia de Colombia no solo representó el relevo de Gustavo Petro en el poder. La ceremonia de posesión, realizada el 7 de agosto en Cali, se convirtió también en una declaración política sobre el país que pretende gobernar: descentralización, autoridad, seguridad, tradición, religión y una relación más cercana con las regiones.

La decisión de sacar la ceremonia de Bogotá tuvo un contenido simbólico. Por primera vez, un presidente asumió el cargo en una ciudad diferente a la capital. Cali fue escogida como escenario de un acto que buscó reivindicar a las regiones y enviar un mensaje de que el poder político no debe concentrarse exclusivamente en Bogotá.

El nuevo mandatario presentó esta decisión como parte de una política de descentralización. El suroccidente del país, además, adquirió un protagonismo especial en medio de un discurso en el que De La Espriella habló de recuperar territorios afectados por la violencia y el narcotráfico.

La propia organización de la ceremonia reforzó esa idea. Los invitados fueron distribuidos en espacios correspondientes a las diferentes regiones del país: Caribe, Pacífico, Andina, Eje Cafetero, Orinoquía, Amazonía e Insular. No se trató solamente de una distribución protocolaria, sino de una puesta en escena que buscó representar la Colombia que el nuevo Gobierno asegura querer incorporar al centro de sus decisiones.

Pero los símbolos fueron más allá de la geografía. En el escenario fueron ubicadas las sillas que pertenecieron a Joaquín de Caicedo y Cuero, prócer caleño de la independencia, mientras que junto a la tarima estuvo presente una imagen de la Virgen de Fátima, relacionada con la devoción religiosa del nuevo presidente. También hubo una oración ecuménica con representantes de diferentes confesiones.

A esa simbología se sumó la presencia de Luis Felipe Yagüé, un agricultor y comerciante de 74 años de Florencia, Caquetá, quien se hizo conocido después de que se viralizara un video en el que una persona se negó a comprarle sus productos por haber votado por De La Espriella.

Su presencia en la posesión buscó representar a ese ciudadano común que, desde las regiones, respaldó al nuevo mandatario. Yagüé se convirtió así en uno de los rostros de la denominada ‘Ruta Milagro’, una iniciativa anunciada para apoyar a pequeños productores y empresarios rurales.

El acto mantuvo, sin embargo, su componente institucional. Después del juramento presidencial, el presidente del Senado, Honorio Henríquez, fue el encargado de imponer la banda presidencial a De La Espriella. Su intervención terminó siendo uno de los primeros mensajes políticos al nuevo jefe de Estado.

Henríquez hizo una lectura crítica del país que recibe la nueva administración y enumeró varios de los problemas que deberá enfrentar: “El orden público está perturbado, la inseguridad ciudadana es agobiante, la situación fiscal es crítica, nuestra soberanía energética está comprometida, campean el narcotráfico y la minería criminal, el sistema de salud está devastado y la corrupción”.

La frase sirve también para entender la narrativa con la que comienza el nuevo gobierno. Seguridad, narcotráfico, crisis fiscal, salud, corrupción y soberanía energética aparecen como los principales frentes sobre los cuales De La Espriella deberá demostrar que su promesa de cambio puede convertirse en resultados.

Henríquez resumió ese desafío en otra frase que puede marcar el inicio del nuevo periodo: “Es el momento de cambios profundos y de grandes decisiones”. Pero también dejó claro que esas transformaciones no podrán depender únicamente de la voluntad presidencial.

“No es hora de imponer el criterio gubernamental, sino de liderar diálogos y construir soluciones con la fuerza del consenso”, afirmó el presidente del Senado, planteando la necesidad de un “diálogo de Nación” con expresidentes, partidos políticos, gremios, sindicatos y la academia.

Ese llamado adquiere especial importancia frente a una administración que llega con una agenda de transformaciones en seguridad, economía y funcionamiento del Estado. La apuesta de De la Espriella por recuperar la autoridad y combatir frontalmente a las organizaciones criminales supone una ruptura con la estrategia de negociación que marcó buena parte del gobierno de Petro.

Pero el discurso de Henríquez introdujo un matiz: la seguridad no puede desligarse de las condiciones sociales. “La paz no se decreta, la paz se construye”, sostuvo, vinculándola con educación, salud, empleo, protección al campesino y presencia efectiva del Estado.

La ceremonia también estuvo atravesada por la violencia política. El homenaje a Miguel Uribe Turbay, asesinado durante la campaña presidencial, permitió al presidente del Senado lanzar otro mensaje: “Que nunca más una idea política valga una vida. Que nunca más la violencia pretenda ocupar el lugar de la palabra”.

Así, la posesión terminó siendo mucho más que un acto protocolario. Cali representó la descentralización; las regiones, la promesa de llevar el Estado a los territorios; la Virgen de Fátima, la dimensión religiosa; el vendedor de panela, la conexión con el ciudadano común; y el discurso de Henríquez, la necesidad de convertir la nueva mayoría política en acuerdos y reformas.