Los mercados internacionales no esperan gobiernos perfectos; esperan gobiernos previsibles. Lo que rechazan es la improvisación, la discrecionalidad y el incump
En el artículo anterior sostuvimos que la confianza se convirtió en el activo estratégico más importante de las naciones. Hoy la realidad internacional no solo confirma esa afirmación: la ratifica. Organismos multilaterales, mercados financieros y grandes inversionistas coinciden en que la confianza es la infraestructura invisible sobre la cual se construyen el crecimiento económico, la competitividad y el bienestar. La pregunta ya no es si la confianza importa, sino cómo se construye. La respuesta es contundente: con transparencia.
En la nueva geoeconomía mundial, el capital dejó de moverse por intuición o por discursos seductores. Los fondos de inversión, las agencias calificadoras de riesgo, los bancos multilaterales y las empresas que relocalizan sus cadenas de suministro evalúan primero la estabilidad jurídica, la calidad institucional y la capacidad de un país para cumplir sus compromisos. Hoy el verdadero diferencial competitivo es la credibilidad del Estado. Y Colombia ya está siendo observada.
Desde el inicio de este nuevo ciclo institucional hemos recibido diversas misiones internacionales interesadas en explorar oportunidades de inversión, cooperación y financiamiento.
Esta semana tuve la oportunidad de participar, junto con el gobernador del Atlántico, en el encuentro con la misión oficial de los Estados Unidos, integrada por el Embajador, el Subsecretario de Estado y representantes de agencias económicas.
El mensaje fue claro: existe una verdadera disposición para fortalecer la relación bilateral y respaldar proyectos estratégicos que impulsen la competitividad, la infraestructura, la adición energética y el desarrollo regional.
A ello se suman delegaciones de bancas de desarrollo, fondos de inversión e instituciones financieras de Europa y Asia que también han puesto sus ojos sobre Colombia.
Colombia está en la mira del mundo. Quienes hoy nos visitan no vienen únicamente a escuchar discursos; vienen a evaluar la fortaleza de nuestras instituciones, la estabilidad de las reglas de juego y la coherencia entre lo que prometemos y lo que hacemos. La inversión se conquista con credibilidad, y la credibilidad se construye con transparencia.
Ese es el gran desafío del gobierno que inicia. Más allá de las reformas y los anuncios, su principal responsabilidad será construir una verdadera transparencia por diseño: un modelo de administración pública donde la apertura de la información, la trazabilidad de las decisiones y la rendición de cuentas hagan parte del diseño mismo del Estado y no sean simples respuestas a las crisis.
Durante décadas la corrupción se trató como un problema jurídico. Sin embargo, su verdadero impacto es económico y social. Cuando una licitación fracasa, una obra se paraliza o un contrato termina en litigios, el costo no lo pagan únicamente los responsables.
Lo paga el joven que pierde una oportunidad de empleo, el empresario que decide no invertir, la familia que continúa esperando un hospital o una carretera, y el país cuando aumenta el riesgo, se encarece el crédito y disminuye la inversión.
La opacidad termina convirtiéndose en el impuesto más costoso para una sociedad, porque destruye el único activo que tarda años en construirse y puede perderse en cuestión de días: la confianza.
Como sostiene Sergio Roitberg, hoy los gobiernos ejercen su liderazgo en un estado de exposición permanente. Ciudadanos, inversionistas, organismos internacionales y medios especializados observan las decisiones públicas en tiempo real. Gobernar desde la opacidad dejó de ser posible.
Los mercados internacionales no esperan gobiernos perfectos; esperan gobiernos previsibles. Están dispuestos a asumir riesgos cuando existen reglas claras y estas se cumplen. Lo que rechazan es la improvisación, la discrecionalidad y el incumplimiento.
Por ello, Colombia debe enviar señales inequívocas desde el primer día: contratación pública abierta y auditable, proyectos técnicamente estructurados, respeto por la seguridad jurídica, cumplimiento de la regla fiscal y una cultura institucional donde la legalidad no dependa de la voluntad de los funcionarios, sino del diseño mismo del Estado.
No se trata únicamente de prevenir la corrupción. Se trata de construir confianza. Y construir confianza significa reducir el riesgo, atraer inversión, generar empleo, impulsar la innovación y crear oportunidades para millones de colombianos.
La prosperidad de las próximas décadas dependerá menos de la riqueza natural que poseamos y mucho más de la fortaleza de nuestras instituciones. No existen amuletos para atraer el capital global. Existe únicamente la confianza que un país inspira cuando honra su palabra.
Y la mejor forma de demostrarlo es actuar con transparencia desde el primer día de gobierno. No cuando aparezcan las primeras críticas o estalle un escándalo, sino desde la primera decisión, el primer contrato y el primer peso de los recursos públicos.
Porque la confianza no se decreta. Se construye. Y cuando un Estado decide construirla desde el primer día, la transparencia deja de ser un discurso para convertirse en el motor del crecimiento económico, la inversión, el empleo y el bienestar de toda una nación.