La organización Cecodap documentó 1.405 casos verificados de niños, niñas y adolescentes afectados.
Ha pasado más de un mes después de los terremotos que sacudieron el centro-norte de Venezuela, la emergencia dejó de medirse únicamente por el número de edificios colapsados o personas fallecidas. El drama ahora tiene otro rostro: el de la infancia. Un informe de la organización Cecodap documentó 1.405 casos verificados de niños, niñas y adolescentes afectados, entre ellos 221 fallecidos y 273 desaparecidos, cifras que reflejan una crisis humanitaria que trasciende la fase inicial de rescate.
Aunque los datos representan solo los casos que pudieron ser confirmados mediante monitoreo de reportes públicos y registros hospitalarios, la organización advierte que la dimensión real de la tragedia podría ser mucho mayor debido a las dificultades para recopilar información y al colapso de los sistemas de atención durante la emergencia.
El informe muestra que la niñez ha soportado una carga desproporcionada de la catástrofe. De los casos documentados, más de un tercio corresponde a menores fallecidos o que aún permanecen desaparecidos. Además, la mayoría de los afectados tiene menos de 12 años, una realidad que evidencia el alto nivel de vulnerabilidad de este grupo frente a los desastres naturales.
Sin embargo, el desafío ya no se limita a las labores de búsqueda. Especialistas en protección infantil advierten que, una vez concluye la etapa de rescate, comienza una segunda emergencia mucho menos visible: la de los niños que perdieron a sus familiares, fueron separados de sus cuidadores, quedaron desplazados o deberán enfrentar secuelas psicológicas que podrían prolongarse durante años.
Cecodap identificó al menos 32 casos de menores separados de sus familias y centenares de niños desplazados, aunque reconoce que el número real es imposible de determinar mientras continúen los movimientos de población hacia refugios temporales o viviendas de familiares.
La organización sostiene que uno de los principales problemas ha sido la ausencia de registros oficiales desagregados sobre la situación de la infancia. Sin información precisa sobre edades, ubicación y condiciones de los menores afectados, resulta más difícil coordinar reunificaciones familiares, asistencia psicosocial y medidas de protección específicas.

A ello se suma otro riesgo: la desinformación. Durante las semanas posteriores al terremoto circularon decenas de publicaciones en redes sociales sobre niños desaparecidos, muchos de ellos con datos incompletos o desactualizados. Según Cecodap, la rapidez con la que cambia la información durante una emergencia puede aumentar la incertidumbre de las familias y dificultar los procesos de identificación y búsqueda.
Los organismos especializados coinciden en que, después de un desastre de esta magnitud, la recuperación infantil no depende únicamente de reconstruir viviendas o restablecer servicios públicos. También exige garantizar atención psicológica, acceso continuo a la educación, espacios seguros para la recreación y mecanismos que prevengan situaciones de violencia, explotación o trata de menores, riesgos que suelen incrementarse en contextos de desplazamiento y desprotección.
La experiencia internacional demuestra que los efectos de un terremoto sobre la infancia pueden prolongarse durante años si no existen respuestas integrales. La pérdida de familiares, la interrupción de la escolaridad y los traumas emocionales suelen afectar el desarrollo de los niños incluso después de que desaparecen las imágenes de la tragedia.
En Venezuela, donde la emergencia se suma a años de dificultades económicas y limitaciones institucionales, el reto resulta aún mayor. La reconstrucción no solo implicará levantar infraestructura, sino también reconstruir redes de protección para miles de menores que hoy enfrentan un futuro marcado por la incertidumbre.
Mientras continúan las labores de búsqueda de quienes siguen desaparecidos, organizaciones de defensa de la niñez insisten en que la recuperación del país no podrá medirse únicamente por las carreteras o edificios reconstruidos. El verdadero desafío será garantizar que los niños sobrevivientes recuperen la seguridad, la estabilidad y las oportunidades que el terremoto les arrebató.