El auge de la inteligencia artificial no se define por quién tiene el mejor algoritmo, sino por quién controla los recursos escasos que lo hacen funcionar.
El activo más valioso de la economía de la inteligencia artificial (IA) no es el algoritmo. Es la electricidad que lo alimenta.
Esa es la tesis central del informe de mitad de año de BlackRock, la mayor gestora de activos del mundo, titulado sin rodeos "Escasez frente a abundancia". Su lectura es que la IA podría elevar el crecimiento estadounidense por encima del 2% anual, frente a una tendencia histórica cercana al 1,9%, pero solo si se resuelven los cuellos de botella físicos que hoy la limitan: energía, redes eléctricas, memoria, chips y centros de datos. La promesa es de abundancia. La restricción es de escasez.
El dinero ya se mueve hacia esa restricción. En el desglose de BlackRock, las compañías de energía vinculadas al auge de la IA capturan una porción creciente de los nuevos ingresos como ganancias. Las grandes tecnológicas —las hiperescaladoras— emiten en 2026 volúmenes récord de deuda para financiar la construcción. El capital no premia la idea; premia el electrón, el terreno y el metro cuadrado refrigerado.
Aquí el mapa global toca a Colombia. BlackRock adoptó una postura neutral frente a las acciones de mercados emergentes en general, pero hizo una salvedad explícita: mantiene el interés donde el despliegue de la IA impulsa la demanda de infraestructura, y menciona a América Latina por su nombre. La región dejó de ser espectadora. Es proveedora potencial de lo que escasea.
Colombia llega a esa conversación con cartas concretas. Su matriz eléctrica, mayoritariamente hidráulica y renovable, ofrece lo que los desarrolladores de centros de datos hoy exigen: energía firme, limpia y a costo competitivo. El país cuenta con doce cables submarinos y salida a dos océanos.
Según la Asociación Colombiana de Data Centers, el orden regional lo encabezan Estados Unidos, seguido de Brasil, México, Chile y, en quinto lugar, Colombia. Operan cerca de cuarenta centros de datos, concentrados en Bogotá y su sabana. Y el mercado, que rondaba los 450 millones de dólares, podría superar los 1.400 millones antes de 2031.
Las señales de inversión ya llegaron. Odata anunció 1.300 millones de dólares para dos centros en Bogotá. Colombia y Emiratos Árabes acordaron construir tres instalaciones en Santa Marta. La ventana está abierta.
Pero una ventana abierta no es una decisión tomada. El capital que financia un campus de 500 megavatios no se mueve por potencial, sino por certeza regulatoria. Un país puede tener el agua, el clima y la fibra, y aun así ver cómo la inversión se desvía a Chile o a Brasil por una regla ambigua. Colombia dio un paso con la Resolución CREG 101 099 de 2026, que habilita la autogeneración remota. Falta convertir ese marco en política de Estado, con velocidad y a escala.
La discusión llega, además, en plena transición política. El país estrena gobierno el 7 de agosto, y la agenda energética será uno de sus primeros frentes. La pregunta que definirá la década no es si Colombia tiene el recurso. Lo tiene. Es si sabrá leer la escasez ajena como oportunidad propia.

La lectura de Acento
El auge de la inteligencia artificial se cuenta como una historia de software. Es, en realidad, una historia de infraestructura: de energía, cobre, agua y suelo. Esa distinción no es técnica; es estratégica. Los países que entiendan que la IA es un fenómeno físico —y no solo digital— serán los que capturen su valor. Colombia tiene el insumo que el mundo busca con urgencia. Le falta lo más difícil: la certeza institucional que convierte una ventaja natural en inversión sostenida. La escasez global es una oportunidad. Las oportunidades, cuando no se deciden a tiempo, se van a otra parte.