Colombia se reconstruye sobre sus propias fracturas

Por Cecilia Arango Rojas

El verdadero desafío del nuevo gobierno será liderar una reconstrucción nacional que fortalezca la seguridad, la institucionalidad, el crecimiento económico y l

Colombia se reconstruye sobre sus propias fracturas

La entrega de las credenciales a la nueva fórmula presidencial marca mucho más que el cierre de un proceso electoral. Representa el inicio de una nueva etapa institucional para Colombia: la transición del mandato ciudadano hacia la acción de gobierno. 

Con el comienzo de los empalmes entre el gobierno saliente y el entrante, el país tiene la oportunidad de demostrar que la fortaleza de una democracia también se refleja en la manera como entrega el poder.

Más allá de los nombres propios y de las legítimas diferencias políticas, Colombia inicia un nuevo capítulo con la responsabilidad de reconstruir la confianza en sus instituciones, en su economía y en sí misma.

La elección de la fórmula presidencial encabezada por Abelardo De La Espriella y José Manuel Restrepo representa para millones de colombianos una apuesta por un nuevo rumbo. 

Sin embargo, el verdadero éxito dependerá de la calidad de la transición y de la capacidad para construir sobre lo que funciona, corregir lo que debe mejorarse y actuar con rapidez frente a los grandes desafíos nacionales.

Para entender este momento, vale la pena acudir a una antigua tradición japonesa: el Kintsugi, el arte de reparar piezas de cerámica rotas utilizando polvo de oro. En lugar de ocultar las fracturas, las convierte en parte de la historia y del valor de la pieza reconstruida.

La metáfora resulta especialmente pertinente para Colombia. Somos una nación marcada por conflictos, desigualdades y polarización, pero también por una enorme capacidad de resiliencia. Nuestras cicatrices no deben avergonzarnos; deben recordarnos todo lo que hemos sido capaces de superar.

En este contexto, los empalmes adquieren una importancia estratégica. No constituyen escenarios de confrontación política ni juicios sobre las administraciones salientes. 

Su propósito es garantizar una transición ordenada, identificar los asuntos que requieren atención inmediata, preservar los proyectos estratégicos que generan valor público y facilitar que el nuevo gobierno inicie su gestión con información completa y confiable.

Si durante este proceso se identifican actuaciones que eventualmente no cumplan los requisitos legales, el Estado cuenta con instituciones y procedimientos claramente establecidos para investigarlas y, si corresponde, sancionarlas. 

Esa responsabilidad recae en los organismos competentes. El empalme debe mantenerse como un instrumento de transparencia, continuidad institucional y construcción de confianza.

Una de las innovaciones más valiosas de esta transición son los empalmes regionales. Escuchar directamente a departamentos, distritos y municipios permitirá incorporar la realidad territorial desde el inicio del nuevo gobierno. Los territorios conocen mejor que nadie sus prioridades, sus capacidades y los proyectos que no pueden detenerse.

Si estos ejercicios se estructuran con metodología, indicadores, cronogramas y seguimiento, Colombia podrá consolidar una nueva buena práctica de gobernanza. Los empalmes dejarán de ser un trámite administrativo para convertirse en un verdadero factor crítico de éxito de cada transición presidencial y territorial.

El verdadero desafío del nuevo gobierno será liderar una etapa de reconstrucción nacional que fortalezca la seguridad, la institucionalidad, el crecimiento económico y la confianza ciudadana. Pero ninguna transformación depende únicamente de quienes gobiernan.

Las naciones se reconstruyen también desde las empresas que generan empleo, la academia que produce conocimiento, los servidores públicos que garantizan la continuidad del Estado y los ciudadanos que comprenden que el interés general debe estar por encima de las diferencias partidistas.

El mundo vive profundas transformaciones tecnológicas, económicas y geopolíticas. Colombia tiene condiciones para aprovecharlas si logra ofrecer estabilidad institucional, reglas claras y una visión compartida de largo plazo.

El Kintsugi enseña que una pieza restaurada nunca vuelve a ser la misma: se convierte en una obra más fuerte porque aprendió de sus fracturas. Estamos convencidos de que Colombia también puede recorrer ese camino. 

Si transformamos nuestras diferencias en aprendizaje, fortalecemos nuestras instituciones y hacemos de los empalmes una herramienta permanente de buena gobernanza, el país saldrá fortalecido.

La verdadera reconstrucción apenas comienza. El oro que unirá las piezas no será el de los discursos, sino el de la institucionalidad, la confianza, la continuidad del Estado y el compromiso de todos los colombianos.