El doble terremoto expuso las fallas de Venezuela

Por Redacción Acento

La tragedia dejó al descubierto un sistema de respuesta debilitado por años de deterioro institucional, escasez de recursos y deficiencias en infraestructura.

El doble terremoto expuso las fallas de Venezuela

El doble terremoto que sacudió el norte de Venezuela no solo dejó una de las peores tragedias naturales de la historia reciente de este país. También terminó revelando las profundas debilidades estructurales, institucionales y humanitarias acumuladas durante años de crisis. A pocas horas del desastre, la emergencia ya no se medía únicamente por la magnitud de los sismos, sino por la capacidad —o incapacidad— del Estado para responder a una catástrofe de gran escala. 

Los dos movimientos telúricos, de magnitudes 7,2 y 7,5 y separados por apenas 39 segundos, provocaron el colapso de edificios, hospitales y vías de comunicación, especialmente en La Guaira y Caracas. El más reciente balance oficial elevó la cifra de víctimas a 920 fallecidos y 3.360 heridos, mientras decenas de personas siguen desaparecidas bajo los escombros cuando comenzaban a agotarse las horas críticas para encontrar sobrevivientes. 

Sin embargo, el impacto del desastre no obedeció únicamente a la fuerza de la naturaleza. La tragedia dejó al descubierto un sistema de respuesta debilitado por años de deterioro institucional, escasez de recursos y deficiencias en infraestructura.

En numerosas zonas afectadas fueron los propios vecinos quienes iniciaron las labores de rescate utilizando herramientas improvisadas ante la ausencia inicial de maquinaria pesada y equipos especializados. Esa reacción espontánea recordó otras tragedias venezolanas, donde la solidaridad ciudadana terminó supliendo, al menos durante las primeras horas, la limitada capacidad operativa del Estado.

Las denuncias sobre hospitales sin suficientes insumos, dificultades para atender a miles de lesionados y problemas en el suministro de agua y electricidad reforzaron la percepción de que el terremoto golpeó a un país que ya enfrentaba una prolongada emergencia social. El desastre natural aceleró el colapso de servicios que previamente funcionaban con enormes limitaciones.

La emergencia también obligó a un inusual giro diplomático. Estados Unidos anunció la suspensión temporal de varias sanciones económicas hasta octubre con el propósito de facilitar el ingreso de ayuda humanitaria, flexibilizar operaciones financieras vinculadas con la asistencia internacional y permitir una respuesta más rápida de organismos multilaterales y organizaciones no gubernamentales. La medida fue interpretada como un reconocimiento de que las restricciones económicas podían convertirse en un obstáculo para atender una catástrofe de semejante magnitud. 

Paralelamente, Washington movilizó equipos especializados de búsqueda y rescate, asistencia logística y apoyo tecnológico, mientras otros países comenzaron a enviar personal, medicamentos y ayuda de emergencia. Incluso se produjo un acercamiento entre la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, y el presidente estadounidense, Donald Trump, quienes sostuvieron una conversación centrada exclusivamente en la coordinación de la asistencia humanitaria. 

La respuesta internacional contrastó con las críticas que continuaron surgiendo dentro de Venezuela. Diversos sectores señalaron que la tragedia evidenció la falta de inversión sostenida en infraestructura pública, la vulnerabilidad de numerosas edificaciones y la limitada preparación frente a eventos sísmicos de gran magnitud.

Aunque el Gobierno mantuvo que la prioridad absoluta seguía siendo rescatar personas con vida, las imágenes provenientes de La Guaira mostraban una realidad más compleja: familiares excavando con sus propias manos, cadenas humanas retirando escombros y comunidades enteras organizando centros de acopio mientras esperaban la llegada de equipos especializados. 

920 muertos fue la última cifra dada a conocer.

El doble terremoto también abrió un debate sobre la reconstrucción. Expertos advirtieron que el desafío no consistiría únicamente en levantar viviendas e infraestructura, sino en fortalecer capacidades institucionales para responder a futuras emergencias en un país con importante actividad sísmica.

La magnitud del desastre terminó transformando una crisis natural en una prueba de gobernabilidad. Más allá de las cifras de muertos y heridos, la emergencia expuso las consecuencias acumuladas de años de fragilidad económica e institucional, pero también mostró la capacidad de organización de una sociedad que, ante la lentitud de la respuesta oficial, convirtió la solidaridad ciudadana en la primera línea de rescate.

Cuando concluyeran las labores de búsqueda, comenzaría una etapa aún más compleja: la reconstrucción material del país y la recuperación de la confianza en unas instituciones que, para muchos venezolanos, quedaron tan expuestas como los edificios que se desplomaron durante aquellos 39 segundos que cambiaron el rumbo de la nación.