Colombia iniciará un nuevo ciclo en su historia. No porque un hombre haya ganado una elección, sino porque un ciclo que le costó al país cuatro años de incertid
Gustavo Petro deja el poder. Eso, por sí solo, es un hecho democrático que Colombia debe registrar con la sobriedad que merece. No con odio. No con revancha. Con la frialdad de quien sabe que la historia juzga con datos, no con adjetivos.
Los datos son elocuentes. Cuatro años de Paz Total que no trajo paz. Una reforma laboral que paralizó la contratación antes de aprobarse. Un enfrentamiento sistemático con el Banco de la República, con los gremios, con los medios, con los jueces, con cualquier institución que se atreviera a disentir. Una tasa de desempleo que no cedió, a pesar de las cifras maquilladas que muestra el DANE. Una inversión extranjera que huyó antes de que le explicaran por qué debía quedarse. Un discurso de cambio que terminó reproduciendo lo que prometía transformar: la concentración del poder, el desprecio por el adversario, la manipulación de la información como instrumento de gobierno.
Y sobre todo: una narrativa de miedo instalada con precisión quirúrgica cada vez que el calendario electoral apretaba. La segunda vuelta de hoy lo confirma. La ventaja que traía De La Espriella desde el 31 de mayo se recortó voto a voto en tres semanas de presión, desinformación y movilización del aparato oficial en favor del candidato del Pacto Histórico.
Colombia lo vio. Y aun así votó. 12.937.333 colombianos dijeron basta. Lo dijeron en las urnas, que es el único lugar donde una democracia admite ese tipo de declaraciones. Y la democracia colombiana, con todas sus fracturas, funcionó.
La Registraduría reportó 99,80 por ciento de mesas escrutadas sin que ninguna institución competente documentara irregularidades que alteraran el resultado. Ese es el piso sobre el cual se construye la legitimidad del presidente electo.
Abelardo De La Espriella llega a la Casa de Nariño con una promesa de la que Acento tomó nota y no va a olvidar: gobernar para todos. Para los 12.937.333 que lo eligieron y para los 12.691.709 que eligieron distinto. Esa promesa no es generosidad política. Es la condición mínima para que este país no repita el error de los últimos cuatro años: gobernar para la mitad y tratar a la otra mitad como enemigo.
José Manuel Restrepo asume la Vicepresidencia sabiendo que la economía no espera discursos. Que la pobreza no se resuelve con decretos de transformación. Que el empleo formal se genera cuando hay reglas claras, instituciones confiables y un Estado que cobra lo justo y entrega lo prometido.
Eso es lo que Colombia le compró a esta fórmula esta noche. No un mesías. No una revolución. Un gobierno técnico, empático, con capacidad de gerenciar lo público con la misma exigencia con la que el sector privado gerencia lo suyo.
La horrible noche que cantó Núñez en el himno que él mismo escribió era la de la colonia. La de este editorial es otra: la de cuatro años en que Colombia fue gobernada desde la confrontación y el relato, no desde la gestión y los resultados. Esa noche cesó hoy.
Lo que viene es más difícil que ganar una elección. Es cuidar el voto para que los escrutinios legitimen lo que las urnas anunciaron.
Y luego gobernar un país dividido, urgido y lleno de promesas pendientes. Acento estará aquí para decir, con la misma claridad de siempre, si está ocurriendo o no.