El crecimiento de la producción de cocaína no responde únicamente al aumento de las hectáreas sembradas con coca, sino a que la industria ilegal experimentó una
Diez años después de la firma del acuerdo de paz con las extintas Farc, Colombia enfrenta una paradoja que preocupa a analistas y autoridades: mientras la principal guerrilla del país dejó las armas, la producción de cocaína alcanzó niveles históricos y el mapa de los grupos armados ilegales se expandió hacia nuevos territorios.
Un reciente análisis publicado por el diario británico Financial Times, y retomado por El Colombiano, plantea que el conflicto colombiano cambió de rostro. La confrontación ya no gira principalmente en torno a proyectos políticos o ideológicos, sino alrededor de economías ilegales cada vez más rentables, especialmente el narcotráfico.
La desmovilización de cerca de 13.000 integrantes de las Farc generó la expectativa de que el Estado ocuparía los territorios históricamente controlados por esa guerrilla. Sin embargo, en muchas de esas zonas surgieron nuevos actores armados —disidencias, estructuras criminales y organizaciones narcotraficantes— que encontraron en la cocaína una fuente de ingresos más lucrativa que nunca.

La coca ya no depende solo de más cultivos
El crecimiento de la producción de cocaína no responde únicamente al aumento de las hectáreas sembradas con coca. De acuerdo con el informe, la industria ilegal también experimentó una transformación tecnológica.
Nuevas variedades de la planta, mejores técnicas agrícolas y laboratorios de procesamiento más sofisticados permitieron incrementar considerablemente el rendimiento por hectárea. Es decir, hoy es posible producir mucho más alcaloide utilizando una superficie similar a la de años anteriores.
A esto se suma que, según cifras citadas por el análisis, el área cultivada con coca creció cerca de un 50% entre 2018 y 2023, hasta alcanzar las 253.000 hectáreas, consolidando a Colombia como el mayor productor mundial de cocaína.
El Financial Times también relaciona esta expansión con la suspensión de las fumigaciones aéreas con glifosato desde 2015, una decisión que continúa siendo objeto de debate entre quienes defienden sus impactos ambientales y quienes consideran que debilitó la lucha contra los cultivos ilícitos.
Un negocio cada vez más global
Otro de los cambios identificados es el crecimiento de nuevos mercados internacionales.
Aunque Estados Unidos continúa siendo uno de los principales destinos de la cocaína colombiana, la demanda ha aumentado de forma importante en Europa, donde puertos como los de Bélgica y ciudades alemanas se han convertido en puntos estratégicos para el ingreso de cargamentos. Incluso mercados emergentes como Emiratos Árabes Unidos y Brasil aparecen dentro de las nuevas rutas del narcotráfico.
La diversificación de destinos permitió a las organizaciones criminales compensar la caída de los precios de la hoja de coca registrada en algunos momentos recientes y mantener la rentabilidad del negocio.
La disputa por el territorio
El informe sostiene que el control territorial sigue siendo un objetivo de los grupos armados, pero ahora responde principalmente al dominio de corredores para la producción y exportación de cocaína.
En regiones como Cauca, Catatumbo, Guaviare, Nariño y Putumayo, distintas organizaciones ilegales disputan áreas estratégicas para controlar cultivos, laboratorios, rutas y pasos fronterizos, generando nuevas dinámicas de violencia que afectan especialmente a comunidades campesinas, indígenas y afrodescendientes.
De acuerdo con el ministro de Defensa, Pedro Sánchez, citado por el Financial Times, varias de estas organizaciones aprovecharon los espacios abiertos por la política de "paz total" para fortalecer su capacidad económica y ampliar su presencia territorial, aunque el Gobierno ha sostenido que mantiene operaciones contra las estructuras criminales.
Un desafío que trasciende la seguridad
El panorama refleja que el narcotráfico dejó de ser únicamente un problema de orden público para convertirse en un fenómeno económico y transnacional.
Los grupos armados ya no necesitan grandes ejércitos ni estructuras jerarquizadas como las del pasado. Hoy operan mediante alianzas flexibles, redes criminales y control de cadenas logísticas que abastecen un mercado internacional en expansión.
A una década del acuerdo de paz, el reto para Colombia ya no consiste únicamente en contener la violencia, sino en lograr una presencia efectiva del Estado en las regiones donde la ausencia institucional sigue siendo el principal combustible para que las economías ilegales continúen reemplazando a la legalidad.