Esa es la palabra. No es un adjetivo. Es un diagnóstico.
El presidente Gustavo Petro firmó la convocatoria de la Asamblea Constituyente en febrero de 2026. Lo acompaña el ministro de Trabajo, Antonio Sanguino. Foto Presidencia.
Lo que el petrismo y la campaña de Iván Cepeda han hecho en dos semanas desde el 31 de mayo no tiene precedente en la historia electoral reciente de Colombia. No porque sea audaz. Sino porque es la actuación de quien sabe que va perdiendo y ha decidido que perder no es una opción.
Empiece por el fútbol. En plena campaña de segunda vuelta, Cepeda propuso que Colombia sea sede de un Mundial de fútbol. El mismo gobierno del que Cepeda es candidato, el gobierno de Gustavo Petro, le quitó a Barranquilla los Juegos Panamericanos 2027 por no pagar 8 millones de dólares. Panam Sports envió carta tras carta desde 2021. El silencio fue la respuesta del gobierno. El resultado: Colombia hizo el oso más grande de su historia deportiva reciente, renunció la ministra de Deporte y Lima se quedó con la sede que era nuestra. Ese es el gobierno que no pudo con los Panamericanos. Y su candidato propone un Mundial. La desesperación tiene esa capacidad: convierte la vergüenza en promesa.
Pero el fútbol es solo el síntoma más visible. El cuadro clínico completo es más grave. Desde la noche del 31 de mayo, Petro denunció que el censo electoral fue alterado con 885.400 cédulas adicionales y que el software de conteo fue modificado dos veces. La Misión de la Unión Europea, con 143 observadores de 24 países, lo desmintió: el proceso fue transparente y creíble. No hubo fraude. Petro siguió igual. La narrativa no necesitaba ser verdad. Necesitaba ser instalada.
En las reuniones de crisis del 1 y 2 de junio, el equipo de Cepeda tuvo que desmontarse de la constituyente —la bandera ideológica del petrismo durante cuatro años— porque espantaba votos. La guardaron en silencio. Sin explicación. Sin debate. Con la misma facilidad con que la habían agitado.
Lo que vino después fue la máquina de distracción en pleno funcionamiento: abogados demandando el uso de la camiseta de la Selección Colombia en campaña. Abogados demandando la frase “Firme por la Patria”. Demandas contra el saludo militar. Bodegas activadas. Y Cepeda denunciando a De La Espriella ante la Corte Penal Internacional por supuestos vínculos con el paramilitarismo —una acusación sin prueba presentada, sin sustento verificado, diseñada para un titular, no para un tribunal.
El 8 de junio, Cepeda acusó a De La Espriella de estar fraguando un autoatentado controlado para incidir en los resultados electorales. Las autoridades de seguridad dijeron que no tenían información al respecto. La acusación había cumplido su función antes de ser desmentida.
Y el remate: una representante del mismo partido del Presidente firma un auto para suspender a Petro hasta el cierre de las urnas del 21 de junio. Inconstitucional de origen. Pero ya instalada en el debate público.
Acento tiene una posición sobre todo esto, y la expresa sin rodeos.
La desesperación no es solo un estado emocional. En política es una estrategia. Cuando no tienes argumentos para ganar, produces ruido suficiente para que nadie pueda pensar con claridad. Cuando no puedes convencer al elector, lo confundes. Cuando no puedes ganar limpio, haces que la limpieza misma parezca sospechosa.
Colombia merece más. Merece una campaña donde se debatan el empleo, la seguridad, la deuda pública, el futuro de la paz y el modelo de desarrollo. En cambio tiene una campaña donde se demanda una camiseta, se propone un mundial que el mismo gobierno no pudo organizar en escala menor y se acusa al rival ante la Corte Penal Internacional sin pruebas.
Eso no es política. Es el último recurso de quienes ya saben lo que dice el marcador.