La polarización parece haber llegado a absorber los pocos símbolos y momentos de encuentro que lograban unirnos como colombianos.
La polarización parece haber llegado a absorber los pocos símbolos y momentos de encuentro que lograban unirnos como colombianos.
Si antes no creían en que estas han sido las elecciones más polarizadas, miren hacia la tribuna. La división y el odio llegó a las canchas, apuntando contra ese único espacio seguro, neutral y feliz, que por años ha funcionado como la mejor medicina social: el deporte. De hecho, hasta la camisa de la Selección Colombia que toda la vida ha sido símbolo, identidad nacional y reconciliación, hoy es tratada como una declaración política.
La controversia inició cuando Iván Cepeda se fue contra Abelardo De La Espriella por el uso de la tricolor durante la jornada electoral, como si esta prenda Nacional se usará bajo la propiedad de una corriente ideológica. La despedida del equipo rumbo al Mundial volvió a convertirse en un campo de batalla. Más que apoyar a los deportistas, la atención mediática se concentró en interpretar desaires, gestos y fotos.
Esta tradicional entrega del Pabellón Nacional, estuvo marcada por la frialdad e incomodidad de los jugadores. Primero, arribaron al Aeropuerto en un bus blanco porque el oficial había sido vandalizado días antes por simpatizantes de la izquierda; después, durante el discurso del mandatario el ambiente fue distante, parecía que no conectaba con los futbolistas, de hecho el acto transcurrió bajo un protocolo rígido y sin el entusiasmo que caracterizó a esta ceremonia años anteriores.
La polémica llegó al final, cuando Antonella la hija del presidente le pidió una foto a James y este no reaccionó, haciendo que las redes sociales estallaran en críticas contra el jugador. Algunos dicen que le faltó humildad, otros aseguran que no alcanzó a escuchar y unos cuantos señalaron que fue evidente su posición política. Hasta allá llegamos. Lo que años atrás se vivió como una ceremonia especial, terminó siendo un acto frío y deslucido, hasta el punto que, en la foto final, ningún jugador sonrió.
La polarización parece haber llegado a absorber los pocos símbolos y momentos de encuentro que lograban unirnos como colombianos. Paradójicamente, quienes más se apresuran a aparecer junto a las victorias suelen ser los mismos que muestran poco interés cuando se trata de financiar procesos, apoyar atletas y construir una verdadera política deportiva.
Resulta incoherente que, mientras se desgreñan decidiendo si la camisa se la pueden poner unos u otros, el deporte lleva cuatro años enfrentando el tijerazo presupuestal, siendo uno de los sectores más golpeados. De hecho, no se nos olvida que fue durante esta administración que Colombia perdió la sede de los Juegos Panamericanos 2027.
El costo del olvido y la indiferencia va más allá de los triunfos. El deporte no solo representa al país, también genera orgullo y es una herramienta fundamental para alejar a los jóvenes de la delincuencia, la deserción escolar y reclutamiento. Ignorarlo, es renunciar a una de las políticas sociales más contundentes que puede tener Colombia.
En fin, agradezcamos que nuestros jugadores hoy nos pondrán a soñar nuevamente en la fiesta más importante del fútbol, lo mínimo que podemos hacer como colombianos es apoyarlos y votar bien el próximo 21 de junio por quien vea en el deporte oportunidades para darle a los jóvenes.