Sin plazas llenas ni consultas, la última apuesta presidencial de Sergio Fajardo

Por Redacción Acento

Sin cierres de campaña masivos ni alianzas, su propuesta se centra en la educación y la no polarización.

Sin plazas llenas ni consultas, la última apuesta presidencial de Sergio Fajardo

A solo días de las elecciones presidenciales del 31 de mayo, la campaña de Sergio Fajardo avanza en contravía de las fórmulas tradicionales. Sin cierres masivos, sin consultas y con un discurso centrado en la educación, la ética pública y la moderación política, el exgobernador de Antioquia busca consolidarse como una alternativa frente a la polarización que representan, según él, los extremos encarnados por Iván Cepeda y Abelardo De la Espriella.


La decisión de no realizar grandes eventos de cierre, compartida también por Claudia López, refleja el estilo político que Fajardo ha defendido durante más de dos décadas: una campaña basada en el contacto ciudadano, la pedagogía y la construcción de confianza antes que en las demostraciones multitudinarias de fuerza.


Sin embargo, esa misma apuesta enfrenta hoy uno de sus momentos más difíciles. El candidato aparece con apenas el 3% de intención de voto y corre el riesgo de sufrir su peor resultado electoral en una primera vuelta presidencial.


La campaña de Fajardo también estuvo marcada por una narrativa personal que ha construido alrededor de su formación académica. Matemático de profesión, doctorado en lógica y teoría de modelos, el exalcalde de Medellín ha intentado trasladar a la política una visión basada en principios, consensos y soluciones técnicas.


Ese sello fue visible en sus administraciones en Medellín y Antioquia, donde impulsó modelos de gobernanza apoyados en alianzas entre el sector público, privado, la academia y las organizaciones sociales. Su principal bandera fue la educación: parques educativos, becas, reducción de la deserción escolar y programas de formación docente se convirtieron en la columna vertebral de su proyecto político.


Fajardo insiste en que la educación sigue siendo el eje de su propuesta presidencial. En sus intervenciones recientes ha defendido que el país necesita invertir en conocimiento y oportunidades para los jóvenes como estrategia de transformación social y de reducción de la violencia.


Al mismo tiempo, el candidato mantiene un discurso enfocado en la ética pública. Su “supraprincipio”, como suele llamarlo, sostiene que “los medios justifican el fin”, una idea que ha utilizado para diferenciarse de las prácticas tradicionales de la política colombiana.


Esa coherencia, no obstante, también ha tenido costos. En varias ocasiones Fajardo ha sido señalado de excesiva prudencia o falta de contundencia política. La imagen de candidato “tibio”, instalada desde la campaña de 2018, sigue persiguiéndolo en un escenario dominado por discursos más confrontacionales.


Precisamente por eso, en los últimos días ha endurecido el tono de sus mensajes. En redes sociales advirtió que el país podría terminar lamentando tener que escoger “entre dos extremos” si no se fortalece una opción de centro.


“El 1 de junio quizás será demasiado tarde”, escribió el candidato en X, donde insistió en que los ciudadanos aún tienen tiempo de elegir “una alternativa distinta”.


Fajardo también decidió romper con la lógica de las consultas interpartidistas. Rechazó participar tanto en la Gran Consulta por Colombia, donde confluyen sectores de derecha y centroderecha, como en la denominada “consulta de las soluciones”, promovida por Claudia López.


La decisión busca reforzar su narrativa de independencia y evitar alianzas que, según su entorno, podrían diluir su identidad política. Pero la apuesta también implica riesgos: en Colombia, las campañas sin maquinaria fuerte ni grandes coaliciones suelen tener dificultades para competir electoralmente.


Aun así, Fajardo insiste en mantenerse en carrera. Ha reiterado que esta será su última candidatura presidencial y asegura que no piensa retirarse antes de las elecciones.


Su campaña llega al tramo final aferrada a una idea que ha acompañado toda su trayectoria: que es posible hacer política desde la decencia, el diálogo y la educación. El problema es que, en medio de una contienda cada vez más polarizada, ese discurso parece tener hoy menos eco que en el pasado.