Tercera entrega de la serie sobre Manuel Cepeda Vargas e Iván Cepeda Castro. La doctrina que nació en una celda de La Modelo en 1964 reaparece sesenta y dos año
En agosto de 1964, Manuel Cepeda Vargas escribía desde su celda en la Cárcel Nacional Modelo. Afuera, el Ejército colombiano cerraba el cerco sobre Marquetalia. Adentro, él versificaba la resistencia. Le dedicaba el libro a su hijo Iván y a Manuel Marulanda Vélez. Llamaba “victoriosa guerrilla” a lo que dos años después se convertiría formalmente en las Farc.
Sesenta y dos años más tarde, ese hijo tiene 433 páginas. Se llaman “El Poder de la Verdad”. Es su programa de gobierno.
Las dos entregas anteriores de esta serie documentaron los hechos: el libro existe, está físicamente en manos de Acento, sus citas no admiten lectura alternativa. Esta tercera entrega no repite lo que ya se probó. Avanza hacia la pregunta que esos hechos habilitan: ¿qué vínculo hay entre la doctrina del padre y el programa del hijo?
La respuesta no requiere especulación. Está en los propios documentos.
El vocabulario
Manuel Cepeda Vargas llamaba a la transformación del Estado una “revolución”. Iván Cepeda Castro titula su programa “tres revoluciones para consolidar la potencia mundial de la vida”: revolución ética, revolución social y económica, revolución política y democrática. El sustantivo es el mismo. La carga doctrinaria también.
El padre escribía desde la Juventud Comunista que el cambio debía lograrse primero por la vía democrática –“la vía pacífica, la vía de la lucha democrática de las masas”– y que cuando esa vía se cerraba, la armada se abría. El hijo propone llegar por las urnas y, una vez adentro, activar lo que su programa llama “el poder constituyente”: una Asamblea Nacional Constituyente bajo “presión de la movilización social”, según el análisis que el exfiscal Néstor Humberto Martínez presentó públicamente tras revisar el documento.
La secuencia es la misma. Solo cambia el instrumento.
El método
El padre en 1964 defendía las “Repúblicas Independientes” comunistas que el senador Álvaro Gómez Hurtado había denunciado en el Congreso como territorios fuera de la institucionalidad. Las defendía en verso. Se burlaba de quienes las señalaban como amenaza.
Treinta y un años después, Álvaro Gómez Hurtado fue asesinado. Su crimen fue atribuido a las Farc.
El hijo en 2026 no defiende “Repúblicas Independientes”. Usa otro lenguaje: “territorios históricamente excluidos”, “paz territorial”, “poder popular”. Pero el diagnóstico estructural es el mismo: el Estado colombiano como problema, no como institución que proteger.
El candidato que se proclama hijo de las víctimas no puede señalar al gobierno que lo sostiene. Esa es la trampa estructural de la candidatura.
Manuel Cepeda Vargas le dedicó a Iván un libro en el que celebraba la guerrilla, homenajeaba a Marulanda y llamaba a la lucha armada. No es una acusación: es una dedicatoria con nombre propio, verificable, reproducible, que está en manos de quien quiera leerla.
Iván Cepeda Castro creció con ese libro. Construyó su carrera política sobre la figura de su padre como víctima del Estado. Ha hecho del dolor familiar el eje de su narrativa pública durante décadas. Ha invocado la memoria paterna en campaña, incluyendo en un discurso citado en la página oficial del Pacto Histórico, donde recordó que su padre nació en Barranquilla en abril de 1930.
No puede invocarse la herencia cuando conviene y pedirle al electorado que ignore el documento cuando incómoda. Esa es la doble vara que esta serie ha señalado desde la primera entrega.
Hay una línea que va de los versos de 1964 al programa de 2026. No es una línea de sangre —nadie elige a su padre—. Es una línea de doctrina: la idea de que el Estado colombiano debe refundarse desde adentro, que las instituciones son instrumentos y no fines, y que el poder popular organizado es el mecanismo legítimo para hacerlo.
El padre lo escribió en verso desde una celda, dedicándoselo a Tirofijo.
El hijo lo escribe en prosa en 433 páginas y lo llama programa de gobierno.
El 31 de mayo, Colombia decide si esa línea llega a la Casa de Nariño.