El mapa global de la muerte: por qué morimos donde morimos

Por Redacción Acento

El perfil colombiano se parece más al de un país de ingresos altos, con cardiopatía y cáncer al frente, pero con una huella latinoamericana inconfundible: los

El mapa global de la muerte: por qué morimos donde morimos

Una nueva visualización del Institute for Health Metrics and Evaluation revela que el ingreso de un país ya no solo determina cuánto vive su gente, sino de qué enferma y de qué muere. La transición epidemiológica del siglo XXI dibuja dos mundos distintos.


Cada día mueren 165.000 personas en el planeta. Sesenta millones al año. La pregunta sobre qué las mata dejó de ser un dato clínico para convertirse en un retrato político y económico del mundo.


Una nueva visualización publicada por Hannah Ritchie, Sophia Mersmann y Fiona Spooner en Our World in Data en abril de 2026 , construida sobre el Global Burden of Disease Study 2023 del Institute for Health Metrics and Evaluation (IHME), lo confirma con gran nitidez. 


El lugar donde alguien nace sigue determinando no solo cuánto tiempo vivirá, sino de qué se enfermará en el camino.


A escala global, las enfermedades no transmisibles concentran tres cuartas partes de las muertes; las cardiovasculares solo explican una de cada tres, y los cánceres casi una de cada cinco . Otro 14% corresponde a infecciones –respiratorias, malaria, tuberculosis, VIH–, 7% a lesiones y casi 4% a muertes maternas y neonatales . 


La cifra que más resalta al fondo del cuadro: 2,7% del total son recién nacidos, una proporción cuatro veces superior a la de todos los homicidios sumados.


La fractura aparece cuando se desagrega por ingreso. En los países de ingresos altos, las enfermedades no transmisibles causan cerca del 90% de los fallecimientos, con cardiopatías y cánceres concentrando casi el 60% . 


En los de ingresos bajos, en cambio, las no transmisibles solo explican el 43% del total; una de cada tres muertes proviene de enfermedades infecciosas como VIH, malaria, meningitis y tuberculosis, y una de cada diez es la de un recién nacido o una madre. 


La precisión de Ritchie es destacada: no es que los pobres mueran menos de enfermedades crónicas; ajustando por edad, mueren más . Mueren además de todo lo demás.


Es la transición epidemiológica dispar de la que habla la literatura sanitaria desde hace dos décadas, ahora documentada con detalle por país. Y Colombia se inserta en ella en una zona intermedia relevante. 


Según el DANE, en 2024 se registraron 273.772 defunciones en el país, y las enfermedades isquémicas del corazón concentraron el 17% del total, seguidas por las cerebrovasculares (6,2%), las respiratorias crónicas (6,1%) y los homicidios (5,1%). 


El perfil colombiano se parece más al de un país de ingresos altos –cardiopatía y cáncer al frente– pero con una huella latinoamericana inconfundible: los homicidios siguen siendo la segunda causa de muerte entre hombres, una anomalía que ningún país de la OCDE reproduce.


La salud pública del siglo XX se construyó contra los virus. La del siglo XXI se juega contra el sedentarismo, la dieta ultraprocesada, el azúcar, el tabaco residual y un sistema hospitalario diseñado para curar episodios, no para prevenir trayectorias. 


Mientras Colombia transita hacia el patrón de mortalidad de los países ricos, su gasto en salud, su cobertura primaria y su política nutricional aún operan con la lógica anterior. La consecuencia es previsible: los infartos y los cánceres llegan antes que la infraestructura para evitarlos.