El petrismo suma viejos aliados liberales mientras crecen fracturas, tensiones ideológicas y disputas internas rumbo al 31 de mayo.
El petrismo suma viejos aliados liberales mientras crecen fracturas, tensiones ideológicas y disputas internas rumbo al 31 de mayo.
La recta final hacia las presidenciales del 31 de mayo empezó a parecerse menos a una campaña tradicional y más a una intensa operación de reacomodo político, donde antiguos rivales, viejos caciques y liberales inconformes comenzaron a moverse alrededor de Iván Cepeda.
El último en entrar a escena fue el expresidente Ernesto Samper, quien anunció públicamente su respaldo al candidato del Pacto Histórico y dejó claro que, más allá de los nombres, la verdadera disputa electoral será entre continuidad de las reformas o retorno al modelo económico tradicional.
Samper representa una de las últimas expresiones del viejo liberalismo con capacidad de influencia regional, especialmente entre sectores políticos que nunca terminaron de sentirse cómodos bajo el control de César Gaviria dentro del Partido Liberal.
El exmandatario aseguró que comparte con Cepeda tres banderas fundamentales: profundizar las reformas sociales, fortalecer la integración regional y mantener la apuesta por la paz como eje central para enfrentar la crisis territorial y política del país.
Sin embargo, detrás del discurso programático también aparece un mensaje político más profundo. El petrismo sigue avanzando sobre sectores tradicionales del liberalismo y aprovechando las fracturas internas de una colectividad cada vez más dividida frente a las elecciones presidenciales.
Samper incluso elevó el tono ideológico al advertir que el país deberá escoger entre “profundizar el cambio” o regresar al “viejo modelo neoliberal”, una expresión que terminó convirtiéndose en el concepto dominante dentro de los recientes actos políticos de Cepeda.
Liberales rompen líneas
El episodio más simbólico ocurrió durante el acto donde un sector liberal decidió romper públicamente con la línea oficial de César Gaviria, quien ya había mostrado cercanía política con la candidatura de Paloma Valencia.
Aunque Cepeda evitó mencionar directamente al expresidente liberal, todo el evento estuvo atravesado por críticas al modelo económico impulsado desde los años noventa, precisamente durante el gobierno de Gaviria y la apertura económica.
“Vivimos en el caos del modelo neoliberal”, lanzó Cepeda frente a un auditorio repleto de dirigentes liberales, exfuncionarios y sectores progresistas que terminaron convirtiendo el encuentro en una especie de catarsis política contra el viejo establecimiento liberal.
El candidato presidencial insistió en que el neoliberalismo profundizó desigualdades, debilitó la solidaridad social y convirtió derechos básicos en mercancías. El discurso no solo buscó marcar distancia ideológica, sino también seducir sectores históricamente liberales inconformes con Gaviria.
La escena dejó imágenes políticamente poderosas. Exministros, excongresistas y figuras tradicionales del liberalismo aplaudieron un discurso del petrismo mientras cuestionaban indirectamente la conducción política de su antiguo partido.
Entre los asistentes apareció el exministro Juan Fernando Cristo, quien abandonó oficialmente el Partido Liberal para construir su movimiento En Marcha, pero que ahora terminó acercándose nuevamente al universo político de las reformas sociales.

Cristo incluso apeló a la memoria histórica liberal para justificar el respaldo a Cepeda. Preguntó públicamente por quién habrían votado líderes como Jorge Eliécer Gaitán, Luis Carlos Galán o Alfonso López Pumarejo en estas elecciones presidenciales.
La respuesta la dio él mismo: “Obviamente no” por Paloma Valencia ni Abelardo De la Espriella. El mensaje buscó instalar la idea de que el verdadero liberalismo histórico hoy estaría más cerca del petrismo que de la derecha tradicional.
Reacomodos políticos
El movimiento liberal hacia Cepeda también revela otro fenómeno. La campaña presidencial comenzó a entrar en una fase menos ideológica y mucho más pragmática, donde varios dirigentes buscan asegurar espacios políticos antes de una eventual segunda vuelta.
Por eso no pasó desapercibida la presencia del exfiscal Eduardo Montealegre, del exsenador Guillermo García Realpe y de sectores liberales regionales que hasta hace pocos meses mantenían posiciones más ambiguas frente al Gobierno.
García Realpe incluso pidió trabajar para que Cepeda gane “de una vez” en primera vuelta, aunque aprovechó el escenario para enviar un mensaje incómodo: exigir un compromiso frontal contra los casos de corrupción ocurridos durante el Gobierno Petro.
Ese detalle dejó ver otra tensión silenciosa dentro del petrismo. Mientras la campaña intenta consolidar una narrativa ética y reformista, algunos aliados empiezan a tomar distancia preventiva frente al desgaste político que atraviesa el Gobierno.
Las movidas también muestran que la derecha todavía enfrenta dificultades para consolidar una candidatura única. Mientras Valencia gana apoyos institucionales, De la Espriella continúa capturando voto emocional y antipolítico dentro del mismo espectro opositor.
Esa fragmentación beneficia parcialmente a Cepeda, que aprovecha el momento para ampliar alianzas hacia sectores liberales, sociales y progresistas, intentando construir la idea de un gran bloque democrático alrededor de las reformas y la gobernabilidad.
Sin embargo, el aterrizaje de figuras tradicionales como Samper también implica riesgos. Para algunos votantes jóvenes e independientes, esas adhesiones reviven precisamente las prácticas políticas que el petrismo prometió desmontar cuando llegó al poder.
La campaña entra así en una etapa donde cada respaldo suma votos, pero también contradicciones. Mientras Cepeda intenta mostrarse como heredero del cambio, empieza a rodearse de varios protagonistas del mismo establecimiento que durante años criticó.
En medio de esa mezcla entre renovación y vieja política, las presidenciales colombianas avanzan hacia un cierre marcado por alianzas inesperadas, fracturas liberales y una disputa donde el verdadero pulso parece estar menos en las plazas y más en los reacomodos silenciosos del poder.