20 años después: el aborto legal en Colombia sigue enfrentando las barreras de siempre

Por Redacción Acento

La sentencia C-355 marcó un punto de quiebre en una Colombia donde el aborto estaba completamente penalizado.

 20 años después: el aborto legal en Colombia sigue enfrentando las barreras de siempre

La sentencia C-355 marcó un punto de quiebre en una Colombia donde el aborto estaba completamente penalizado.



Mientras millones de colombianos celebran este fin de semana el Día de la Madre entre flores, almuerzos y reuniones familiares, otra fecha atraviesa silenciosamente la conversación nacional: se cumplen 20 años de la sentencia C-355 de 2006, el fallo de la Corte Constitucional que despenalizó el aborto bajo tres causales y transformó para siempre el debate sobre maternidad, autonomía y derechos reproductivos en Colombia.



Dos décadas después, el país es distinto. La interrupción voluntaria del embarazo dejó de ser un tema exclusivamente clandestino y pasó a ocupar un lugar central en la agenda jurídica, médica y política. Sin embargo, el aniversario llega acompañado de una paradoja incómoda: aunque el aborto es hoy un derecho reconocido por la Corte, su acceso continúa condicionado por desigualdades territoriales, barreras institucionales, prejuicios religiosos y fallas estructurales del sistema de salud.



La sentencia C-355 marcó un punto de quiebre en una Colombia donde el aborto estaba completamente penalizado. Hasta entonces, miles de mujeres interrumpían sus embarazos en condiciones clandestinas, muchas veces inseguras, exponiéndose a riesgos de salud, persecución penal y estigmatización social. El fallo abrió una excepción limitada: el aborto no sería castigado cuando estuviera en riesgo la vida o la salud de la mujer, cuando existiera inviabilidad fetal o cuando el embarazo fuera consecuencia de una violación.



Pero el verdadero cambio ocurrió años después. En 2022, la sentencia C-055 amplió el alcance del derecho y despenalizó el aborto hasta la semana 24 de gestación. Ese fallo no solo modificó el marco jurídico; también cambió el tono del debate público. La discusión dejó de centrarse exclusivamente en la moralidad del aborto y empezó a enfocarse en la autonomía reproductiva, la igualdad y la eficacia de la criminalización.



El movimiento Causa Justa fue determinante en ese giro. Su argumento principal apuntó a una contradicción histórica: el aborto era uno de los pocos delitos del Código Penal colombiano dirigido específicamente contra las mujeres. Además, la experiencia demostraba que la amenaza de cárcel no evitaba los abortos, sino que empujaba a las mujeres hacia procedimientos inseguros y clandestinos.



Sin embargo, veinte años después de la C-355, Colombia todavía no logra garantizar el derecho de manera uniforme. El problema ya no es únicamente legal; es profundamente social y territorial.



Uno de los mayores vacíos sigue siendo la falta de información oficial confiable. El Ministerio de Salud aún no cuenta con un sistema estadístico consolidado que permita conocer cuántas mujeres han accedido realmente a la interrupción voluntaria del embarazo desde la despenalización. Las cifras existentes provienen principalmente de organizaciones privadas y colectivos de acompañamiento.



Profamilia reportó más de 213.000 procedimientos entre 2022 y 2026, mientras que Oriéntame registró más de 26.000 entre 2022 y 2024. Pero esas cifras son apenas fragmentos de una realidad más amplia y difícil de medir. La ausencia de datos oficiales impide diseñar políticas públicas más eficaces para reducir la mortalidad materna y combatir los abortos inseguros.



La Encuesta Nacional de Demografía y Salud reveló además otra señal preocupante: aunque la mayoría de las mujeres que solicitaron una IVE accedieron al servicio, el 16,5% quedó por fuera del sistema y una de cada cuatro no recibió información clara sobre sus opciones. Detrás de esos números aparecen las mismas barreras que históricamente han marcado el acceso a la salud en Colombia: demoras, remisiones interminables, falta de medicamentos y ausencia de convenios entre EPS e IPS.



A ello se suma un componente específico relacionado con la salud sexual y reproductiva. Organizaciones defensoras de derechos de las mujeres continúan denunciando objeciones de conciencia utilizadas de manera irregular, sobremedicación en procedimientos farmacológicos y múltiples formas de violencia obstétrica. En muchos casos, el personal médico sigue tratando el aborto como una falta moral y no como un servicio de salud garantizado por la Corte Constitucional.



Las desigualdades también tienen geografía. Las mujeres jóvenes, urbanas y con mayor nivel educativo acceden con más facilidad al servicio, mientras que las habitantes de zonas rurales o regiones afectadas por el conflicto enfrentan obstáculos mucho más severos. En departamentos como Cauca, Chocó, Putumayo o La Guajira, la precariedad institucional se mezcla con el control territorial de actores armados y con el peso de tradiciones culturales profundamente conservadoras.



El caso de una niña Embera Chamí de 12 años, obligada a continuar un embarazo en 2022 pese a la solicitud de su madre de interrumpirlo, mostró con crudeza cómo las barreras culturales y administrativas pueden imponerse incluso sobre los derechos reconocidos judicialmente. La Corte Constitucional tuvo que intervenir nuevamente en 2025 para reiterar que las mujeres indígenas también tienen plena autonomía reproductiva y que ninguna autoridad comunitaria puede decidir sobre sus cuerpos.



Aunque el aborto dejó de ser completamente ilegal, la criminalización tampoco desapareció. El delito sigue vigente después de la semana 24 fuera de las causales permitidas y aún existen investigaciones penales abiertas. Para sectores feministas, esa permanencia simbólica del delito refleja que el Estado todavía no reconoce plenamente la libertad reproductiva de las mujeres.



En paralelo, el debate político continúa polarizado. Sectores conservadores y religiosos mantienen campañas para reversar la sentencia C-055, mientras organizaciones feministas defienden que el aborto legal no obliga a nadie a interrumpir un embarazo, sino que garantiza que quien decida hacerlo pueda acceder al servicio de manera segura y digna.



Quizá la principal conclusión de estos veinte años sea que Colombia avanzó más rápido en los tribunales que en la sociedad. La Corte Constitucional abrió el camino jurídico, pero el país aún no logra cerrar las brechas sociales, culturales e institucionales que condicionan el acceso al derecho.



La discusión sobre el aborto ya no gira únicamente alrededor de quién puede ser madre. La pregunta de fondo, veinte años después de la C-355, es si las mujeres pueden decidir libremente cuándo no serlo.