La imagen favorable del presidente Petro se sostiene cerca del 47%, mientras las crisis estructurales se acumulan y el candidato del oficialismo lidera las encu
A pocos días de la primera vuelta presidencial, una pregunta atraviesa las conversaciones de empresarios, dirigentes regionales, periodistas y académicos. Algunos la formulan en privado. Otros, con la franqueza incómoda de quien acepta lo evidente: “No nos ha ido tan mal”. “No todo está tan mal como esperábamos”. La frase, repetida en almuerzos y reuniones de junta, convive con una radiografía que parece de otra década.
Las crisis están en marcha, todas a la vez. Energía costosa. Crisis de Ecopetrol. Sistema de salud quebrado y con cifras de mortalidad que retroceden más de quince años.
Corrupción en cabezas de fichas del gobierno. Orden público fracturado por el avance de disidencias armadas. Sistema pensional erosionado. Inflación que no cede al ritmo prometido. Consumo desacelerado. Persecución a medios y opositores. Crisis institucional con choque permanente entre Ejecutivo, Cortes y Congreso. Desplazamiento forzado en niveles que recuerdan a finales de los noventa. Masacres mensuales. Es la fotografía de la Colombia de hace tres décadas, esa que Acento ya documentó en su edición ‘Volver al pasado’.
Y sin embargo, la imagen favorable del presidente Gustavo Petro se mantiene cerca del 47%, según las últimas mediciones de Invamer, CNC y Guarumo. Su candidato, Iván Cepeda, supera el 38% de intención de voto en primera vuelta y conserva el piso disciplinado del 35% que la izquierda colombiana ha tenido durante toda la administración.
Algunos analistas llaman a esto “capital moral acumulado”. Otros lo nombran con menos elegancia: “el pueblo lo valora”.
¿Cómo se explica que una porción significativa del electorado respalde a quien preside el deterioro que padece? ¿Cómo se explica el apoyo a un candidato cuya afinidad ideológica con grupos armados al margen de la ley está documentada, cuyo proyecto político —la Paz Total— ha fortalecido militarmente a esos mismos grupos? ¿Cómo se explica que el mismo país que repudia la corrupción en encuestas la tolere, la normalice e incluso la célebre en privado cuando viene del bando propio?
Hay una hipótesis que circula con cautela en círculos profesionales y que vale la pena enunciar sin eufemismo: una parte de Colombia se enamoró de su victimario. El fenómeno tiene nombre clínico. Se llama síndrome de Estocolmo, y describe el vínculo afectivo que la víctima desarrolla con quien la somete. La cultura traqueta de los noventa fue su antecedente. La glorificación de Escobar como héroe popular fue su laboratorio. La normalización en privado de lo que se rechaza en público es su síntoma actual.
Tres décadas después de los cárteles y del narcoterrorismo, la pregunta no es si Colombia castigará al victimario en las urnas. La pregunta es si lo elegirá.
Una sociedad sana distingue entre el dolor que se padece y el responsable que se elige. Una sociedad enferma confunde a quien la golpea con quien la protege. El 31 de mayo, los colombianos no votarán solo por un candidato. Votarán por el modo en que reaccionan ante el daño. Lo que está en juego no es la izquierda o la derecha. Es el reflejo. El reflejo que decide si una agresión se llama agresión, o si se llama “capital moral acumulado”.