Cada elección colombiana repite el mismo guion. Tres candidatos del mismo bando se miran de reojo durante meses, juran que sumarán al final, gastan recursos en
Cada elección colombiana repite el mismo guion. Tres candidatos del mismo bando se miran de reojo durante meses, juran que sumarán al final, gastan recursos en derrotarse entre sí, y descubren —veintiún días antes de la urna— que la matemática nunca fue su aliada. La oposición a Iván Cepeda vuelve a estar en ese punto. Y como en 2018, como en 2022, el voto útil llega cuando ya casi no hay tiempo de ser útil.
Los números son los que son. Iván Cepeda se mueve entre 35 % y 40 %, una franja en la que un candidato ni gana en primera vuelta ni se desploma. Abelardo de la Espriella subió de 22 a más de 30 puntos en algunos trackings y le respira en la nuca. Paloma Valencia oscila entre 18 % y 22 %, con tendencia descendente desde que el efecto Oviedo dejó de cotizar en titulares. Esa es la fotografía. El problema no es la fotografía: es el guion que viene después.
En política, una ventaja de cinco puntos a tres semanas del cierre no se cierra con voluntarismo. Se cierra con tres condiciones que rara vez ocurren simultáneamente: un error grave del rival, una maquinaria de movilización que el tercero no tenga, y un trasvase de votos que solo se produce cuando el electorado percibe que su candidato preferido ya no puede ganar. Las dos primeras dependen del azar. La tercera depende de una palabra incómoda en el vocabulario político colombiano: realismo.
El realismo, sin embargo, llega tarde por diseño. Ningún candidato declara su derrota antes de la urna. Ninguna campaña permite que sus votantes asuman que perdieron.
Ningún jefe político —y menos uno con la estatura de Álvaro Uribe— quiere firmar el certificado de defunción anticipado de su propia ficha. El resultado es un equilibrio perverso: todos saben qué debería pasar, nadie está dispuesto a pagar el costo de decirlo primero. Mientras tanto, el reloj corre a favor del único candidato que no necesita aliarse con más nadie. Ya tiene el aparato estatal.
La región Caribe ilustra el problema mejor que cualquier promedio nacional. Varias mediciones muestran que Cepeda gana en Barranquilla con holgura. Sin embargo, según firmas de sondeo consultadas, De La Espriella le ha recortado distancia hasta ponerlo en la zona de competencia real. Valencia, en esa misma región, va tercera y a distancia considerable. Si los números del Caribe no cambian, el segundo puesto está prácticamente definido. Y si está definido, la pregunta deja de ser quién pasa: pasa a ser con cuántos votos pasa, porque esa cifra determina la posición de partida para una segunda vuelta donde Cepeda llegará respaldado por la maquinaria del Pacto Histórico, los movimientos sociales y la totalidad del aparato estatal que aún controla el petrismo.
Aquí está el punto que el cálculo cortoplacista no termina de ver: para los sectores que quieren derrotar al comunismo, el resultado del 31 de mayo no es un fin, sino un punto de partida. Un segundo puesto con 28 % no es lo mismo que un segundo puesto con 34 %. La diferencia entre esas dos cifras es, en términos reales, la diferencia entre llegar a la segunda vuelta como aspirante con opciones o como contendiente con momentum. Las campañas que entienden esa distinción tarde suelen perder dos veces: primero la primera vuelta y después la segunda.
La segunda vuelta colombiana, además, no funciona como suma simple de bloques.
Funciona como una elección nueva, con un electorado que reordena prioridades en cuatro semanas y donde el factor decisivo casi nunca son los votos heredados, sino la percepción de quién luce con más posibilidades reales de ganar. En 2018, Iván Duque consolidó esa percepción desde el primer minuto de la segunda vuelta. En 2022, Petro la construyó con disciplina narrativa frente a la improvisación y el
auto saboteo de Rodolfo Hernández. La pregunta para este año no es si De La Espriella o Valencia heredan votos antipetristas. La pregunta es cuál de los dos tiene el fervor, el tono y la disciplina para construir esa percepción de inevitabilidad ganadora durante las cuatro semanas que separan la primera vuelta de la segunda.
Hay una variable adicional que el debate público suele subestimar: la abstención del electorado opositor decepcionado. Si quienes votaron en consulta por una candidatura específica perciben que su voto se diluyó en una transacción de última hora —sin haber sido consultados, sin haber procesado el duelo de la derrota—, no necesariamente migran al candidato que sobrevive. A veces se quedan en casa. Y la abstención, en una segunda vuelta cerrada, es la forma más sofisticada de ayudar al rival.
La oposición colombiana enfrenta entonces un dilema clásico de coordinación. Cada candidato actúa racionalmente desde su perspectiva individual: ninguno quiere bajarse, ninguno quiere ceder, todos esperan que el otro haga el sacrificio. El problema es que el equilibrio agregado de esa racionalidad individual produce el peor resultado colectivo posible. Los teóricos de juegos lo llaman dilema del prisionero. Los electores colombianos lo llaman, simplemente, perder.