Vencerás, Marquetalia: el verso que hoy es programa de gobierno de Iván Cepeda Castro y reedita la doctrina que parió a la guerrilla más sanguinaria de América,
Vencerás, Marquetalia: el verso que hoy es programa de gobierno de Iván Cepeda Castro y reedita la doctrina que parió a la guerrilla más sanguinaria de América, el cáncer de Colombia.
En 1964, mientras Tirofijo todavía se hacía llamar simplemente Manuel Marulanda Vélez, un poeta secretario del Partido Comunista publicaba un folletín de versos. Se titulaba Vencerás, Marquetalia. Su autor era Manuel Cepeda Vargas.
En el centro del cuadernillo, entre poemas a la esposa, al hijo y a Tirofijo, dormía el manifiesto fundacional de lo que tres años después se llamaría las Farc. Ese hijo al que el padre dedicaba estrofas se llamaba Iván.
Sesenta y dos años más tarde, ese niño es el candidato presidencial favorito de la izquierda radical colombiana. El dato no es decorativo. Es la columna vertebral de una historia que Colombia no ha terminado de entender.
Marquetalia no es un pueblo; es una finca al sur del Tolima donde el bloque sur de las autodefensas comunistas instaló, a comienzos de los años sesenta, su centro de formación.
De allí surge el mito fundacional. De allí salen, como reguero, todas las marcas posteriores: la guerra, el secuestro, la negociación de 2016, y la disidencia que el propio Iván Márquez bautizó Segunda Marquetalia o Nueva Marquetalia cuando volvió a las armas. Un nombre que no se elige al azar. Un nombre que se hereda.
El exsenador, historiador y analista político José Obdulio Gaviria lo sostiene con archivos en la mano: la correspondencia de Marulanda entre 1993 y 1998, hoy reconocida por la propia senadora Sandra Ramírez, registra tres obsesiones criminales del jefe guerrillero. Asesinar a Álvaro Gómez Hurtado. Asesinar a Julio César Turbay. Asesinar al gobernador de Antioquia, Álvaro Uribe Vélez. Las dos primeras se cumplieron. La tercera, no, pese a más de sesenta intentos.
El magnicidio de Miguel Uribe Turbay, en junio de 2025, completó simbólicamente las tres muertes pendientes del libreto. En el cuerpo del nieto cayó también el abuelo. La investigación de la Fiscalía, acompañada por agencias inglesas y norteamericanas, atribuye el crimen a la Nueva Marquetalia.
Una pieza decisiva la entregó alias Gabriela: la misma semana que entregó el arma usada contra Uribe Turbay, entregó la bomba lapa con la que se intentó matar a Gabriel Ángel, escritor de las antiguas Farc y hoy crítico de Iván Márquez. Dos órdenes, una semana, un mismo determinador.
En esa cadena, Iván Cepeda no es una rueda suelta. Es —en palabras de Gaviria— el operador civil del acuerdo de paz redactado, no por Humberto de la Calle, sino por el español Enrique Santiago, Álvaro Leyva y el propio Cepeda. Es el firmante de la carta de 2018 a Iván Márquez, esa “tan melosa” que le pedía no abandonar “la revolución”.
Es el heredero político del mito y, según el plan del Foro de São Paulo, el encargado de cerrar el ciclo: llegar al poder por las urnas y, una vez dentro, refundar el Estado por la vía de la constituyente. Compra estatal de toda la producción campesina. Salud sin intervención del sector privado. Separación de poderes erosionada. La hoja de ruta está escrita en su programa de gobierno, si alguien duda de lo anterior.
Por eso, la doctrina Marquetalia avanza también sobre los rivales vivos. Paloma Valencia y Abelardo De La Espriella, hoy empatados en la disputa por entrar a segunda vuelta —20% y 19,9% según Guarumo; 27% y 20% según Atlas Intel— se convierten en piezas a neutralizar discursivamente.
A Álvaro Uribe se le ataca con “lawfare”: juicios, persecución, intento de inhabilitación moral. Es la misma lógica que en el siglo XX descabezaba al adversario con plomo; en el siglo XXI lo descabeza con expedientes, rumores y narrativa de odio.
El 31 de mayo, Colombia no vota solo entre tres candidatos. Vota entre dos relatos: el de quienes creen que la institucionalidad se construye, y el de quienes creen, desde 1959, que la institucionalidad se destruye para fundar otra cosa.
Iván Cepeda no es un improvisado de la izquierda colombiana: es el alumno más aventajado de la doctrina que su padre escribió en verso y que Marulanda firmó con sangre. Es el ejecutor civil de un libreto que ya no necesita fusiles porque aprendió, en el Foro de São Paulo, que las urnas son más eficientes que la guerra.
Llegan votando, redactan una constituyente, capturan la justicia, asfixian la economía y, cuando el ciudadano despierta, ya no hay con qué votarlos. Venezuela, Nicaragua, Bolivia y Cuba no son advertencias hipotéticas: son el mismo manual, en cuatro versiones, con el mismo final —el imperio del hambre administrado por emperadores absolutistas que nunca más entregan el poder.
La lectura de Acento
Marquetalia no es geografía. Es método. El folletín de poemas de 1964 y la bala que mató a Miguel Uribe Turbay en 2025 son la misma frase, escrita con sesenta y un años de diferencia. Quien no entienda esa continuidad votará a ciegas un domingo de mayo, y despertará el lunes en otro país.