Más allá de quién gane todo indica que la gobernabilidad dependerá de alianzas fragmentadas, sujetas a negociación permanente.
Más allá de quién gane todo indica que la gobernabilidad dependerá de alianzas fragmentadas, sujetas a negociación permanente.
El 19 de junio de 2022, cuando Gustavo Petro celebraba su victoria junto a Francia Márquez, pocos anticipaban que, en cuestión de semanas, lograría un segundo triunfo político: consolidar una de las mayores coaliciones legislativas de la historia reciente. Sin embargo, esa experiencia también dejó una lección que hoy marca el debate electoral: el próximo presidente difícilmente llegará con una mayoría sólida y sostenida en el Congreso.
El arranque del actual gobierno fue atípico. A la alianza oficialista se sumaron partidos tradicionales como el Liberal, el Conservador y La U, mientras Cambio Radical optó por la independencia y el Centro Democrático se mantuvo como oposición. Esa convergencia, que superó el 80% del Congreso, permitió aprobar rápidamente reformas clave como la tributaria y el Plan Nacional de Desarrollo. Fue, en términos políticos, un periodo de alta gobernabilidad.
Pero esa fortaleza resultó efímera. Las diferencias ideológicas, especialmente frente a las reformas sociales, en particular la de salud, fracturaron la coalición. Un año después, el propio Petro reconoció el fin de ese bloque inicial. Desde entonces, el Gobierno ha operado con mayorías inestables, especialmente en el Senado, donde rara vez superó los 60 votos. La Cámara, aunque más favorable, tampoco garantizó una mayoría absoluta constante.
Ese antecedente es clave para entender el panorama que enfrentará el próximo mandatario. Más allá de quién gane —Iván Cepeda, Paloma Valencia o Abelardo de la Espriella—, todo indica que la gobernabilidad dependerá de alianzas fragmentadas, sujetas a negociación permanente.
En un eventual gobierno de Iván Cepeda, el Pacto Histórico sería el eje de la coalición, acompañado por sectores verdes, movimientos alternativos y representantes de curules de paz e indígenas. Sin embargo, la clave estaría en los partidos tradicionales. El Liberal y La U podrían inclinar la balanza, pero hoy atraviesan divisiones internas que dificultan prever un respaldo unificado. En ese escenario, la independencia “colaborativa” sería más probable que una adhesión plena.
La oposición a Cepeda, en contraste, aparece más cohesionada. El Centro Democrático, el Partido Conservador y Cambio Radical ya perfilan una postura contraria, lo que anticipa un Congreso polarizado. Esa combinación, de coalición fragmentada y oposición sólida, limitaría el margen de maniobra del Ejecutivo.
El panorama no sería muy distinto para Paloma Valencia. Aunque contaría con el respaldo de su partido, el Centro Democrático, y sumaría apoyos del conservatismo, La U y otros sectores de derecha, tampoco alcanzaría una mayoría absoluta. De nuevo, el papel de los liberales sería determinante, pero incierto. Cambio Radical podría optar por la independencia, manteniendo una relación de apoyo condicionado.
En ese escenario, la oposición estaría liderada por el Pacto Histórico y alternativas, replicando, en sentido inverso, la dinámica actual. Es decir, ningún bloque tendría control pleno, y la negociación política sería el eje de la gestión legislativa.

Para Abelardo de la Espriella, el mapa sería similar, aunque con un matiz: Cambio Radical podría integrarse a su coalición, fortaleciendo su base. Aun así, el equilibrio seguiría siendo frágil, con una oposición significativa y sin mayorías garantizadas.
El denominador común en todos los escenarios es claro: la fragmentación. A diferencia de 2022, cuando Petro logró articular una alianza amplia en el arranque, el próximo presidente enfrentaría un Congreso más dividido y menos dispuesto a acuerdos estructurales. Las lealtades partidistas son hoy más volátiles, y los incentivos políticos, especialmente en un contexto preelectoral, dificultan compromisos de largo plazo.
Además, la experiencia reciente ha dejado cautela entre los partidos. Muchos de los que inicialmente respaldaron al actual gobierno terminaron marcando distancia, lo que podría traducirse en una mayor prudencia a la hora de integrarse a nuevas coaliciones. El costo político de alinearse sin garantías de estabilidad ha quedado en evidencia.
Como advirtió el exministro Sabas Pretelt de la Vega, la política es dinámica y las coaliciones se terminan de definir con el Congreso ya instalado. Esa flexibilidad, sin embargo, también implica incertidumbre: las mayorías no solo se construyen, sino que deben sostenerse día a día.
En consecuencia, el reto del próximo gobierno no será solo ganar la presidencia, sino construir gobernabilidad en un entorno adverso. Más que grandes coaliciones, el futuro inmediato apunta a acuerdos parciales, negociaciones constantes y una agenda legislativa condicionada por equilibrios inestables. En ese escenario, la capacidad de diálogo y articulación será tan decisiva como el resultado electoral mismo.