Colombia y la trampa del síntoma

Por Redacción Acento

La herencia de Pablo Escobar no está en la Hacienda Nápoles ni en los hipopótamos en el Magdalena Medio, está en las cifras criminales del narcotráfico.

Colombia y la trampa del síntoma

La herencia de Pablo Escobar no está en la Hacienda Nápoles ni en los hipopótamos en el Magdalena Medio, está en las cifras criminales del narcotráfico.

Colombia lleva más de tres décadas atendiendo las consecuencias del problema y aplazando su causa. El más reciente episodio de esa lógica tiene cuatro patas, pesa dos toneladas y nada en el Magdalena Medio: los hipopótamos de Pablo Escobar.


El Gobierno anunció un plan de choque que incluye la eutanasia de 80 ejemplares —a un costo de 7.200 millones de pesos— y la posible extradición de los restantes a África. 


La medida es técnicamente razonable. Los animales son una especie invasora que amenaza el ecosistema nativo, pero el costo real de esta operación está en lo que revela sobre la manera en que Colombia gobierna sus problemas estructurales.


Porque mientras el Estado destina recursos, tiempo y capital político a resolver el legado zoológico de Escobar, los datos sobre el legado del narco en el país son contundentes: 300.000 hectáreas de coca activas, 14 zonas de guerra con presencia de grupos armados, más de 27.000 integrantes entre combatientes y milicias, 35 masacres en el primer trimestre de 2026 con 133 víctimas, y un ataque con drones ilegales cada 43 horas. La herencia de Pablo Escobar no está en Hacienda Nápoles. Está en esas cifras.


El problema no es que el Gobierno intervenga los hipopótamos. El problema es la proporción entre la urgencia con que se actúa sobre los síntomas visibles y la lentitud con que se enfrenta la raíz. Colombia tiene una historia documentada de confundir gestión con solución: erradica cultivos sin sustituir economías, captura capos sin desmantelar estructuras, promete “paz total” sin construir institucionalidad en los territorios donde el Estado nunca llegó.


Los grupos criminales, como los hipopótamos, no llegaron solos. Los trajeron décadas de ausencia estatal, corrupción enquistada y una cultura política que premia el discurso sobre la ejecución. Y como los hipopótamos, se reproducen a una velocidad que supera la capacidad de respuesta del Estado.


La pregunta que Colombia debería hacerse en este año electoral no es cómo se va a eutanasiar a los animales de Escobar. Es por qué, 33 años después de su muerte, el país sigue administrando su herencia en lugar de liquidarla.


Cualquier candidato que llegue a la Casa de Nariño en agosto de 2026 heredará esta ecuación: síntomas gestionados, causas intactas. El elector que vota con criterio debería exigir no promesas de campaña, sino hojas de ruta verificables. Colombia no necesita más frases. Necesita más ejecución.