Apenas a unas semanas de la primera vuelta presidencial, la política colombiana entra en su tramo más decisivo con una pregunta de fondo: ¿los partidos tradicio
Partidos tradicionales ya no deciden, pero siguen siendo clave electoralmente.
Apenas a unas semanas de la primera vuelta presidencial, la política colombiana entra en su tramo más decisivo con una pregunta de fondo: ¿los partidos tradicionales siguen siendo determinantes o su respaldo es apenas un complemento en campañas cada vez más personalistas? La respuesta, a juzgar por los movimientos recientes, es menos categórica de lo que fue en el pasado: ya no definen por sí solos una elección, pero sí pueden inclinar la balanza en escenarios cerrados.
El punto de partida de este ajedrez político se remonta al 8 de marzo, cuando la elección del nuevo Congreso y las consultas internas perfilaron a los principales aspirantes. Desde entonces, más que irrupciones sorpresivas, lo que se ha visto es una recomposición de fuerzas donde los respaldos se negocian con cautela, especialmente tras la pausa de Semana Santa.
El primer movimiento relevante vino desde la izquierda. Iván Cepeda consolidó el apoyo de Clara López Obregón, una adhesión previsible pero de impacto limitado en términos electorales. Más que sumar votos nuevos, este tipo de alianzas refuerza la cohesión interna de un sector que, en buena medida, ya está alineado. El verdadero desafío para Cepeda no está en su base, sino en replicar la coalición amplia que llevó a Gustavo Petro al poder en 2022, incorporando sectores liberales, de La U e incluso conservadores.
Ahí es donde entran los partidos tradicionales. Como advierte el analista Fernando Estrada, su rol ha cambiado: ya no “ponen presidente”, pero sí pueden ser decisivos al acompañar candidaturas competitivas. En otras palabras, dejaron de ser dueños del electorado, pero conservan estructuras, liderazgos regionales y maquinarias que, bien orientadas, suman.
El Partido Liberal es hoy el mejor ejemplo de esa transición. Sin candidato propio, se debate entre respaldar a Cepeda o a Paloma Valencia. La división interna refleja una tensión más amplia: pragmatismo electoral frente a identidad política. Mientras un sector —especialmente en Cámara— ve viable una alianza con el Pacto Histórico, la mayoría parece inclinarse hacia Valencia, en una apuesta por la centro derecha. El hecho de que figuras como Simón Gaviria exploren diálogos con Cepeda evidencia que el partido juega a varias bandas, intentando maximizar su influencia sin comprometerse prematuramente.
En contraste, el Partido Conservador muestra una postura mucho más definida. Su negativa a apoyar a Cepeda no solo es política, sino disciplinaria: incluso se habla de sanciones para quienes rompan la línea oficial. Esto reduce la incertidumbre y fortalece a Paloma Valencia, quien aparece como la principal beneficiaria de ese bloque. La posible alianza entre conservadores y Valencia, gestada desde hace años, apunta a consolidar un frente de derecha con mayor coherencia ideológica.
El Partido de La U, por su parte, ilustra la fragmentación interna que caracteriza a las colectividades tradicionales. Aunque oficialmente descarta a Cepeda, aún no define un respaldo único. Además, permite disidencias como las de Antonio José Correa o Alfredo de Luque, lo que evidencia que la disciplina partidista es cada vez más flexible. Esta ambigüedad reduce su peso como actor unificado, pero mantiene su relevancia como bolsa de votos dispersos.

En ese escenario, la figura de Abelardo De La Espriella introduce una variable disruptiva. Su rechazo explícito a los partidos tradicionales le permite capitalizar el discurso antipolítica, pero al mismo tiempo le cierra la puerta a estructuras que podrían ser clave en una segunda vuelta. Es una apuesta de alto riesgo: depender casi exclusivamente del voto de opinión en un sistema donde las maquinarias aún cuentan.
Otros partidos como Cambio Radical, la Alianza Verde y los movimientos cristianos completan el mapa. Cambio Radical parece alinearse con la derecha, con una inclinación mayoritaria hacia Valencia. Los verdes, en cambio, optan por la libertad interna, lo que anticipa una división en primera vuelta y una posible reunificación en segunda, probablemente en torno a Cepeda. Los partidos cristianos, fieles a su tradición, se reservan para el balotaje, donde su apoyo puede ser más estratégico que simbólico.
En conjunto, el panorama muestra que los partidos tradicionales ya no son el eje exclusivo de la competencia, pero tampoco son irrelevantes. Su poder radica menos en la imposición y más en la capacidad de sumar, dividir o inclinar apoyos en momentos clave.
Así, la respuesta a la pregunta inicial no es binaria. Los partidos tradicionales ni suman automáticamente ni restan por sí solos. Su efecto depende del contexto, del candidato y del momento. En una elección fragmentada, como la actual, pueden no definir quién gana en primera vuelta, pero sí quién llega —y con qué fuerza— a la segunda. Y en ese terreno, todavía juegan.