El candidato que no debate

Por Redacción Acento

Los votos se pueden ganar en la primera vuelta con silencio estratégico, pero gobernar requiere otra clase de legitimidad.

El candidato que no debate

Los votos se pueden ganar en la primera vuelta con silencio estratégico, pero gobernar requiere otra clase de legitimidad.


Iván Cepeda llega a las últimas semanas de la campaña presidencial más cómodo en el Senado que frente a un micrófono adversarial. El candidato del Pacto Histórico ha tomado una decisión que lo define tanto como cualquier propuesta de gobierno: no va a los debates.


No es un capricho ni una omisión. Es una estrategia deliberada. Los propios asesores de campaña recomendaron evitar los escenarios de confrontación directa. Cepeda lo ha justificado con un argumento que suena a doctrina: ciertos medios operan como “tribunales mediáticos” que priorizan el espectáculo sobre el análisis. 


Prefiere, dice, los foros académicos, los recorridos territoriales, los escenarios donde los argumentos “pesan más”. Lo que no dice es que esos escenarios también son, sin excepción, espacios donde él controla el ritmo, el tono y la salida.


El resultado ha sido una paradoja incómoda para la democracia colombiana. La plenaria del Senado —una institución diseñada para legislar, no para hacer campaña— se ha convertido en el único ring donde Cepeda y Paloma Valencia se cruzan. 


Ante el ausentismo del puntero, los otros once candidatos inscritos ante la Registraduría han quedado prácticamente fuera del debate público. 


Abelardo De La Espriella, segundo o tercero según la medición, ha dicho sin rodeos que sin Cepeda no tiene sentido asistir. El efecto dominó es total: la campaña presidencial más importante desde 2010 se está decidiendo sin un solo debate televisado de fondo.


La ironía tiene historia propia. El presidente Gustavo Petro —cuya candidatura Cepeda representa en buena medida— dijo en 2010 que había que tenerle miedo a un candidato incapaz de ir a un debate, porque eso era una señal de autoritarismo. 


El Pacto Histórico incluso radicó proyectos de ley para hacer obligatoria la asistencia. Katherine Miranda, de la Alianza Verde, desempolvó esa frase con precisión esta semana. Nadie del oficialismo respondió.


El talón de Aquiles


A todo esto se suma la pregunta que varios periodistas han querido hacer en voz alta y que el candidato ha respondido con comunicados en lugar de comparecencias. Cepeda tuvo cáncer de colon en 2018 y una lesión cancerígena en el hígado detectada en 2021. 


Ambos episodios son conocidos porque él mismo los hizo públicos. En enero de este año debió salir a desmentir rumores sobre un supuesto retiro de campaña por deterioro de salud. 


En marzo, tras una discusión en Blu Radio donde el periodista Néstor Morales dijo que el tema debería ser parte del debate político. Cepeda respondió con un comunicado que defiende su privacidad, pero no presenta ninguna certificación médica independiente.


Para un cargo que exige cuatro años de ejercicio ininterrumpido del poder ejecutivo, esa brecha entre el relato y la evidencia no es un asunto menor.


El periodista Felipe López Caballero, en su regreso a la firma con un artículo en la revista Cambio, lo condensó en una frase que circuló sin necesidad de presentación: Cepeda “aparece poco en los medios, no va a debates, y su programa de gobierno en el fondo no dice nada concreto”. 


Cepeda lo rechazó como un ataque, pero rechazar no es refutar.


La lectura de Acento


Liderar las encuestas es un activo político formidable. Administrarlo desde el refugio del Senado, sin someterse al escrutinio abierto que exige la aspiración presidencial, es una apuesta que el elector informado tiene derecho a evaluar. Los votos se pueden ganar en la primera vuelta con silencio estratégico. Pero gobernar requiere otra clase de legitimidad.