La llegada de Daniel Briceño al Congreso, con más de 265.000 votos, reabre el debate sobre si en Colombia es posible hacer política sin maquinarias tradicionale
El nuevo representante llega al Congreso con una alta votación proponiendo control político y cuestionando la “Paz Total” del gobierno de Petro.
La llegada de Daniel Briceño al Congreso, con más de 265.000 votos, reabre el debate sobre si en Colombia es posible hacer política sin maquinarias tradicionales. Su elección, una de las más altas en la historia legislativa reciente, se convierte en un caso de estudio sobre el alcance del voto de opinión en un sistema que, según él mismo denuncia, sigue dominado por estructuras clientelistas.
El nuevo representante, reconocido por su postura crítica frente al gobierno de Gustavo Petro, conversó con Acento y plantea una tesis clara: la política en Colombia no necesita necesariamente grandes recursos ni aparatos burocráticos para ser efectiva, sino confianza ciudadana y transparencia. En su caso, asegura haber gastado cerca de 400 millones de pesos, muy por debajo de los topes permitidos, y haber reportado en tiempo real cada gasto de campaña.
Su narrativa contrasta con la de figuras como Roy Barreras o Daniel Quintero, a quienes señala como ejemplos de un modelo político que, a su juicio, convierte las elecciones en un negocio financiado con recursos públicos.
¿Reforma política o cambio cultural?
Uno de los ejes centrales del análisis que plantea Briceño es la discusión sobre la reforma política. Aunque el debate público ha girado en torno a mecanismos como las listas cerradas, el congresista sostiene que el problema no es normativo, sino cultural.
Según su visión, incluso con nuevas reglas, las prácticas clientelistas se reproducen. Ejemplos como la movilización de clanes políticos dentro de listas cerradas evidenciarían que las estructuras tradicionales se adaptan fácilmente a cualquier reforma. Por eso, insiste en que la verdadera transformación depende del comportamiento del electorado.
El argumento no es menor: en un sistema donde los “políticos de estructura” tienen garantizada su reelección mediante contratos y burocracia, el voto de opinión se vuelve más exigente. A diferencia de las maquinarias, dice Briceño, quien no cumple pierde respaldo en la siguiente elección. Este contraste redefine la relación entre ciudadanía y representación política.

Control político como bandera
En cuanto a su rol en el Congreso, Briceño plantea tres líneas de acción: veeduría, control político y propuestas legislativas. La primera apunta a mantener su perfil como denunciante de posibles casos de corrupción, incluso dentro de su propio partido. La segunda, a ejercer vigilancia permanente sobre el Ejecutivo, independientemente de quién gobierne.
Esta distinción entre control y oposición es clave en su discurso. Mientras la oposición responde a una lógica partidista, explica que el control debe ser transversal y constante. En un contexto de polarización política, esta postura intenta posicionarse como una alternativa frente a los bloques tradicionales.
El tercer eje, el propositivo, incluye iniciativas en educación, contratación estatal y austeridad. Entre ellas, destaca su interés en reformar la Ley 80 de 1993, a la que considera desactualizada y propicia para la corrupción. Su diagnóstico es contundente: ocho de cada diez contratos en Colombia se adjudican de manera directa, lo que reduce la competencia y favorece redes cerradas de contratación.
Seguridad, Estado y narrativa política
En materia de seguridad, el representante electo plantea una ruptura frontal con la política de “Paz Total” impulsada por el actual gobierno. Desde su perspectiva, esta estrategia ha fortalecido a los grupos armados y ha incrementado indicadores como el secuestro y el desplazamiento.
Su propuesta pasa por recuperar el control territorial, fortalecer la cooperación internacional, especialmente con Estados Unidos e Israel, y combatir economías ilegales como el narcotráfico y la minería ilegal. Este enfoque refleja una visión más cercana a políticas de seguridad tradicionales, en contraste con el modelo de negociación vigente.
Sin embargo, más allá de las propuestas, el análisis político que subyace es otro: el país sigue dividido entre narrativas que apelan a distintos sectores sociales. Briceño reconoce que el gobierno ha logrado consolidar un discurso que moviliza emociones y fideliza votantes, incluso en medio de cuestionamientos.
El factor juvenil y la crisis de confianza
Uno de los puntos más críticos del diagnóstico es la relación entre los jóvenes y la política. Lejos de alinearse ideológicamente, el congresista advierte que el fenómeno predominante es la desafección: miles de jóvenes prefieren abandonar el país antes que participar en su transformación.
La cifra es reveladora: cerca de 96.000 jóvenes emigran cada año. Para Briceño, esto no responde a una inclinación hacia la izquierda o la derecha, sino a la falta de credibilidad en las instituciones. En ese sentido, plantea que la única forma de recuperar su confianza es cumplir las promesas y demostrar resultados concretos.

Un Congreso entre acuerdos y transacciones
Finalmente, el reto que enfrenta el nuevo representante es el de navegar un Congreso donde, según sus propias palabras, predominan las transacciones sobre los acuerdos programáticos. Su apuesta es mantener “líneas rojas” claras y evitar prácticas que comprometan sus principios.
No obstante, reconoce que la política implica negociación. La diferencia, insiste, está en el tipo de acuerdos que se construyen: aquellos basados en ideas o los que responden a intereses particulares.
En un escenario político marcado por la fragmentación y la desconfianza, la irrupción de figuras como Briceño pone sobre la mesa una pregunta de fondo: ¿puede el voto de opinión transformar realmente el sistema o terminará adaptándose a sus reglas? La respuesta, como él mismo sugiere, dependerá menos de las normas y más de las decisiones que tome la ciudadanía.