La desnutrición crónica en Colombia sigue siendo uno de los problemas estructurales más complejos y persistentes del país. Aunque suele abordarse desde una pers
Según el estudio, uno de cada nueve niños menores de cinco años en Colombia presenta retraso en talla para la edad.
La desnutrición crónica en Colombia sigue siendo uno de los problemas estructurales más complejos y persistentes del país. Aunque suele abordarse desde una perspectiva alimentaria, los hallazgos más recientes muestran que sus efectos van mucho más allá del hambre: impacta directamente el desarrollo cognitivo de la niñez, limita el coeficiente intelectual y perpetúa ciclos de pobreza que afectan el futuro económico y social de toda la nación.
De acuerdo con el documento ‘Cuando la nutrición llega, la infancia vuelve a crecer’, uno de cada nueve niños menores de cinco años en Colombia presenta retraso en talla para la edad, indicador clave de desnutrición crónica. Esta condición no solo refleja carencias nutricionales prolongadas, sino también un entorno marcado por desigualdad, pobreza e inseguridad alimentaria.
El dato más preocupante es su impacto en el cerebro. La evidencia citada en el informe indica que un niño que crece con desnutrición crónica puede perder hasta 14 puntos en su coeficiente intelectual. Esta reducción no es menor, porque implica dificultades en el aprendizaje, menor rendimiento escolar y, a largo plazo, menos oportunidades laborales. En términos estructurales, se traduce en una disminución del capital humano del país.
La desnutrición es el resultado de una cadena de factores sociales. En Colombia, el 25,5% de los hogares experimentó inseguridad alimentaria en 2024, lo que significa que uno de cada cuatro hogares no tiene garantizado el acceso suficiente y de calidad a los alimentos. Esta situación se agrava en hogares monoparentales, especialmente aquellos liderados por mujeres, donde los niveles de pobreza superan el promedio nacional.
El documento enfatiza que la desnutrición crónica está profundamente ligada a las condiciones de vida de las madres. La falta de acceso a educación, empleo formal y servicios de salud limita su capacidad de garantizar una adecuada alimentación y cuidado para sus hijos. A esto se suma un factor menos visible, pero igualmente determinante: la salud mental.
En Colombia, cerca del 66,3% de la población ha experimentado problemas de salud mental en algún momento de su vida, con mayor incidencia en mujeres jóvenes. El estrés, la ansiedad y la sobrecarga emocional afectan directamente las prácticas de crianza y el entorno en el que crecen los niños. En contextos de pobreza, estas condiciones pueden derivar en negligencia involuntaria, menor estimulación temprana y deficiencias nutricionales.
Así, la relación entre desnutrición y coeficiente intelectual no es aislada, sino parte de un círculo vicioso. Un niño con desnutrición tiene menos capacidades cognitivas, lo que reduce sus años de escolaridad —hasta cinco menos, según el informe— y sus ingresos futuros, que pueden ser hasta 54% inferiores al promedio. Esto aumenta la probabilidad de que, en su adultez, reproduzca condiciones de pobreza que afectarán a la siguiente generación.

Otro elemento clave es la desnutrición aguda, que, aunque más visible por su carácter inmediato, también contribuye al problema estructural. Episodios repetidos de pérdida de peso debilitan el sistema inmunológico y afectan el crecimiento sostenido, aumentando el riesgo de desarrollar desnutrición crónica. Es decir, las crisis alimentarias no resueltas en la primera infancia dejan huellas permanentes.
El informe también advierte que cerca de un millón de niños en Colombia están en riesgo o ya padecen desnutrición crónica. Este riesgo está asociado a variables como bajo peso al nacer, falta de acceso a servicios de salud, bajo nivel educativo de la madre y condiciones territoriales como la ruralidad o la pertenencia a comunidades indígenas.
Frente a este panorama, una de las principales conclusiones es que las soluciones deben ser integrales. No basta con garantizar alimentos. La evidencia muestra que los programas más efectivos son aquellos que combinan nutrición, atención en salud, acceso a agua potable, acompañamiento a las familias y fortalecimiento de la salud mental.
Asimismo, el enfoque debe priorizar a las mujeres, especialmente a las madres cabeza de hogar. Su bienestar emocional y económico es determinante en el desarrollo infantil. Una madre con acceso a oportunidades laborales y apoyo psicosocial tiene mayores capacidades para garantizar una crianza adecuada, lo que incide directamente en la nutrición y el desarrollo cognitivo de sus hijos.
Otro hallazgo relevante es que la desnutrición sí es reversible si se interviene a tiempo. Programas focalizados han logrado mejorar los indicadores en uno de cada dos niños con desnutrición crónica. Sin embargo, estos esfuerzos aún no alcanzan la escala necesaria para transformar la realidad nacional.
En términos de política pública, el desafío es claro: se requiere una estrategia sostenida que articule inversión social, enfoque territorial y corresponsabilidad entre el Estado, el sector privado y la sociedad civil. La lucha contra la desnutrición no puede depender únicamente de iniciativas aisladas.
En últimas, la desnutrición infantil en Colombia no es solo una crisis humanitaria, sino un problema de desarrollo. Cada punto perdido en el coeficiente intelectual de un niño representa una oportunidad que el país deja de construir. Combatirla no solo es una obligación ética, sino una inversión estratégica en el futuro de Colombia.