Juan Carlos Echeverry, el hombre que durante dos años presidió Ecopetrol, que fue ministro de Hacienda de Juan Manuel Santos entre 2010 y 2012, que fue decano d
La lección que Colombia no ha aprendido, según el hombre que conoce el país por dentro y por fuera.
Por Cristian Verbel | Director General de Acento
Era una noche de martes. Juan Carlos Echeverry acababa de bajar de un avión procedente de Nueva York, donde el día anterior había hablado ante dos foros de inversores internacionales —uno de HSBC, otro del BBVA— sobre el estado de las finanzas colombianas. Llegó con libros bajo el brazo, literalmente.
Le pregunté que estaba leyendo y me mostró una biografía de Hegel. Un volumen sobre estrategia empresarial de Alejandro Salazar. Un ensayo sobre alimentación del médico colombiano Carlos Jaramillo. Un libro sobre el petróleo venezolano con prólogo de Leopoldo López. Y, para el fin de semana, Rugido de nuestro tiempo de Carlos Granés.
El hombre que durante dos años presidió Ecopetrol, que fue ministro de Hacienda de Juan Manuel Santos entre 2010 y 2012, que fue decano de Economía de Los Andes y que en la elección pasada se presentó a la presidencia por firmas, no llega a una entrevista con las manos vacías. Llega cargado de lecturas, de datos y de una tesis que lleva años defendiendo con la misma convicción con que un médico insiste en el diagnóstico correcto, aunque el paciente prefiera ignorarlo.
Lo primero que hizo al sentarse fue pedirme que le quitara el “doctor”. “Si no me lo quitas, te digo doctor Cristian”, advirtió, con la ironía tranquila de quien no necesita el título para que lo escuchen.
Tenía razón. Lo que siguió durante casi dos horas fue una conversación que no necesita protocolo. Necesita atención.
El plan financiero que nadie quiso leer
El miércoles 11 de marzo, unos días después de que los colombianos salimos a votar en las elecciones legislativas y las consultas, el Ministerio de Hacienda publicó silenciosamente el Plan Financiero 2026. Sin rueda de prensa. Con más de treinta días de retraso frente al calendario habitual.
El documento proyecta una inflación de al menos 5,8% para este año —cuando habían prometido 3,2%—, un déficit fiscal del 5,1% del PIB, y una deuda bruta que roza el 65%, el segundo registro más alto en la historia reciente del país. Colombia paga esa deuda a tasas cercanas al 13%.
Cuando le puse estos números a Echeverry, no se sorprendió. Él los conocía antes que yo. Los había presentado ese mismo día en Nueva York, frente a la gente que le compra los bonos al Estado colombiano.
“Solo un dato”, dijo. “El gobierno dice que va a bajar el déficit de 6,2% a 5,2% reduciendo el gasto en un punto del PIB. Pero este es un gobierno que no hace más que aumentar el gasto. Que está tratando de traerse 25 billones de las pensiones para financiar lo que ya gastó. Que de aquí a junio va a estar en modo electoral: gaste y gaste y gaste para conseguir votos. Entonces lo que el plan está diciendo es que el próximo gobierno, cuando arranque en agosto, tendrá que recortar un punto del PIB —unos 22 billones de pesos— en los primeros meses. Eso no se puede hacer así. Es cínico. Es irresponsable.”
La referencia histórica que hizo fue precisa: el gobierno de Samper entregó un déficit del 7,7% del PIB. Pastrana lo recibió. Echeverry formó parte del equipo de macroeconomistas —junto con Sergio Clavijo, Carolina Rentería, Alberto Calderón y Mario Llorente, entre otros— que diagnosticó esa herencia y tuvo que ordenar la casa en medio de una de las peores crisis económicas del siglo XX colombiano. Hoy ve patrones similares.
“La razón por la que la economía ‘va bien’ a pesar del mal manejo fiscal”, explicó, “es que tenemos una bonanza externa extraordinaria: remesas de colombianos en el exterior por encima de 13.000 millones de dólares —más que el petróleo y más que la inversión extranjera directa—, turismo, exportaciones no tradicionales en 24.000 millones. Eso nos tiene anestesiados. Levanta todos los barcos. Pero no resuelve el problema fiscal que viene.”
El pequeñismo por defecto
Hay una palabra que Echeverry ha acuñado para describir uno de los males más profundos del país: pequeñismo. No es izquierda ni derecha. No es empresarios ni políticos. Es todos.
“El pequeñismo consiste en que cierta gente decide que el país como está le sirve”, explicó. “Ellos tienen el 3% de este mercado, el 5% de aquel, el 20% del otro. Entonces frenan el motor. Y el motor de una economía es que entre más competencia, más producción, a menor precio. El que no pueda, cede su capital y su talento a otra cosa. Así se crea economía.”
Hizo una pausa, luego añadió algo que merece quedarse en letras grandes: “La economía no crece. Se crea. Todos los días. Las Coca-Colas de mañana no se han vendido hoy.”
El diagnóstico concreto es demoledor. Colombia tiene un costo de energía 60% más alto que México. Tiene corporaciones autónomas regionales —las CAR— convertidas en peajes burocráticos que imponen estudios y regulaciones sobre cualquier empresa que quiera instalarse. Tiene un costo de contratación formal que supera entre 40% y 60% el salario base, lo que explica la informalidad del 55% —el segundo peor indicador de la OCDE—. Tiene carreteras inconclusas, puertos deficientes en el Pacífico y un sistema de permisos que hace de cada inversión una carrera de obstáculos.
“Entre la CAR, el ANLA, el INVIMA, las regulaciones municipales y algunas comunidades que prefieren quedarse pobres antes de que llegue una empresa… la economía es el oxígeno, y la están asfixiando entre todos. No hay un solo culpable. Hay doce, como en esas películas de misterio.”
La solución, dijo, no es ideológica. Es práctica: bajar impuestos —no subirlos, aunque parezca contraintuitivo— porque las tasas actuales ya están en el punto donde subir la tasa baja el recaudo, lo que los economistas llaman la curva de Laffer. Abaratar la energía produciendo más gas. Reducir la burocracia de permisos. Y, sobre todo, cambiar el mensaje que el país le da al inversor: “Uno va a donde lo atraen y se queda donde lo tratan bien. Argentina nos está quitando empresas. Brasil también. México, Vietnam, Rumania. A Colombia no vienen porque seamos simpáticos. Vienen si es más rentable. Hay que hacerlo más rentable.”
El candidato que habla como obispo
Sobre política, Echeverry fue directo pero calibrado. Le di un 70% de probabilidad a la oposición para ganar la presidencia. Describió el resultado del 8 de marzo como un empate técnico —“gobierno 1, oposición 1”— con dos tercios del partido aún por jugar.
Sobre Iván Cepeda fue lapidario: “No es Petro. Petro sacó casi 12 millones de votos. Cepeda es un candidato mucho menos apelante, menos atractivo. No ha sido alcalde, no ha liderado debates decisivos en el Congreso, no dice nada, no defiende nada en público. Habla como un obispo. La gente huele la inautenticidad al vuelo.”
Sobre la fórmula de Abelardo de la Espriella con José Manuel Restrepo fue generoso en la evaluación técnica y honesto en la política: “Restrepo es un gran acierto. Rector del Rosario, presidente de la Cámara de Comercio, escribe bien, piensa bien, tiene presencia en redes. Pero no trae votos. Primero hay que ganar, después gobernar.”
Sobre el escenario fiscal de un eventual gobierno de Cepeda fue irónico: “Le tocaría ir al Fondo Monetario. Pero Cepeda yendo al FMI es como si le tocara ir al Vaticano a besarle el anillo al Papa. No va a ir. Se va a demorar un año hasta que la situación sea grave.”