Petro no observa la campaña presidencial. La interviene. Y lo hace con una sofisticación que sus críticos suelen subestimar porque prefieren la caricatura del p
El presidente interviene abiertamente en la campaña de 2026. No es casualidad: es estrategia. Y el tablero lo ha puesto él.
Hay una escena que Colombia debería leer con cuidado. El presidente Gustavo Petro, en ejercicio del cargo, con el aparato del Estado en sus manos, tomó su teléfono este martes y comentó públicamente la ruptura entre Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo. No lo hizo como ciudadano. Lo hizo como lo que es: el actor con mayor poder en el tablero político colombiano de 2026, un jugador que nunca ha dejado de jugar aunque el reglamento diga que debería estar gobernando.
"La franqueza es clave y no habrá engaños", escribió. El cinismo de la frase merece un párrafo propio.
El método, no el accidente
Llamemos las cosas por su nombre: Petro no observa la campaña presidencial. La interviene. Y lo hace con una sofisticación que sus críticos suelen subestimar porque prefieren la caricatura del presidente errático sobre el retrato más incómodo del estratega metódico.
El patrón es repetible y verificable. Primero, Miguel Uribe Turbay: perfilado, expuesto, debilitado desde la narrativa oficial antes de que pudiera consolidarse como amenaza real. Ahora, en secuencia casi calcada, Paloma Valencia y Abelardo De La Espriella reciben la misma atención presidencial —esa mezcla de aparente elogio y señalamiento que en política equivale a pintar una diana sobre el pecho del adversario.
No se trata de opinión. Se trata de un modus operandi.
La consulta que Petro mató
Pero el caso más revelador no es el de la derecha. Es el del Frente Amplio. Petro desestimó abiertamente la consulta de su propio espacio político, no por razones programáticas sino por una razón de poder descarnada: Roy Barreras y Daniel Quintero se negaron a ceder ante su voluntad de imponer a Iván Cepeda como candidato.
Cepeda, un hombre con un historial de lucha democrática innegable, carga hoy con un problema que en política es frecuentemente determinante: su estado de salud genera incertidumbre sobre si podría completar un mandato de cuatro años. Y quienes rodean a Petro —eso dicen quienes los conocen— no ven en eso una tragedia. Ven una oportunidad. Un presidente enfermo o limitado es, en ciertas arquitecturas de poder, un presidente manejable. Petro en cuerpo ajeno, siguiendo gobernando.
El Estado como herramienta de campaña
No nos llamemos a engaños sobre lo que ocurrió el 8 de marzo en las elecciones legislativas y en especial en las Consultas Interpartidistas. El proceso se desarrolló en un ambiente donde el Ejecutivo tiene palancas —comunicacionales, institucionales, presupuestales— que ningún candidato opositor puede igualar. Sembrar la duda sobre la legitimidad de ese proceso, agitar la desconfianza, capitalizar en el caos resultante: eso no es participación democrática. Es interferencia con credenciales de Estado.
Lo que Vicky Dávila señaló con sensatez —que sumar implica encontrar puntos comunes sin que nadie se doblegue — es exactamente lo que Petro no quiere que ocurra en la oposición. Una oposición unida, con fórmula sólida y discurso coherente, es la única amenaza real para el proyecto político que busca perpetuarse más allá del 7 de agosto de 2026.
La pregunta que Colombia debe hacerse
No es si Petro tiene derecho a opinar. Lo tiene, como cualquier ciudadano. La pregunta es otra: ¿puede un presidente en ejercicio, con el aparato del Estado en sus manos, intervenir diariamente en la configuración de candidaturas, debilitar figuras opositoras mediante exposición selectiva, y al mismo tiempo pretender que Colombia vive una competencia electoral limpia?
La respuesta honesta es no. Y el costo de ignorarla no lo pagará solo la oposición. Lo pagará la democracia colombiana entera.
Petro juega ajedrez con fichas ajenas. El problema es que el tablero es de todos.