A dos meses de la operación estadounidense que terminó con la captura de Nicolás Maduro, la presencia del líder chavista parece diluirse dentro de Venezuela. Mi
La figura de Nicolás Maduro parece perder peso en la vida cotidiana de Venezuela y de la vida del venezolano.
A dos meses de la operación estadounidense que terminó con la captura de Nicolás Maduro, la presencia del líder chavista parece diluirse dentro de Venezuela. Mientras su imagen sobrevive en redes sociales oficiales y en algunas vallas en Caracas, el país se mueve hacia un escenario político y económico que ya no gira completamente en torno a su figura.
La desaparición física de Maduro del escenario nacional ha coincidido con un proceso de transición tutelado por Estados Unidos que, según analistas internacionales, ha priorizado la reactivación económica sobre la reconstrucción política e institucional. En las calles, las marchas para exigir su regreso se han ido espaciando, aunque campañas digitales cómo #LosQueremosDeVuelta continúan difundiendo imágenes del exmandatario junto a su esposa, Cilia Flores, denunciando lo que sus seguidores califican como un “secuestro”.
Sin embargo, el debate público dentro del país parece haberse desplazado hacia otros temas. La reforma a la legislación energética, la apertura a la inversión extranjera y la liberación masiva de presos políticos dominan hoy la agenda de la transición.
Del asombro a la incertidumbre
Para la investigadora Mariana Bacalao, el país atraviesa un momento marcado por el desconcierto. A su juicio, Venezuela ha vivido una sucesión de cambios que hasta hace pocos meses resultaban impensables.
Según la analista, la sociedad venezolana se mueve entre la expectativa y la incertidumbre. “Hay dos ejes avanzando a velocidades muy distintas”, explica. El primero es el económico y diplomático, donde se observan movimientos rápidos: acercamientos entre Caracas y Washington, incentivos a la inversión extranjera y anuncios para reactivar la industria petrolera.
El segundo eje el político avanza con mayor lentitud. Allí se ubican procesos complejos como la recuperación plena de derechos civiles, el desmontaje de estructuras de represión y la lucha contra la corrupción que marcó años del chavismo.
Durante este período, el país ha sido administrado por un gobierno encabezado por Delcy Rodríguez, que ha impulsado reformas económicas. Entre ellas destaca la modificación de la Ley Orgánica de Hidrocarburos, un paquete de 35 artículos que busca atraer capital extranjero a la industria petrolera.
En paralelo, el Parlamento aprobó una ley de amnistía que ha permitido la liberación de más de 6.000 personas catalogadas como presos políticos por organizaciones no gubernamentales, aunque las autoridades han insistido en que muchos de estos casos corresponden a delitos comunes.
La economía como brújula
En este contexto, el presidente de la firma Datanálisis, Luis Vicente León, considera que la estrategia de EE.UU. está marcada por una prioridad clara: la economía.
Desde su perspectiva, la política de Washington responde principalmente a los intereses estratégicos del gobierno de Donald Trump y a las promesas hechas a sus aliados durante la campaña electoral.
El plan, sostiene León, parte del control y desarrollo del sector energético venezolano. La hoja de ruta incluiría luego la explotación de minerales estratégicos, la mejora del marco legal para inversionistas y, finalmente, una estabilización económica que permita consolidar la transición.
En esa misma línea, el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, confirmó recientemente que el Legislativo trabaja en una reforma a la ley de minería con el objetivo de atraer grandes empresas internacionales y acelerar la recuperación económica tras años de sanciones.
Los nuevos jugadores del poder
La salida de Maduro reconfiguró el mapa político venezolano. León identifica tres actores clave en esta nueva etapa.
El primero es Delcy Rodríguez, a quien describe como una figura de equilibrio dentro del oficialismo, encargada de mantener el orden interno mientras se impulsan reformas económicas.
El segundo es la líder opositora María Corina Machado, cuyo liderazgo considera sólido y mayoritario entre amplios sectores de la población.
El tercero es el estamento militar, un actor decisivo que difícilmente permitiría un cambio que pusiera en riesgo su seguridad o su patrimonio. Esto obliga, en su opinión, a que cualquier transición pase necesariamente por procesos de negociación entre todos los sectores.
Para Bacalao, el eventual regreso de Machado al país podría convertirse en una prueba clave para medir el rumbo democrático del proceso. Si la dirigente opositora logra entrar y ejercer plenamente sus derechos políticos, enviaría una señal positiva hacia la comunidad internacional.
De lo contrario, advierte, la credibilidad del actual gobierno encargado podría verse afectada y aumentarían las dudas sobre la verdadera disposición del sistema político venezolano para avanzar hacia una democratización plena.
La figura de Maduro parece perder peso en la vida cotidiana del país. La pregunta que queda abierta es si su ausencia marcará el final definitivo de una era o si, por el contrario, su sombra seguirá influyendo en el complejo camino hacia la transición.