Ejecución alta, inversión débil: las grietas del Presupuesto 2025

Por Redacción Acento

El Gobierno ejecutó más, pero no necesariamente mejor. Esa es la paradoja que deja el cierre del Presupuesto General de la Nación 2025: una ejecución alta en el

Ejecución alta, inversión débil: las grietas del Presupuesto 2025

El Presupuesto General de la Nación (PGN) 2025 mejoró ejecución agregada, pero cayó inversión y crece presión fiscal. La regla suspendida revela fragilidad estructural.

El Gobierno ejecutó más, pero no necesariamente mejor. Esa es la paradoja que deja el cierre del Presupuesto General de la Nación 2025: una ejecución alta en el agregado, acompañada de señales que tensionan la sostenibilidad fiscal.

Según el más reciente informe del Observatorio Fiscal de la Universidad Javeriana, tras aplazamientos por $16,2 billones, el presupuesto vigente se ubicó en $510,5 billones. De ese total, $448,4 billones fueron obligados, equivalente a una ejecución de 87,8%.

Al excluir el servicio de la deuda, la ejecución fue de 86,5%, superior al 81,9% registrado en 2024. Sin embargo, sigue por debajo del promedio histórico de 89,3%. Desde 2022, el PGN completa cuatro años consecutivos por debajo de ese umbral.

El dato agregado esconde matices relevantes. En funcionamiento se ejecutaron $293,8 billones, con $26 billones sin ejecutar. En deuda se obligaron $104,5 billones y quedaron pendientes $8,1 billones. Ambos rubros, por su rigidez, concentran alta ejecución.

El contraste aparece en inversión. De los $78,1 billones apropiados inicialmente, solo se ejecutaron $50,2 billones. Quedaron sin ejecutar $27,9 billones, lo que equivale a una ejecución de apenas 64,2%.

Desde 2023, la inversión se mantiene sistemáticamente por debajo de su promedio histórico de 76,3%. En un contexto fiscal apretado, la inversión se consolida como el principal margen de ajuste cuando el Estado necesita recortar.

La mejora en la velocidad de ejecución no es neutra. Las obligaciones sin incluir deuda son una aproximación al gasto primario. Aumentar su ritmo implica convertir más presupuesto en gasto efectivo cuando el marco fiscal exigía austeridad.

Sin un incremento equivalente y sostenible de ingresos, ejecutar más gasto primario reduce espacio fiscal y presiona el resultado. El problema no es solo cuánto se ejecuta, sino cuándo y bajo qué restricciones.

Inversión rezagada y gasto rígido

La estructura del gasto explica parte del fenómeno. Funcionamiento y deuda son rubros de baja discrecionalidad. La inversión, en cambio, es flexible y por eso absorbe recortes relativos más profundos.

En 2025, además de registrar el mayor recorte por aplazamientos, cerró con la ejecución más baja entre los grandes componentes. Esa asimetría tiene implicaciones sobre crecimiento potencial, infraestructura y provisión futura de bienes públicos.

El comportamiento sectorial también muestra contrastes marcados. Educación alcanzó 97,3% de ejecución; Salud y protección social, 96,1%; Ciencia, tecnología e innovación, 95,4%; e Igualdad y equidad, 94,3%.

En el otro extremo, Presidencia de la República ejecutó solo 40,9% y Transporte 47,4%. Agricultura y desarrollo rural llegó a 59,5%, y Planeación a 61,7%. Las brechas son amplias y persistentes.

Presidencia acumula tres años consecutivos como el sector con menor ejecución: 16% en 2023, 27,7% en 2024 y 40,9% en 2025. Esta última cifra está 56,4 puntos porcentuales por debajo del sector líder.

Más allá de la foto anual, el rezago presupuestal revela presiones intertemporales. En 2024 alcanzó $62,7 billones, un salto significativo frente al rango de $23,2 a $34,9 billones observado entre 2020 y 2023.

De ese rezago, $59,3 billones fueron pagados, equivalente a 96,1% de ejecución. El aumento se explicó principalmente por el crecimiento de reservas presupuestales, que llegaron a $61 billones, y en menor medida por cuentas por pagar.

En 2025 el rezago bajó a $49 billones. Es una mejora frente al máximo previo, pero sigue alto en perspectiva reciente. La llamada deuda flotante no desaparece: se traslada y compite con la ejecución del año siguiente.


Regla fiscal bajo presión

Las reservas y cuentas por pagar acumuladas deberán atenderse con cargo a la caja de 2026. Eso reduce espacio para nuevas prioridades y endurece la restricción presupuestal de la siguiente vigencia.

Este panorama debe leerse junto a la activación de la cláusula de escape en 2025 y la suspensión temporal de la senda de la regla fiscal. La decisión refleja la magnitud del desbalance en las finanzas públicas.

El cumplimiento de la regla exigiría un ajuste cercano a cuatro puntos del PIB. No es un margen menor, especialmente cuando el pago de intereses gana peso dentro del gasto total.

En 2024, el cierre fiscal estuvo mediado por el uso de Transacciones de Única Vez. El recurso permitió cumplir formalmente la regla, pero dejó abierta la discusión sobre la solidez estructural del ajuste.

Hoy el dilema es más explícito. Con mayores intereses y menor espacio de maniobra, el Estado enfrenta una restricción presupuestal más rígida. Ejecutar más gasto primario en ese contexto acelera la presión.

El balance de 2025 no es simplemente técnico. Muestra un Estado que cumple en gasto rígido, avanza parcialmente en ejecución agregada, pero sacrifica inversión y traslada obligaciones hacia adelante.

La sostenibilidad fiscal no depende solo de recortes puntuales o de suspender reglas en momentos críticos. Requiere coherencia entre ritmo de gasto, calidad de ejecución e ingresos permanentes.

El PGN 2025 deja una advertencia clara: la aritmética puede cerrar en el corto plazo, pero si la inversión se debilita y el rezago persiste, el margen futuro será cada vez más estrecho.