Fajardo se abre y la izquierda se fragmenta

Por Redacción Acento

La carrera presidencial se reordena. Sergio Fajardo rompe con las consultas y la izquierda enfrenta tensiones que debilitan su apuesta unitaria.

Fajardo se abre y la izquierda se fragmenta

La carrera presidencial se reordena. Sergio Fajardo rompe con las consultas y la izquierda enfrenta tensiones que debilitan su apuesta unitaria.

La política colombiana vuelve a confirmar una regla no escrita: las consultas prometen unidad, pero suelen revelar fracturas. A un mes del 8 de marzo, dos decisiones reconfiguran el tablero antes de que empiece la partida real.


Sergio Fajardo decidió no jugar el juego de las consultas. Al anunciar que irá directo a la primera vuelta presidencial, rompe con una tradición reciente del centro político y apuesta por diferenciarse antes que diluirse.


Su mensaje es calculado. Agradece, reconoce el valor democrático del mecanismo, pero lo descarta como vía eficaz para enfrentar lo que define como “los extremos”. No es un portazo emocional, sino una toma de distancia estratégica.


Fajardo fue invitado a dos escenarios distintos. Primero, a la Gran Consulta por Colombia, donde confluyen figuras de derecha y centroderecha. Su negativa refleja algo más que diferencias ideológicas: evita legitimar una coalición que podría erosionar su identidad.


Luego apareció la “consulta de las soluciones”, impulsada por Claudia López. Allí el problema fue otro: la debilidad del escenario. Una consulta con pocos nombres y bajo entusiasmo difícilmente suma capital político.


El riesgo de ir solo


Al salir de ambas, Fajardo busca construir su propio relato: el del candidato que no negocia su discurso en acuerdos tácticos. Su apuesta es ambiciosa y riesgosa. En Colombia, ir solo puede significar coherencia o irrelevancia.


La idea de una “Nueva Mayoría” que convoque desde una izquierda moderada hasta una derecha moderada suena atractiva, pero abstracta. No está claro cómo se materializa sin una estructura electoral sólida que la respalde.


Mientras el centro redefine su ruta, la izquierda enfrenta un problema distinto: la fragmentación interna. La decisión del Consejo Nacional Electoral (CNE) de habilitar a Daniel Quintero reabre una disputa que estaba contenida, no resuelta.


Con una votación de 7-1, el CNE permitió la participación de Quintero en la consulta del Frente por la Vida. El argumento jurídico marca una diferencia clave frente al caso de Iván Cepeda. Quintero sí renunció a tiempo a una consulta previa.


Una consulta que expone fisuras


El fallo cambia el equilibrio interno de la izquierda. Quintero no es un candidato menor ni neutral. Su estilo confrontacional y su capital político en sectores urbanos introducen ruido en un proceso que buscaba ordenarse.


Hasta ahora, Roy Barreras era el único nombre firme en la consulta. La eventual llegada de Quintero altera cálculos, discursos y alianzas. También obliga a otros actores a definirse antes del cierre de inscripciones.


Juan Fernando Cristo puso el dedo en la llaga. Su llamado a la mesura y al consenso no es retórico: evidencia el temor a que la consulta termine siendo un escenario de disputa interna más que de construcción colectiva.


La ausencia de Iván Cepeda, sumada a la entrada de Quintero, plantea una pregunta incómoda: ¿la izquierda está resolviendo diferencias o simplemente desplazándolas? El riesgo es que la consulta exponga divisiones en lugar de procesarlas.


El calendario no ayuda. Con el plazo de inscripción a punto de cerrarse, las decisiones se toman bajo presión. Eso favorece reacciones tácticas, no acuerdos estratégicos de largo aliento.


El contraste entre ambos movimientos es revelador. Fajardo se aleja de las consultas para evitar quedar atrapado en disputas ajenas. La izquierda, en cambio, se ve obligada a gestionarlas en público.


Ambos escenarios comparten un problema de fondo: la dificultad de construir mayorías estables en un sistema político fragmentado. Las consultas, pensadas como solución, terminan siendo un espejo de esas debilidades.


Para el electorado, el mensaje es ambiguo. Por un lado, se valora la coherencia y la claridad de ruta. Por otro, se percibe desorden, personalismo y falta de proyecto común.


Lo que está en juego no es solo quién gana una consulta o quién pasa a primera vuelta. Es la capacidad de las fuerzas políticas de ofrecer alternativas creíbles en un país cansado de polarización, pero escéptico frente a los discursos de unidad.


En ese contexto, la decisión de Fajardo y la habilitación de Quintero no son episodios aislados. Son síntomas de una campaña que empieza antes de tiempo, con fracturas visibles y liderazgos que prefieren avanzar solos antes que negociar identidades.


La primera vuelta aún está lejos, pero el reordenamiento ya comenzó. Y, como suele ocurrir, no todos llegarán fortalecidos al punto de partida.