Elecciones 2026: el riesgo ya no es marginal, es territorial

Por Redacción Acento

El nuevo mapa de la MOE revela que fraude y violencia ya condicionan amplias zonas del país y desafían la capacidad del Estado.

Elecciones 2026: el riesgo ya no es marginal, es territorial

El nuevo mapa de la MOE revela que fraude y violencia ya condicionan amplias zonas del país y desafían la capacidad del Estado.

Las elecciones no siempre se definen en las urnas. A veces se deciden antes, en territorios donde el miedo, el control armado y las reglas informales pesan más que el tarjetón.


El más reciente estudio de la Misión de Observación Electoral (MOE) sobre las elecciones nacionales de 2026 confirma una tendencia inquietante. El riesgo electoral dejó de ser un fenómeno focalizado y pasó a convertirse en una condición estructural en amplias regiones del país.


Según el Mapa Consolidado de Riesgo Electoral, 170 municipios presentan algún nivel de riesgo por la coincidencia de factores indicativos de fraude y violencia. De ellos, 81 están clasificados en riesgo extremo, una cifra que no tiene precedentes recientes.


El salto frente a 2022 es significativo. En ese año, 131 municipios estaban en esta categoría de riesgo combinado. Para 2026, el aumento es de casi 30%, pero el dato más preocupante es otro: el riesgo extremo creció más de 65%.


Este cambio no es solo cuantitativo. Refleja una transformación en la geografía del poder electoral, donde las dinámicas ilegales ya no son episodios aislados, sino estructuras persistentes que interfieren en la competencia política y en el ejercicio del voto.


La MOE identifica seis subregiones críticas donde el riesgo se concentra y se intensifica: Arauca; el nordeste antioqueño y sur de Bolívar; el andén Pacífico; el norte del Cauca; el suroriente colombiano; y el medio y bajo Putumayo.


El voto compite con el control armado


En estos territorios confluyen economías ilegales, presencia armada, debilidad institucional y fragmentación del control estatal. La elección, en ese contexto, deja de ser un evento democrático y se convierte en una disputa por el control político del territorio.


El caso del Cauca es ilustrativo. Diecinueve de los 81 municipios en riesgo extremo están allí. Catorce pasaron, en solo cuatro años, de no registrar riesgo a ubicarse en el nivel más alto de alerta.


Este tipo de saltos revela que los factores de riesgo no evolucionan lentamente. Se activan cuando fallan las garantías de seguridad, cuando se rompe el equilibrio local o cuando actores armados consolidan control sobre poblaciones y rutas estratégicas.


El impacto no es marginal desde el punto de vista electoral. Excluyendo a Bogotá, los municipios en riesgo concentran más de 4,5 millones de votantes, cerca del 11% del censo nacional. No se trata de periferias irrelevantes.


Ese volumen de electores plantea un desafío operativo enorme. Garantizar seguridad, transparencia y logística electoral en esos territorios exige una coordinación institucional que históricamente ha sido débil y, en algunos casos, inexistente.


Cuando la estadística también alerta


El análisis por separado de los factores de fraude electoral confirma que el problema va más allá de la violencia. Para la Cámara de Representantes, 383 municipios presentan algún nivel de riesgo; para el Senado, la cifra es de 334.


Las alertas se basan en patrones repetidos: participaciones atípicas, altos niveles de votos nulos, tarjetones no marcados y dominio electoral prolongado. Son señales estadísticas que, acumuladas, sugieren distorsiones sistemáticas.


Especial atención merecen los 27 municipios en riesgo extremo tanto para Cámara como para Senado. Un tercio está en Córdoba y seis en Antioquia, departamentos con larga tradición de disputas políticas atravesadas por estructuras ilegales.


El mapa de factores de violencia es aún más revelador. Un total de 339 municipios presenta algún nivel de riesgo asociado a la acción de grupos armados, amenazas a liderazgos, restricciones a la movilidad y ataques a la prensa.


De ellos, 126 están en riesgo extremo. Es la primera vez, desde la firma del Acuerdo de Paz, que se registra una cifra tan alta en esta categoría, según advierte la propia MOE.


Guaviare resume esta tendencia: todos sus municipios están en riesgo extremo por violencia. Además, 75 de los 126 municipios en alerta máxima hacen parte de las Circunscripciones Transitorias Especiales de Paz.


El dato plantea una paradoja incómoda. Los territorios creados para ampliar la representación política de las zonas más golpeadas por el conflicto son hoy algunos de los más vulnerables a nuevas formas de control violento.


La lectura de la MOE es clara: las violencias actuales son más locales, fragmentadas y asociadas al control de economías ilegales. No responden a una lógica nacional, sino a disputas territoriales específicas.


En ese escenario, insistir en una gestión electoral centralizada resulta insuficiente. Como advierte la organización, “las elecciones no se hacen desde Bogotá”, sino en municipios donde alcaldes, gobernadores y fuerza pública tienen un rol decisivo.


La advertencia final es política y operativa. Sin una estrategia diferenciada por territorio, sin coordinación real entre niveles de gobierno y sin voluntad de enfrentar las economías ilegales, el riesgo no solo persistirá: se normalizará.


Las elecciones de 2026 no están en riesgo porque falten votos, sino porque en demasiados lugares el voto ya no es plenamente libre. Ese es el verdadero desafío que plantea el nuevo mapa electoral.