El déficit que desmiente el relato

Por Redacción Acento

Las cifras globales contradicen el optimismo oficial. Colombia cerró 2025 con uno de los déficits fiscales más altos del mundo.

El déficit que desmiente el relato

Las cifras globales contradicen el optimismo oficial. Colombia cerró 2025 con uno de los déficits fiscales más altos del mundo.

Las emergencias económicas suelen presentarse como soluciones excepcionales. El problema empieza cuando los números, al final del año, cuentan una historia distinta a la que se narró desde el poder.

A mediados de enero, el Gobierno sostuvo que la declaratoria de emergencia económica estaba ayudando a corregir el déficit fiscal. El mensaje buscaba transmitir control y rumbo. Sin embargo, las cifras internacionales dibujan un panorama mucho menos complaciente.


Según The Economist, Colombia registró un déficit fiscal de -7,5% del PIB en 2025. El dato la ubicó como la segunda economía con peor desempeño fiscal entre más de 40 países analizados.


Solo Egipto presentó un desequilibrio mayor, con -7,7%. Detrás de Colombia quedaron economías grandes y complejas como Polonia, Brasil, Estados Unidos y Francia, todas con déficits elevados, pero menores.


El contraste no es menor. La mayoría de economías desarrolladas y emergentes procura mantener el déficit por debajo del 3% del PIB, un estándar básico de prudencia fiscal. Colombia quedó muy por fuera de ese umbral.


El costo de romper la regla


El déficit no es un número aislado. The Economist también ubicó a Colombia como el cuarto país con la deuda soberana a 10 años más cara, con rendimientos del 12,4%, una señal clara de desconfianza del mercado.


A esto se suma un cuadro macroeconómico tenso: quinta inflación más alta entre los países evaluados, con 5,1%, y tercera mayor tasa de desempleo, cercana al 9%. La combinación es incómoda para cualquier gobierno.


El mensaje implícito es sencillo. Financiar al Estado colombiano se volvió costoso. Y cuando el crédito se encarece, las decisiones fiscales dejan de ser ideológicas para convertirse en un problema aritmético.


Analistas económicos afirmaron que, con un frente fiscal tan débil, no sorprende que los TES estén tan caros. Entre 2022 y 2026, Colombia estuvo entre los países donde más subió el rendimiento del bono a 10 años.


Ese aumento, de 4,3 puntos porcentuales, significa que el país paga hoy mucho más por endeudarse que hace cuatro años. No es un fenómeno coyuntural, sino una tendencia persistente.


Desde el Gobierno, la respuesta ha sido señalar factores políticos internos. Se ha argumentado que el hundimiento de la ley de financiamiento elevó la prima de riesgo y disparó las tasas, y que la emergencia económica ayudó a revertir esa dinámica.


La disputa por el diagnóstico


El Ejecutivo incluso difundió gráficos que muestran caídas puntuales en los indicadores de riesgo tras la emergencia. El problema es metodológico: una lectura de días no captura el costo real del endeudamiento público.


Expertos advierten que el verdadero termómetro está en el mercado en pesos. Los TES, el bono a 10 años, reflejan que el Gobierno sigue pagando caro por financiarse, una presión que se extiende a toda la deuda.


Los datos del Banco de la República confirman que, desde 2022, el precio del dinero para el Estado aumentó de forma sostenida. No hay desplome estructural, sino un nivel alto que se mantiene.


Este desacople entre relato y realidad alimenta la incertidumbre. Mientras el discurso oficial habla de alivio, los mercados siguen exigiendo una prima elevada para prestar al país.


Las calificadoras de riesgo también han encendido alertas. Aunque prevén un crecimiento moderado en los próximos dos años, anticipan que el déficit seguirá por encima del 6% del PIB y que la deuda superará el 60%.


El problema no es solo el gasto. Por tercer año consecutivo, el Gobierno incumplió sus metas de recaudo. En 2025, el faltante tributario superó los 9 billones de pesos, ampliando la necesidad de endeudamiento.


A esto se suma la presión del gasto social y las decisiones salariales. El aumento del salario mínimo previsto para 2026 tendrá un impacto fiscal relevante, dificultando cualquier ajuste serio en el corto plazo.


El resultado es una curva de deuda empinada. Los rendimientos a un año subieron más de 20%, y a cinco años cerca del 19%. Para los mercados, es una señal de riesgo, no de confianza.


En la región, el contraste es incómodo. Aunque países como Brasil también exhiben déficits altos, el caso colombiano destaca por la velocidad del endeudamiento y por el escaso margen de maniobra que deja.


En tres años, la deuda pública creció cerca de 400 billones de pesos. Ese aumento reduce la capacidad de respuesta ante choques externos, caídas en los precios de materias primas o turbulencias financieras globales.


La discusión ya no es si el déficit es alto, sino qué se hará con esa realidad. Minimizarla en el discurso puede servir políticamente, pero no cambia las condiciones en las que el país se financia.


Al final, las emergencias económicas no se evalúan por las intenciones, sino por los resultados. Y, por ahora, los números sugieren que el ajuste prometido aún no llega.