Gabriel Boric y la hora de la autocrítica: cuando la izquierda deja de ser mayoría

Por Redacción Acento

En una extensa entrevista con El País, Boric habla de poder, frustración, orden, democracia y del desafío de reconstruir un proyecto progresista creíble. En una

Gabriel Boric y la hora de la autocrítica: cuando la izquierda deja de ser mayoría

En una extensa entrevista con El País, Boric habla de poder, frustración, orden, democracia y del desafío de reconstruir un proyecto progresista creíble.

En una oficina del palacio de La Moneda, mientras suena un disco de Leonard Cohen y una gráfica recuerda a los desaparecidos de la dictadura, Gabriel Boric encara el tramo final de su mandato. 

El próximo 11 de marzo dejará el poder con 40 años recién cumplidos. El despacho que ocupó desde 2022 pasará a manos de José Antonio Kast, el primer presidente abiertamente pinochetista desde el retorno de la democracia en 1990. El relevo no es menor. Tampoco lo es la reflexión que Boric articula en largas conversaciones con El País, donde se muestra lejos del triunfalismo y más cerca de una autocrítica profunda.

Boric llegó a la presidencia como el mandatario más joven de la historia de Chile, convertido rápidamente en símbolo de una nueva izquierda latinoamericana. Sin embargo, rechaza esa etiqueta con una mezcla de incomodidad y pragmatismo. “Yo no busco ser nuevo. Yo lo que busco es ser coherente”, afirma.

El fin del ciclo de la esperanza

El estallido social de 2019, la promesa de una nueva Constitución y la expectativa de una transformación profunda marcaron el inicio del ciclo político que llevó a Boric a La Moneda. Pero ese impulso se fue erosionando. Dos procesos constituyentes fracasados, una sensación creciente de inseguridad y una ciudadanía cada vez más escéptica terminaron por cambiar el clima político.

“Fue una gran frustración”, reconoce Boric sobre el rechazo a los textos constitucionales. No tanto por el resultado, dice, sino por “la falta de diálogo”. A su juicio, ambos procesos fallaron en lo mismo: quienes tuvieron mayoría intentaron negar a las minorías. “Un país no se construye así”, sentencia.

Ese desgaste fue clave para entender la derrota electoral de la izquierda y el triunfo de Kast. Boric no lo esquiva. Al contrario, lo analiza como síntoma de un problema mayor. “La esperanza se frustró y surgió una demanda por orden”, explica. Una demanda que, admite, la izquierda no supo representar. “El orden no tiene por qué ser de derecha. El orden es certeza, estabilidad. Nadie quiere un país desordenado”.

La llegada de José Antonio Kast a la presidencia no aparece en el discurso de Boric como una anomalía democrática, sino como una consecuencia política. “Tenemos diferencias muy sustantivas respecto del modelo de sociedad con el que la derecha ganó”, afirma, pero evita personalizar la derrota. Para él, el desafío no pasa por señalar culpables, sino por comprender por qué la izquierda dejó de ser mayoría.

Boric reconoce que el miedo —a la delincuencia, a la precariedad económica, al fenómeno migratorio— movilizó más que la esperanza. Y no lo dice de forma despectiva. “Son hechos reales”, insiste. El problema, según su análisis, es que su sector no logró ofrecer respuestas creíbles frente a esas preocupaciones, pese a haber aprobado más de 70 leyes en materia de seguridad.

La autocrítica es clara y poco habitual en un dirigente en ejercicio. “La política democrática no es de heroísmo, sino de consistencia, responsabilidad y transformación real de las condiciones de vida de la gente”, sostiene. Prometer sin resultados, advierte, termina siendo irrelevante.

Al mismo tiempo, Boric reivindica la institucionalidad del traspaso de mando, admitiendo que reconoció de inmediato el triunfo de Kast y se reunió con él en La Moneda en una conversación que define como “institucional y republicana”. Para el presidente saliente, estos gestos no son anecdóticos. “La democracia se cuida en cada momento”, señala, en contraste con los cuestionamientos electorales vistos en otros países de la región.

La izquierda y el riesgo de diluirse

Uno de los pasajes más contundentes de la entrevista llega cuando Boric reflexiona sobre el futuro de su sector. “La izquierda que solamente le echa la culpa al adversario está condenada a diluirse”, afirma. La frase condensa su diagnóstico: sin autocrítica, sin revisión de lo hecho y sin conexión con el territorio, el progresismo pierde relevancia histórica.

Boric rechaza la idea de renegar del camino recorrido. Cree que sería un error político y ético. “Es importante que exista una revisión, porque la disputa por la hegemonía no es estática”, explica. La coherencia, para él, no implica rigidez, sino capacidad de adaptación. “Cuando la realidad cambia, uno, manteniendo sus principios, tiene que saber adaptarse a esa nueva realidad”.

Esa mirada también se proyecta hacia su rol futuro, ya que, aunque la Constitución le impide la reelección inmediata, Boric no descarta volver a competir más adelante. Sin embargo, por ahora, asegura, su prioridad será mantenerse fuera de la contingencia inmediata y contribuir a reconstruir una alianza amplia entre la izquierda, la centroizquierda y el centro. “No basta con sentirse bien con las ideas si no son mayoría en la sociedad”, advierte.

A semanas de dejar el poder, Gabriel Boric no habla de legado. Le incomoda el término. Prefiere pensar su paso por La Moneda como parte de un proceso colectivo, pues cree que Chile, pese a sus problemas, es hoy un país “en forma”, capaz de resolver sus conflictos por la vía democrática.

El desafío, hacia adelante, no es menor. Para Boric, la izquierda solo podrá volver a ser mayoría si abandona la épica vacía, recupera el trabajo de base y asume que gobernar no es un acto heroico, sino un ejercicio persistente de responsabilidad. Sin esa reflexión, advierte, su lugar en la historia será frágil.

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