Sin festejos ni júbilo: la caída de Maduro profundiza el silencio en Venezuela

Por Redacción Acento

La captura de Maduro contrasta con la represión activa y la cautela social tras años de frustraciones políticas acumuladas. La captura de Nicolás Maduro por fue

Sin festejos ni júbilo: la caída de Maduro profundiza el silencio en Venezuela

La captura de Maduro contrasta con la represión activa y la cautela social tras años de frustraciones políticas acumuladas.

La captura de Nicolás Maduro por fuerzas militares de Estados Unidos marcó un hecho histórico para Venezuela, pero no produjo la reacción colectiva que durante años muchos imaginaron. 

No hubo celebraciones multitudinarias ni estallidos de alegría en las calles. Dentro del país, la vida siguió su curso con una normalidad tensa: la gente volvió al trabajo, los espacios públicos permanecieron mayormente vacíos y el silencio se impuso como respuesta. Lo único que rompió esa rutina fueron las largas filas en comercios para abastecerse de productos básicos, un reflejo de una sociedad que, incluso ante un giro político trascendental, prioriza la supervivencia.

Fuera de las fronteras venezolanas, la escena fue completamente distinta. En ciudades de América Latina, Estados Unidos y Europa, miles de migrantes venezolanos se congregaron en plazas, bares y restaurantes para celebrar con banderas, música y consignas la caída del dirigente al que responsabilizan por la crisis política, económica y humanitaria que los empujó al exilio. El contraste entre la euforia de la diáspora y la contención dentro del país evidenció una fractura emocional profunda, producto de años de represión, frustraciones acumuladas y promesas de cambio incumplidas.

La operación que derivó en la detención de Maduro comenzó el 3 de enero, cuando el ejército estadounidense ejecutó bombardeos sobre varios puntos del territorio venezolano. Tras enfrentamientos que dejaron decenas de muertos, el mandatario fue aprehendido. Al día siguiente, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció que trabajaría directamente con la vicepresidenta venezolana, Delcy Rodríguez, para buscar soluciones políticas y económicas, especialmente en torno a la debilitada industria petrolera del país, mientras relegaba a un segundo plano a la oposición.

Rodríguez, hasta entonces una de las colaboradoras más cercanas de Maduro, asumió la presidencia con el respaldo de las instituciones judiciales, políticas y, sobre todo, militares. Para muchos venezolanos, ese relevo confirmó que la caída del líder no implicaba necesariamente el desmontaje del sistema que lo sostuvo durante más de una década. Maduro estaba fuera del poder, pero las estructuras de control permanecían intactas.

Ese mensaje quedó reforzado con rapidez. En el estado Mérida, la policía regional detuvo a dos hombres de 64 y 65 años de edad, acusados de celebrar la captura del mandatario. Ambos fueron exhibidos esposados en una estación policial, frente a un muro con emblemas oficiales, junto a armas y municiones presuntamente incautadas. Las imágenes fueron difundidas en redes sociales por la propia fuerza de seguridad, acompañadas de un cartel que rezaba: “Aprehendidos por celebrar el secuestro del presidente Maduro”, junto a consignas como “Dudar es traición” y “Servir con honor”.

La detención ocurrió en el contexto del estado de conmoción decretado tras la captura de Maduro. Según la versión policial, los hombres —dedicados a la agricultura— habrían alterado el orden público al gritar consignas contra el Gobierno, celebrar la detención del presidente y de Cilia Flores, y confrontar a vecinos identificados con el oficialismo. Hasta el momento, las autoridades no han ofrecido detalles sobre el proceso legal que enfrentan. Para muchos venezolanos, el episodio funcionó como advertencia: incluso celebrar puede tener consecuencias.

Lejos de disiparse, la represión pareció intensificarse. Desde las elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024, en las que el gobierno proclamó a Maduro como vencedor pese a las denuncias de fraude y a las pruebas presentadas por la oposición, el aparato de control social se volvió más visible y más severo. Miles de personas fueron detenidas, incluidos testigos electorales y ciudadanos que expresaron descontento no solo en las calles, sino también en espacios privados o digitales. Manifestarse dejó de ser una opción y pasó a percibirse como un riesgo personal.

Ese aprendizaje colectivo ayuda a explicar el silencio. Para sociólogos y activistas, la cautela no es apatía, sino una forma de autoprotección. Durante 25 años de chavismo, Venezuela atravesó múltiples episodios que parecían anunciar una transición: protestas masivas, victorias electorales de la oposición, fracturas internas del poder y negociaciones fallidas. Cada uno generó expectativas reales que terminaron frustradas. Esa acumulación de experiencias construyó una memoria histórica marcada por la desconfianza.

La captura de Maduro es, sin duda, el golpe más contundente al poder chavista en décadas. Pero las detenciones posteriores, la militarización de las calles y la continuidad institucional alimentan la percepción de una “transición sin transición”. Esta vez, el venezolano no parece ingenuo ni desbordado por la euforia. Ha aprendido a administrar sus expectativas, a concentrarse en lo inmediato y a no celebrar antes de tiempo.

En un país moldeado por la informalidad, el rebusque y la supervivencia diaria, la política dejó de ser el centro de la vida pública. Surgió una sociedad que se adaptó a vivir al margen de un sistema que la excluyó. Y por eso, aunque Maduro cayó, Venezuela no salió a la calle. No hubo fiesta. Hubo silencio.

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