El segundo semestre de 2026 podría estar marcado por uno de los fenómenos de El Niño más intensos registrados. Las proyecciones climáticas internacionales coinc
El segundo semestre de 2026 podría estar marcado por uno de los fenómenos de El Niño más intensos registrados. Las proyecciones climáticas internacionales coinciden en que las temperaturas del océano Pacífico ecuatorial muestran anomalías significativas, una señal que históricamente ha anticipado eventos de alto impacto. Para Colombia, esto no es un dato técnico más: es una alerta con implicaciones directas sobre energía, inflación y seguridad alimentaria. El fenómeno de El Niño altera los patrones de lluvia en buena parte del país. En Colombia, su efecto más visible es la reducción de precipitaciones en regiones clave como la Andina y el Caribe. Esto se traduce en menores niveles de los embalses, aumento de temperaturas y presión sobre el sistema hídrico. El país ya ha vivido episodios similares —como el de 2015-2016— que obligaron a tomar medidas de racionamiento energético y ajustes en la operación del sistema eléctrico. El primer frente de impacto es la generación de energía. Colombia depende en buena medida de su matriz hidroeléctrica. Cuando los embalses bajan, el sistema recurre a generación térmica, que es más costosa. Esa transición tiene un efecto directo en las tarifas y en la estructura de costos de la economía. No es un riesgo abstracto: cada punto adicional de presión energética termina trasladándose a hogares y empresas. El segundo impacto es agrícola. Menos lluvias implican menor productividad en cultivos sensibles al agua como el arroz, el maíz y algunos productos de la canasta básica. Esto puede generar presiones inflacionarias en alimentos, uno de los componentes más sensibles para el bolsillo de los hogares. En un contexto en el que la inflación ha sido una preocupación reciente, un fenómeno climático de gran magnitud puede alterar nuevamente el equilibrio. El tercer frente es territorial. Las sequías prolongadas aumentan el riesgo de incendios forestales, afectan el acceso al agua potable en zonas rurales y tensionan la gestión local. Esto exige una respuesta institucional coordinada, especialmente en regiones históricamente vulnerables a eventos climáticos extremos. Pero más allá de los efectos inmediatos, el fenómeno abre una discusión de fondo: la capacidad del país para anticiparse. Colombia ha avanzado en sistemas de monitoreo y alertas, pero la preparación sigue siendo desigual. La gestión del riesgo, la diversificación de la matriz energética y la planificación agrícola siguen siendo tareas en proceso. En este contexto, el eventual fortalecimiento de El Niño no solo es un evento climático. Es una prueba de la capacidad del Estado y del sector productivo para reaccionar con anticipación y coordinación. Las decisiones que se tomen en los próximos meses —desde la gestión de embalses hasta las políticas de abastecimiento— serán determinantes para mitigar impactos. El país no enfrenta un fenómeno desconocido, pero sí uno que podría alcanzar niveles históricos. La diferencia no estará en la intensidad del evento, sino en la preparación con la que se le enfrente.