Iván Cepeda se sentó a conversar con Diego Ruzzarin, el youtuber que avaló a Maduro y entró a Colombia por RTVC. No hubo entrevista. Hubo coincidencia. Esto es
El entrevistador puso las reglas antes de empezar. Dijo que el periodismo tradicional comete un error: “buscar poner a los entrevistados en una posición incómoda”. Él prefería lo contrario, “entrar un poco más en su manera de pensar”. Lo cumplió. Durante cuarenta y seis minutos, Diego Ruzzarin no le hizo a Iván Cepeda una sola pregunta que lo obligara a defenderse.
Ruzzarin es brasileño, vive en México y acumula 461 millones de vistas en YouTube. En mayo de 2024 se sentó con Nicolás Maduro en el episodio 13 del “Maduro Podcast” y volvió diciendo que había conocido “al dictador más raro del mundo”, porque le había parecido “todo muy normal, muy tradicional, muy lejos de cómo lo pinta realmente la propaganda”. Maduro está preso desde el 3 de enero de 2026. En diciembre de 2024, Ruzzarin entró a Colombia invitado por RTVC, el sistema de medios públicos, para dictar una conferencia llamada “Manufactura del Consentimiento”. Hollman Morris, gerente de RTVC, lo presentó como “viejo amigo” y “declarado comunista”.
Ese es el hombre que condujo la conversación. El candidato que se dejó conducir lidera las encuestas. La congresista Mafe Carrascal difundió el encuentro en sus redes. La campaña no lo desmintió.
La conversación avanzó por definiciones. Ruzzarin pedía conceptos —libertad, verdad, justicia, amor— y Cepeda respondía. Ante cada uno, el entrevistador no repreguntaba: agregaba. Cepeda citó a Sócrates; Ruzzarin sumó a Nietzsche. Cepeda invocó a Hannah Arendt; Ruzzarin contestó con Walter Benjamin, Frantz Fanon, Edward Said y Primo Levi. La palabra que más se repitió fue una: neoliberalismo.
Ruzzarin lo definió en el minuto cinco como “la instrumentalización del Estado para los beneficios del capital”. Cepeda lo amplió. Dijo que el neoliberalismo había llevado a las sociedades “a la pobreza, a la bancarrota desde el punto de vista económico, moral” y, finalmente, “a la desaparición de la humanidad”. No hubo contraejemplo. No hubo una economía de mercado que figurara como excepción. Tampoco la hubo cuando, al final, Cepeda elogió a China por haber sacado a 800 millones de personas de la pobreza —un proceso que ocurrió integrándose al comercio capitalista global—. Ruzzarin no señaló la contradicción. La llamó “un excelente ejemplo”.
El pasaje sobre la verdad fue el más revelador, por lo que ambos hicieron con ella. Cepeda elogió a Sócrates como el “ciudadano incómodo” que dice la verdad “así sea lo más antipático”. Luego identificó al obstáculo: los medios de comunicación, que según él “se han convertido en más parte del problema que de la solución”, y que practican “la promoción de la ignorancia” como “mecanismo de poder político”. Ruzzarin asintió y agregó que la empresa mediática responde “a la lógica de la ganancia”. La conclusión quedó intacta: los medios privados mienten, y la verdad reside en las víctimas. Quien sostenía ese diagnóstico sobre los “medios hegemónicos” era el mismo influencer que había entrado al país por los medios públicos del Estado y que avaló a un régimen que nunca publicó las actas de su elección.
Hubo un solo momento en que el discurso del candidato se contradijo solo. Cepeda empezó defendiendo la justicia “reparadora y restauradora”, la que “intenta recuperar a quien ha causado el daño”. Pocas frases después, giró. Para los victimarios “que tienen poder, prestigio, legitimidad”, dijo, “debe haber castigo y debe haber castigo ejemplar”, y la “única manera” de destruir ese poder construido “de una manera perversa” era, “a veces”, la justicia retributiva. Restauración para unos, castigo ejemplar para otros, según quién detente el poder. Era la pregunta que definía qué clase de Estado proponía. Ruzzarin no la hizo. Respondió glosando a Ortega y Gasset y a Marx.
El cierre fue geopolítico. Ruzzarin no preguntó por Colombia; preguntó por el bloque. Planteó “la necesidad tal vez de un bloque geopolítico hispanohablante” que velara por “la soberanía de nuestros hermanos” y reflejara “nuestra ideología”. Cepeda prefirió la palabra “alianza”, pero aceptó la sustancia: una articulación del Sur Global con “pilares” en Brasil, México y Colombia, y el deseo expreso de que los gobiernos de Lula y Sheinbaum “se mantengan”. Sobre Estados Unidos denunció “la doctrina Monroe en su versión actualizada”. Sobre el narcotráfico, dijo que la guerra contra las drogas “no solamente es un fracaso, sino que es parte de la enfermedad”.
El marco de la “soberanía amenazada por el imperialismo” lo introdujo el entrevistador. El mismo que viajó a Venezuela por invitación de Maduro y regresó diciendo que la represión era propaganda. La soberanía que defendía tenía destinatarios: los gobiernos afines.
Cepeda se llama a sí mismo “el anticandidato”, el que hace “todo lo contrario a lo que está recomendado” por los estrategas. Pero la conversación contradice la espontaneidad que reivindica. Cuarenta y seis minutos con un interlocutor que validó cada tesis, conducidos por un influencer extranjero de 461 millones de vistas y línea ideológica documentada, no son un accidente. Son producción.
La lectura de Acento
Lo que importa de esta conversación no es lo que Cepeda dijo. Su crítica al neoliberalismo y su apuesta por el Sur Global son coherentes con su trayectoria; ahí no hay noticia. La noticia está en quién condujo la conversación y cómo. A doce días de la primera vuelta, el candidato que lidera las encuestas atravesó un cuestionario sin una sola pregunta adversa, guiado por un actor extranjero que avaló a un dictador hoy preso y que entró al país por los medios públicos del Estado.
Cuando entrevistador y entrevistado comparten todas las premisas, el ciudadano no recibe información. Recibe confirmación. La pregunta que la entrevista evitó hacerle a Cepeda queda para Colombia: quién está afinando este discurso, con qué recursos y en nombre de qué soberanía.