Por cada fábrica que sustituyó gas natural en 2025, Colombia emitió más CO₂, pagó más caro y se alejó de sus propias metas climáticas. Los números de Natur
Hay una paradoja que el gobierno colombiano no ha querido reconocer en voz alta: la política energética que busca acelerar la transición verde está empujando a su industria de regreso al carbón. No es una metáfora. Es un dato verificable, publicado esta mañana por Naturgas, la Asociación Colombiana de Gas Natural, en una rueda de prensa que debería ocupar la agenda de todo tomador de decisión en el país.
El hallazgo central es tan preciso como inquietante: entre 2025 y enero de 2026, la industria colombiana dejó de contratar 38 giga BTU por día (GBTUD) de gas natural. Ese volumen —equivalente al 16% de la demanda industrial no regulada del país— no desapareció. Se reemplazó por combustibles más baratos en apariencia, pero ambientalmente devastadores: GLP, carbón mineral, bagazo y fuel oil. El resultado neto fue un aumento de 164.000 toneladas de CO₂ equivalente al año en las emisiones del sector industrial colombiano.
En el lenguaje de la política climática, eso se llama retroceso. En el lenguaje empresarial, se llama un error de política pública que alguien va a pagar caro.
Cinco décadas construidas, una política capaz de destruirlas
Para entender la magnitud de lo que está en juego, conviene recordar la historia. Colombia tardó cincuenta años en construir su infraestructura de gas natural. Desde los descubrimientos de los campos Ballena y Chuchupa en 1973, pasando por Cusiana en los noventa, hasta el reciente hallazgo del campo Sirius, el gas natural fue ganando terreno en la matriz energética industrial del país de manera sostenida y sistemática.
En 2025, el sector industrial concentraba el 28% de todo el consumo nacional de gas natural, convirtiéndose en el mayor demandante individual por encima de la generación térmica (19%) y el sector residencial (19%). Más revelador aún: el gas natural era, a su vez, el principal energético utilizado por la industria colombiana, el combustible que mantenía encendidos los hornos de los sectores de productos minerales no metálicos, alimentos, metalurgia, papel y cartón.
Ese equilibrio, construido durante décadas, comenzó a fracturarse en 2025.
Quién sustituyó, por qué y con qué consecuencias
Los datos de Naturgas —elaborados con información de las compañías afiliadas y del Gestor del Mercado— permiten diseccionar con precisión qué ocurrió. De los 38 GBTUD que salieron de la demanda de gas natural, el destino fue el siguiente:
GLP (Gas Licuado de Petróleo): absorbió el 50% de la sustitución, con 19,4 GBTUD. Es el sustituto dominante. También es el más contaminante en términos comparativos: sustituir gas natural por GLP genera 98.000 toneladas adicionales de CO₂ equivalente al año.
Carbón mineral: captó el 23% de la migración, con 8,9 GBTUD. Y aunque su participación parece menor en volumen, su impacto en emisiones es el más grave de todos: 175.000 toneladas adicionales de CO₂ equivalente al año. El carbón es, palabra por palabra, el combustible más sucio disponible para la industria.
Bagazo: con 4,4 GBTUD (11% del total), es la única alternativa que efectivamente reduce emisiones respecto al gas natural. Su adopción genera un ahorro de 101.000 toneladas de CO₂ equivalente. Sin embargo, su disponibilidad es estacional y su escalabilidad, limitada.
Fuel oil: 3,6 GBTUD, que añaden 43.000 toneladas de CO₂ equivalente al año.
Electricidad: 2,1 GBTUD, con una reducción de 35.000 toneladas gracias a la matriz renovable del sistema eléctrico colombiano.
Industrias que cerraron definitivamente: 0,1 GBTUD. Un número pequeño, pero que representa empleos y capacidad productiva que ya no existen.
Los sectores protagonistas de esta migración son construcción, alimentos, metalmecánica, papel y cartón, y bebidas. No son industrias marginales. Son la columna vertebral de la manufactura nacional.
El contrasentido ambiental que nadie quiere nombrar
Aquí está el núcleo del problema político y técnico que Naturgas pone sobre la mesa: Colombia tiene compromisos climáticos formales. El país ratificó el Acuerdo de París, presentó sus Contribuciones Determinadas Nacionalmente (NDC) y tiene una Ley de Acción Climática. Y sin embargo, la combinación de señales de precio distorsionadas, incertidumbre regulatoria en el sector gasífero y ausencia de política industrial coherente está produciendo exactamente el efecto contrario al deseado.
Sustituir gas natural por carbón o GLP no es transición energética. Es regresión energética.
Y lo más paradójico es que las alternativas verdaderamente limpias —electricidad renovable e hidrógeno verde— todavía no están en condiciones técnicas ni económicas de reemplazar al gas natural en los procesos industriales de alta temperatura. Como señala el informe de Naturgas con claridad, factores de costo, disponibilidad y adaptación de los procesos a gran escala hacen que estas fuentes no operen como sustitutos inmediatos en el corto plazo.
En otras palabras: el camino hacia cero emisiones pasa por el gas natural, no lo evita.
Lo que los tomadores de decisión deben entender
Para un CEO industrial, un ministro o un regulador, el informe de Naturgas plantea tres desafíos concretos e inaplazables:
Primero, el problema de oferta. La demanda industrial de gas existe. Lo que falta es suministro confiable y competitivo. Incrementar la oferta desde fuentes locales —incluyendo la exploración de nuevos campos y la optimización de los existentes— y desde fuentes externas como la importación de GNL, es la condición mínima para evitar que más industrias migren hacia combustibles más contaminantes o, en el peor caso, cierren.
Segundo, el problema regulatorio. Las reglas de juego entre energéticos no son neutrales. El GLP, que capturó la mitad de la demanda migrada, opera bajo un marco regulatorio distinto al gas natural.
Una política energética seria debe equilibrar las condiciones de competencia entre fuentes para que las decisiones empresariales se basen en eficiencia y en huella ambiental, no en arbitrajes regulatorios.
Tercero, el problema de coherencia. No se puede diseñar una política de transición energética que, en la práctica, incentive el uso del carbón mineral. La coherencia entre los objetivos climáticos del Estado colombiano y las señales que recibe la industria no es un tema técnico menor. Es una cuestión de credibilidad institucional y de competitividad del aparato productivo.
El campo Sirius y la oportunidad que no puede desperdiciarse
El informe de Naturgas señala el descubrimiento del campo Sirius como un hito reciente. Este hallazgo —cuya magnitud aún se está evaluando— podría representar la oportunidad para recomponer el balance de oferta y demanda de gas en Colombia. Pero los tiempos de la geología no siempre coinciden con los tiempos de la política. Mientras Sirius no entre en producción a escala, la brecha entre oferta y demanda industrial sigue siendo una presión real sobre las decisiones de miles de gerentes de planta en todo el país.
El riesgo no es abstracto: si la migración hacia carbón y GLP se consolida como respuesta estructural y no como ajuste transitorio, Colombia habrá invertido años en convertir su industria a una fuente de energía más limpia para luego deshacer ese camino en cuestión de meses.
Una lectura para los mercados y los inversionistas
Para los analistas de mercado y los fondos de inversión con posiciones en el sector energético colombiano, los datos de Naturgas ofrecen una señal clara: la demanda industrial de gas en Colombia es real, estructural y no desaparece por decreto. Lo que varía es hacia dónde se canaliza esa demanda cuando el suministro de gas falla.
Eso crea oportunidades en infraestructura de importación de GNL, en redes de distribución industrial y en tecnologías de eficiencia energética que permitan a las plantas industriales reducir su consumo por unidad producida sin renunciar a la competitividad.
También crea riesgos para quienes apostaron a que la industria colombiana migre rápidamente hacia electricidad renovable: el informe confirma que esa transición, sin inversión masiva en adaptación de procesos y sin paridad de costos, no ocurre en los plazos que muchos proyectos asumen.
El dato que resume todo
De los 239 GBTUD que consumió la industria colombiana en 2025, 38 desaparecieron de la demanda de gas. Ese 16% tomó el camino del carbón, del GLP y del fuel oil. Y como resultado, Colombia emitirá este año 164.000 toneladas adicionales de gases de efecto invernadero que no debería estar emitiendo.
No es el fin del mundo. Pero es exactamente el tipo de retroceso silencioso que, si se normaliza, hace que las metas climáticas del país sean letra muerta mientras la actividad industrial sigue pagando energía más cara y más sucia.
La pregunta que Naturgas le está haciendo al gobierno colombiano —y que este artículo traslada a todos los que toman decisiones en este país— es una sola: ¿hasta cuándo?