El desplome del dólar, que ya rompe la barrera de los $3.300, alivia la inflación pero enciende alarmas en los sectores exportadores del país.
Bogotá, D.C. — El mercado cambiario colombiano ha tomado por sorpresa a analistas y operadores al consolidar una de las rachas bajistas más pronunciadas en lo corrido del año, llevando la divisa estadounidense a terrenos que no se exploraban desde hace varios años. Este jueves 16 de julio de 2026, la Tasa Representativa del Mercado (TRM) abrió en 3.233,91 pesos por dólar, reflejando una caída de 18,20 pesos frente a la jornada anterior y ratificando una persistente tendencia a la baja que ha dejado atrás, de manera holgada, el piso psicológico de los 3.300 pesos. Lo que en principio parecía una fluctuación natural del mercado diario se ha transformado en un fortalecimiento estructural del peso colombiano frente al dólar, abriendo un complejo debate sobre las fuerzas macroeconómicas que están empujando este comportamiento.
Para dimensionar la velocidad de este ajuste, basta con observar la evolución de la divisa en lo que va de julio, período en el cual el dólar ha registrado descensos sucesivos y sumamente marcados.
El primer día del mes, la TRM comenzó en 3.440,83 pesos por dólar; apenas dos semanas después, el indicador se ubica en 3.233,91 pesos, lo que representa una reducción acumulada de 206,92 pesos, equivalente a una caída del 6,01 %. Este vertiginoso recorrido diario —que pasó de los 3.440,83 pesos el 1 de julio a descender de forma escalonada por los 3.403,35 pesos, los 3.357,82 pesos y los 3.305,38 pesos en las jornadas previas— evidencia que el mercado ha entrado en una fase de apreciación del peso que reconfigura las proyecciones financieras para el cierre de año.
En el plano macroeconómico, este "dólar barato" genera un panorama de luces y sombras para la economía nacional que el Gobierno y el Emisor miran con lupa. Por un lado, la caída de la divisa representa un alivio directo en la lucha contra la inflación, al abaratar sustancialmente la importación de insumos agrícolas, bienes de capital y productos de consumo masivo que inciden en el bolsillo de los ciudadanos. De igual manera, este comportamiento genera un respiro fiscal inmediato al reducir el saldo de la deuda externa del país medida en pesos, mejorando el perfil de riesgo soberano de Colombia en los mercados internacionales justo en momentos en que las finanzas públicas requieren de un margen de maniobra adicional.
Sin embargo, la otra cara de la moneda revela una honda preocupación para los sectores que dinamizan el empleo y la producción nacional. La pérdida de competitividad de las exportaciones no minero-energéticas, el castigo financiero para los productores agrícolas locales que compiten con productos importados más baratos y la disminución del poder adquisitivo de las familias que dependen de las remesas enviadas desde el exterior son el costo colateral de un peso fuerte. El interrogante que ahora divide a los analistas es si la divisa estadounidense ha encontrado un piso sólido cerca de los 3.200 pesos o si, por el contrario, la inercia del mercado profundizará una tendencia que amenaza con ahogar la reactivación de las industrias exportadoras del país.