Lo que en plan de gobierno de Iván Cepeda revela: redistribución y control estatal

Por Redacción Acento

Un análisis de lo que propone, de lo que calla, de lo que su expediente registra y del modelo económico que defiende — con sus propias palabras como evidencia.

Lo que en plan de gobierno de Iván Cepeda revela:  redistribución y control estatal

El programa de gobierno de Iván Cepeda Castro no necesita etiquetas externas para ser ubicado en su tradición intelectual. Sus propias palabras lo hacen con precisión. Este análisis las usa como evidencia, las contrasta con la realidad económica del país y con el historial del candidato, y extrae las conclusiones que un tomador de decisiones necesita antes del 31 de mayo.

El modelo económico que propone: redistribución y control estatal

El programa de Cepeda describe un modelo en el que el Estado asume un papel central en la economía que va mucho más allá de la regulación o la provisión de bienes públicos. Los mecanismos concretos que propone son los siguientes.

Primero, compra estatal de producción agrícola. El programa propone que el gobierno adquiera directamente un porcentaje de la cosecha campesina en municipios pobres o en conflicto, para distribuirla en zonas urbanas. Eso es intervención directa del Estado en la cadena de precios de los alimentos — un mecanismo que Venezuela, Cuba y la Unión Soviética implementaron con resultados documentados en escasez y mercados negros.

Segundo, reforma de la Ley 80 para que organizaciones sociales — no empresas formales — puedan contratar con el Estado. La propuesta elimina el criterio de capacidad técnica y financiera como filtro de la contratación pública y lo reemplaza por el criterio de origen popular. El argumento político es comprensible. El riesgo institucional es concreto: abre la contratación estatal a estructuras sin mecanismos de auditoría establecidos.

Tercero, recuperación estatal de cadenas productivas estratégicas: algodón, yuca, cacao, café. El lenguaje del programa habla de 'recuperar lo nuestro'. El mecanismo no está detallado, pero la lógica apunta hacia empresas o fondos estatales que sustituyan al mercado en sectores que el programa considera estratégicos.

Cuarto, un Banco del Pueblo como entidad financiera estatal paralela al sistema bancario privado para canalizar recursos a comunidades excluidas. La propuesta no especifica su capitalización, su arquitectura de riesgo ni cómo evita convertirse en un instrumento de clientelismo político — que es exactamente lo que el programa dice querer combatir.

Quinto, y quizás el más revelador de todos: la interpretación de la corrupción como resultado estructural del neoliberalismo, no como patología individual. El programa lo dice con esa precisión:

"La corrupción no es un cáncer aislado; es el resultado político del neoliberalismo."

Esa tesis no es una metáfora retórica. Es una posición teórica con consecuencias prácticas: si la corrupción es sistémica al modelo de mercado, la solución no es mejorar los mecanismos de control sobre el Estado sino cambiar el modelo. Eso explica por qué el programa anticorrupción de Cepeda y su programa económico son inseparables — y por qué su propuesta de fondo es una transformación del modelo, no una corrección de sus excesos.

La tradición intelectual en la que se ubica ese conjunto de propuestas tiene nombre en la literatura de economía política: es el socialismo democrático redistributivo con planificación sectorial selectiva. Es el modelo que Chávez implementó en Venezuela entre 2003 y 2008, que Morales aplicó en Bolivia, que Correa intentó en Ecuador. Los tres terminaron en crisis fiscal, dependencia de commodities y debilitamiento institucional. El caso venezolano terminó en colapso económico y autoritarismo.

El marco filosófico: de Hannah Arendt al zapatismo

El programa de Cepeda no es ideológicamente impreciso. Al contrario, cita sus fuentes con claridad. Las referencias filosóficas que usa son coherentes entre sí y permiten ubicar su pensamiento con exactitud.

Cita a Hannah Arendt — específicamente su concepto de la 'banalidad del mal' — para explicar la indiferencia moral ante la violencia. Cita a la filósofa española Adela Cortina para nombrar la 'aporofobia', el miedo y desprecio a los pobres. Cita al expresidente uruguayo José Mujica como modelo de austeridad republicana. Y estructura su gobernabilidad alrededor del principio zapatista de 'mandar obedeciendo' — gobernar en consulta permanente con los movimientos sociales.

Ese último principio es el más relevante para entender el riesgo institucional.

'Mandar obedeciendo' en la práctica del zapatismo y de los gobiernos bolivarianos latinoamericanos significa que el mandato de los movimientos sociales organizados tiene preeminencia sobre el mandato institucional formal. En democracias con instituciones débiles, eso ha funcionado históricamente como mecanismo para legitimar decisiones que los poderes formales no autorizarían.

Carlos Gaviria Díaz — el dirigente de izquierda a quien Cepeda cita explícitamente como maestro — fue el candidato presidencial que más votos obtuvo en Colombia fuera de los partidos tradicionales antes de Petro, en 2006. Era un socialdemócrata con formación jurídica sólida. La referencia a Gaviria le da a Cepeda un linaje ideológico coherente que el propio candidato no oculta.

El expediente: lo que el programa no menciona

Ningún programa de gobierno habla de las controversias de su candidato. Por eso es función del periodismo hacerlo.

La controversia más documentada de la trayectoria de Cepeda es el proceso judicial cruzado con el expresidente Álvaro Uribe Vélez. Durante años, Cepeda impulsó investigaciones penales contra Uribe por presuntos vínculos con grupos paramilitares. Uribe respondió acusando formalmente a Cepeda ante la Corte Suprema de Justicia de haber manipulado testigos para fabricar pruebas en su contra. El proceso fue largo, complejo y políticamente determinante: fue el pretexto que Uribe usó para renunciar al Senado y pasar a la jurisdicción ordinaria. En 2025, un juez de la República declaró inocente a Uribe en los cargos que se le imputaban. Ese veredicto tiene una lectura concreta: la acusación más grave que Cepeda sostuvo durante años no se sostuvo ante el juez. El fallo no cierra todos los debates políticos sobre el uribismo. Pero sí cierra ese proceso específico.

La segunda controversia documentada involucra reuniones de Cepeda con integrantes de las FARC durante el período en que la organización era un grupo terrorista activo. Cepeda ha defendido esos contactos como parte de su trabajo de defensa de derechos humanos y facilitación de diálogos. Sus críticos los interpretan como alineación política con un actor que causó cientos de miles de víctimas en Colombia — secuestros, masacres, reclutamiento forzado de menores, ataques a la población civil. El debate es legítimo y no tiene resolución judicial. Pero es un elemento del expediente que ningún análisis serio puede omitir.

El tercer elemento es de orden político: Cepeda es el candidato del gobierno de Gustavo Petro y del Pacto Histórico. Eso significa que su gobierno sería, en la práctica, la continuidad del actual. Ese punto no es neutro: implica heredar el déficit fiscal estructural, la crisis del sistema de salud con un déficit estimado en más de 20 billones de pesos, la desinversión en sectores productivos, y la fractura social que el propio gobierno ha profundizado con una narrativa sistemática de antagonismo entre ricos y pobres.

La herencia del gobierno Petro: el balance que el programa silencia

El programa de Cepeda cita selectivamente los logros del gobierno saliente. Menciona que 2,8 millones de personas salieron de la pobreza monetaria, que el salario mínimo subió 37% y que se crearon 2,5 millones de empleos. Esas cifras son reales.

Lo que no menciona es el otro lado del balance. Colombia termina el período Petro con el mayor déficit fiscal de su historia reciente. El crecimiento económico estuvo por debajo del promedio regional durante tres de los cuatro años de gobierno. La inflación acumulada erosionó el poder adquisitivo de los hogares más pobres — precisamente los que el gobierno dijo priorizar. El sistema de salud está técnicamente quebrado: las EPS han sido intervenidas, el déficit del sector supera los 20 billones de pesos y no hay modelo de reemplazo operativo. La inversión privada cayó ante la incertidumbre regulatoria. Y la política de no exploración de nuevos yacimientos petroleros, coherente en lo ambiental, no va acompañada de ninguna estrategia para reemplazar los ingresos fiscales que el petróleo representa.

Un segundo gobierno del Pacto Histórico recibiría ese país. Y el programa de Cepeda propone ampliar el gasto. Esa combinación tiene una sola salida matemática: más deuda, más presión tributaria o menos Estado en otros rubros.

El ciclo bolivariano: lo que la historia documentó

El modelo que Cepeda propone no es nuevo en América Latina. Es la variante colombiana de un ciclo que comenzó con Hugo Chávez en Venezuela en 1999 y que produjo resultados heterogéneos pero con un patrón estructural reconocible.

Venezuela es el caso extremo: siete millones de emigrantes, una economía que perdió el 75% de su tamaño, escasez sistémica de alimentos y medicamentos, y un régimen que la comunidad internacional — incluyendo organismos de Naciones Unidas — ha documentado como violador sistemático de derechos humanos. Cepeda ha evitado consistentemente llamar a Maduro dictador. Esa omisión, en un candidato que basa su candidatura en la defensa de los derechos humanos, es una incoherencia que sus electores tienen derecho a interrogar.

Bolivia bajo Morales tuvo resultados económicos inicialmente positivos — impulsados por los altos precios de las materias primas — pero terminó con instituciones debilitadas y una constituyente que concentró poder en el ejecutivo. Ecuador bajo Correa aceleró el endeudamiento y dejó al país en crisis fiscal. Argentina bajo los Kirchner produjo la peor inflación estructural de su historia moderna. Brasil bajo Lula es el caso más funcional del ciclo — pero Brasil tiene instituciones más sólidas que Colombia y una economía diversificada que ningún país del ciclo bolivariano ha logrado replicar.

Colombia tiene instituciones más robustas que Venezuela, Bolivia o Ecuador. Tiene un Banco de la República independiente, una Corte Constitucional activa y una Fiscalía que ha funcionado como contrapeso. Esas instituciones no son garantía en sí mismas: son el resultado de decisiones políticas sostenidas. Y son exactamente las instituciones que el lenguaje de 'poder popular' y 'mandato de los movimientos sociales' pone bajo presión cuando el ejecutivo considera que sus decisiones son frenadas por poderes formales.

La matriz de riesgos que supone la elección de Iván Cepeda

Riesgo fiscal (inmediato)

Más gasto, menos ingresos por petróleo, sin reforma tributaria explícita y con un déficit heredado. El resultado probable es mayor deuda soberana o presión tributaria discrecional sobre el sector privado. Las dos opciones encarecen el crédito y deprimen la inversión.

Riesgo de modelo económico (mediano plazo)

La combinación de compra estatal de producción, control de cadenas estratégicas y reforma del sistema de contratación crea condiciones para una economía con mayor peso estatal y menor señal de precios. Ese modelo ha producido desabastecimiento y pérdida de productividad en todos los países donde se ha aplicado con suficiente profundidad.

Riesgo institucional (mediano plazo)

El principio de 'mandar obedeciendo' — gobernar según el mandato de los movimientos sociales — crea una fuente de legitimidad paralela a la institucional. En la práctica del ciclo bolivariano, ese mecanismo ha sido usado para justificar decisiones que los poderes formales no autorizaron. Colombia no es Venezuela. Pero sus instituciones no son indestructibles.

Riesgo de polarización social (estructural)

El programa divide sistemáticamente a Colombia entre el pueblo y la extrema derecha. Ese lenguaje ha resultado en cuatro años de antagonismo que fracturó el tejido social, redujo la capacidad de acuerdos legislativos y generó un ambiente de incertidumbre que los empresarios, los inversionistas y la clase media percibieron como hostilidad directa. Un segundo gobierno con esa narrativa amplificada tendría los mismos efectos multiplicados.

 

Sus propias palabras describen un modelo económico de planificación estatal selectiva, redistribución forzada de activos y sustitución del mercado por el Estado en sectores estratégicos. Ese modelo tiene historia en América Latina. Los resultados están documentados.

El riesgo para Colombia no es abstracto ni ideológico en el sentido filosófico. Es concreto: un déficit fiscal que se ampliaría sin ajuste, un modelo económico que desplaza al sector privado en favor de estructuras estatales sin rendición de cuentas probada, y un principio de gobernabilidad que pone el mandato de los movimientos sociales por encima de las instituciones formales.

Colombia tiene la fortaleza institucional para resistir esa presión. La pregunta que el elector debe hacerse el 31 de mayo es si quiere que esa fortaleza sea puesta a prueba por cuatro años adicionales — o si prefiere un gobierno que construya sobre las instituciones en lugar de destruirlas.