De la 'Dolce Vita' a la mano de hierro: La cruzada de Abelardo De La Espriella por la Presidencia de Colombia

Por Cristian Verbel

En el corazón del barrio El Prado de Barranquilla, el estilo de Abelardo de la Espriella se respira antes de verlo. La vieja casona, una joya arquitectónica de

De la 'Dolce Vita' a la mano de hierro: La cruzada de Abelardo De La Espriella por la Presidencia de Colombia

En el corazón del barrio El Prado de Barranquilla, el estilo de Abelardo de la Espriella se respira antes de verlo. La vieja casona, una joya arquitectónica de la ciudad, se mantiene impoluta, con detalles meticulosos que saltan a la vista en cada rincón. En el salón principal, velas encendidas aromatizan el aire, mientras fotografías y cuadros rinden homenaje a diferentes líderes y amigos. Hay libros por doquier. Arte por doquier.

Es un escenario que mezcla la solemnidad de un despacho de Estado con la calidez de un hogar curatorial. Tras varios movimientos de escoltas y asistentes, aparece 'El Tigre'. Cordial, como siempre desde hace más de una década, cuando recibía sus columnas para el medio en el que yo trabajaba y donde vi cómo le cerraron su espacio por pedir 'muerte al tirano'. Abelardo llegaba con la tranquilidad de quien conoce los riesgos del juego.

El encuentro, que se extendió por más de dos horas, no fue una simple entrevista de campaña; fue una inmersión en la psiquis de un hombre que asegura haber cambiado la dolce vita italiana por el barro de la política colombiana.

El hombre detrás del personaje: Vinos, familia y una conversión

Entre cortes comerciales, la faceta pública del abogado litigante dio paso al ser humano. Abelardo confiesa que sus mañanas no empiezan con encuestas ni noticias judiciales, sino con el rigor del entrenamiento físico y el estudio de la historia del arte. Es su cable a tierra, el remanso estético antes de la batalla.

En un momento de pausa, el recorrido nos llevó a su cava de vinos personal. Allí, rodeado de botellas y silencio, su voz cambió de tono. Ya no hablaba el candidato, sino el padre y esposo. Reveló que su única y verdadera preocupación en esta carrera no son los ataques políticos, sino la seguridad de sus cuatro hijos y su esposa, quienes recientemente volvieron a vivir a Colombia tras años en el exterior. "Es un hombre de familia" no es un eslogan en su caso; es una vulnerabilidad que admite con la guardia baja.

Pero quizás el momento más revelador ocurrió en privado, lejos de las cámaras.

Abelardo sacó de su tarjetero una pequeña estampa de la Virgen de Fátima. El hombre que décadas atrás reusaba de la religiosidad, hoy se declara devoto y creyente. Conmovido genuinamente, relató cómo la muerte de una tía contemporánea —a quien amaba como a una hermana— tras un duro padecimiento, quebró su escepticismo y le abrió la puerta a la fe.

El dolor de país: "Cuando yo era pelao..."

La conversación inevitablemente tocó las fibras del miedo que recorre al país. Ambos, apesadumbrados por la situación de seguridad de figuras públicas como Miguel Uribe, reflexionamos sobre el dolor que produce la Colombia actual.

Abelardo, con la mirada fija, lanzó una frase que resume su diagnóstico generacional: "Cuando yo era pelao, esto era a diario", refiriéndose a la época de Pablo Escobar y los carteles, cuando el asesinato de líderes era el pan de cada día. Esa memoria del miedo es, paradójicamente, el motor de su aspiración. Afirma que Colombia atraviesa sus "horas más oscuras" y que no podía mirar a sus hijos a los ojos si no intentaba hacer algo al respecto.

La definición política: Candidato, no precandidato

Ya con las cámaras rodando, De la Espriella corrigió el protocolo habitual. "No me llames precandidato, llámame candidato". Su aspiración va por firmas, bajo el movimiento "Defensores de la Patria", distanciándose de las estructuras partidistas tradicionales, aunque abierto a coaliciones que excluyan a la izquierda radical.

Se define como un "patriota" que viene a poner orden. Su tesis es que los problemas del país están sobrediagnosticados y que la inteligencia artificial podría dar las soluciones técnicas; lo que falta, según él, es carácter. "Hay dos tipos de tigres: los que rugen y los que muerden. Yo hago las dos vainas".

Propuesta de seguridad: La doctrina del miedo al criminal

Su plan de gobierno se estructura sobre una premisa: la autoridad no se negocia.

Ofensiva total: Se compromete a reanudar los bombardeos a campamentos y la aspersión aérea (fumigación), argumentando que las más de 330.000 hectáreas de coca son la fuente de toda violencia.

Cero negociación: "No voy a buscar que la paz se negocie, voy a imponerla con las armas de la República", sentenció.

Extinción de dominio: Propone un bloque de búsqueda enfocado en quitarles los bienes a los corruptos y sus testaferros de manera exprés.

Economía y sociedad: Un modelo de propietarios

En lo económico y social, su visión es pragmática y extractivista.

Adiós al 4x1000: Promete eliminar este impuesto, asegurando que el Estado debe financiarse de la riqueza del subsuelo y no del bolsillo de la gente.

Petróleo como motor: Su prioridad es reactivar Ecopetrol y llevar la producción a más de un millón de barriles diarios, criticando la pausa en la exploración de hidrocarburos.

Vivienda y arraigo: Su propuesta social bandera son créditos de vivienda al 2% anual a 30 años para estratos 1, 2 y 3. Su visión es que las casas permitan tener negocios en el primer piso para que la gente prospere sin irse de su barrio.

Salud Preventiva: Plantea atacar el déficit de salud desde los colegios, cambiando la dieta escolar para eliminar azúcares y grasas, apostando a una generación más sana.

Política exterior y estilo de gobierno

De la Espriella fue enfático en que no tendrá relaciones con lo que denomina dictaduras (Venezuela, Nicaragua, Cuba) y priorizará la alianza con Estados Unidos e Israel para modernizar la fuerza pública con drones y tecnología. Sobre la migración, su postura es utilitarista:

"Primero los colombianos"; quien no esté legal y aportando, deberá regresar.

Finalmente, describió cómo sería su presidencia:

Itinerante: No gobernará encerrado en el Palacio de Nariño (al cual quiere convertir en museo), sino despachando semanalmente desde cada uno de los 32 departamentos.

Sin reelección: Promete un solo periodo de 4 años y retirarse de la vida pública para siempre.

Al caer la tarde en la casona de El Prado, queda la imagen de un hombre de contrastes: el esteta que estudia arte, el padre devoto que teme por su familia, y el candidato que promete "destripar" el crimen con la ley en la mano. Una figura que busca convencer al país de que la salvación está en el orden y la autoridad.