La creación del consejo envía una señal política y es que presidenta quiere mostrar estabilidad, madurez institucional y cercanía con las élites económicas. La
La creación del consejo envía una señal política y es que presidenta quiere mostrar estabilidad, madurez institucional y cercanía con las élites económicas.
La creación de un consejo empresarial integrado por algunos de los hombres y mujeres más poderosos del mundo —entre ellos Carlos Slim, Bernardo Gómez, Alejandro Baillères y Carlos Hank González— marca uno de los movimientos económicos y políticos más significativos del arranque del gobierno de Claudia Sheinbaum.
Aunque la presidenta lo presentó como un espacio para “promover inversiones” dentro del Plan México, el significado del nuevo órgano va mucho más allá de una simple mesa de diálogo, pues implica un reacomodo profundo en la relación entre Estado y élites económicas en un momento de desaceleración y creciente incertidumbre global.
El anuncio ocurre mientras México navega un entorno complejo: el Banco de México proyecta un crecimiento de apenas 0,3 % para 2025 y varios analistas hablan de recesión técnica, con caídas en industria, agroexportaciones e inversión privada. Para un gobierno que intenta mantener la estabilidad social y avanzar en la transición energética sin frenar el desarrollo, atraer capital se ha vuelto una prioridad estratégica.
Un viraje silencioso en la política económica
Si bien la presidenta ha insistido en que este nuevo consejo no sustituye a los mecanismos existentes, especialistas como Mario Maldonado advierten que, en los hechos, supone la desactivación del Consejo de Desarrollo Económico y Relocalización (CADERR), coordinado por Altagracia Gómez.
El CADERR, creado en el tramo final del gobierno de López Obrador, nunca logró funcionar como un verdadero articulador de inversiones; su influencia se fue diluyendo frente a una agenda dominada por megaproyectos públicos y decisiones centralizadas.
El nuevo consejo, por el contrario, implica un giro hacia la interlocución directa con los grandes capitales, con una mesa concentrada y de acceso inmediato a Presidencia. No se trata solo de escuchar al sector privado, sino de admitir que, para detonar crecimiento en un contexto global incierto, México necesita apostar a la coordinación con quienes tienen capacidad real de inversión.
¿Continuidad o ruptura con el modelo de López Obrador?
La narrativa oficial insiste en la continuidad. Sin embargo, el movimiento sugiere una corrección: frente a la caída en inversión fija bruta y un nearshoring que no avanza al ritmo esperado, Sheinbaum abre la puerta a mayor alineamiento con empresarios que durante el sexenio pasado tuvieron una relación ambivalente con el poder.
Slim, Baillères, Hank, Televisa y Banorte conforman un bloque que, más allá de sus diferencias, concentra capital financiero, telecomunicaciones, infraestructura, energía, bebidas, retail y logística. La presencia de mujeres como Altagracia Gómez, Guadalupe de la Vega y Giselle Morán apunta a un intento por modernizar la imagen del grupo, pero la columna vertebral sigue siendo el círculo tradicional del poder económico mexicano.
Una apuesta para evitar la recesión
Los objetivos son acelerar inversiones en energía, infraestructura y servicios. El gobierno necesita capital privado para cumplir sus metas de relocalización industrial, construir corredores logísticos y sostener el crecimiento del nearshoring. Al mismo tiempo, México enfrenta los efectos de políticas arancelarias en Estados Unidos y tensiones comerciales globales que han frenado exportaciones.
En ese contexto, la participación de magnates con redes internacionales y capacidad de negociación se vuelve crucial. La señal hacia los inversionistas es clara: el gobierno quiere estabilidad y está dispuesto a corregir rumbo para asegurarla.
El consejo, sin embargo, abre interrogantes sobre la transparencia y la pluralidad de la política económica. Si bien no se trata, según el CCE, de un “grupo paralelo”, su composición —cerrada, altamente concentrada y basada en figuras históricas del empresariado— podría marginar a sectores medianos, innovadores o regionales que también sostienen la economía.
Además, este tipo de estructuras puede reforzar la percepción de que el rumbo económico depende de acuerdos cupulares, no de instituciones abiertas ni de procesos participativos. El reto será evitar que el consejo se convierta en un espacio de negociación de intereses particulares.
Un mensaje internacional
Más allá de lo económico, la creación del consejo envía una señal política: Sheinbaum quiere mostrar estabilidad, madurez institucional y cercanía con las élites económicas en un momento en el que el país enfrenta presiones externas, riesgos financieros y un ciclo electoral en Estados Unidos que puede alterar el comercio regional.
Para la presidenta, que heredó un aparato gubernamental marcado por el centralismo económico de la 4T, este consejo puede convertirse en su plataforma de gobernabilidad.
El nuevo consejo marca un punto de inflexión, pues la presidenta reconoce que, para sostener crecimiento y atraer inversión, el Estado debe dialogar de manera permanente con quienes tienen capacidad de mover capital. La apuesta es ambiciosa y su éxito dependerá de que no se convierta en un club cerrado, sino en un mecanismo capaz de traducir diálogo en resultados concretos para un país que necesita crecer sin profundizar la desigualdad.